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Conversaciones Revista Turia

Yo nací en Molina de Aragón en 1946. Era una ciudad que entonces tenía unos 2.000 habitantes. Mi niñez la pasé en colegios de monjas y el cambio al instituto, que era mixto, supuso toda una liberación.

Mi vocación lectora se despertó, sobre todo, a raíz de unas fiebres de malta que contrajo mi padre y que lo mantuvieron postrado durante una temporada. Mi madre y yo empezamos entonces a ir a la biblioteca con un cesto, que traíamos y llevábamos lleno de libros para él, y al poco tiempo me ocupé yo sola de ese cometido.

Allí me di cuenta de que, aparte de esos libros, que eran fundamentalmente novelas no aptas para mi edad, había otras obras que sí lo eran y que los bibliotecarios me facilitaban. Pronto me convertí en una gran lectora. No podía vivir sin estar leyendo mañana, tarde y noche. Y, además, yo creo que tuve la ventaja de vivir en un entorno donde la oralidad era importante. Mis abuelos no eran personas cultas y, sin embargo, llevaban consigo todo ese acervo del romancero, de la tradición teatral. Se sabían de memoria Don Juan Tenorio, conocían todas las letras de las zarzuelas… Ese hecho, la experiencia de la palabra literaria transmitida a través de la voz, fue una de las cosas que más me influyeron en aquel momento. Fue fundamental esa costumbre que había entonces de recitar. A mí las monjas me utilizaban para todo festejo que hubiera y el ejercicio memorístico que supone aprender poemas bastante largos, aunque no fuesen todos de gran calidad, te familiariza con el lenguaje….”

“…Molina de Aragón es un lugar de frontera entre Aragón y Castilla, pero pertenece a Castilla- La Mancha y de niña yo tenía conciencia de castellana. Como dice Luis Mateo Díez, está claro que la tierra es el “humus” del que venimos. Los primeros años son fundamentales, marcan mucho y yo reconozco que el haber vivido en uno de los lugares más fríos de España, en una tierra muy áspera, muy dura, ha influido indudablemente en mi carácter. Es imposible desprenderse de eso, del contacto con otras personas que provienen del mismo “humus”. Y, por otro lado, en mi caso, en el de mi generación, tampoco se puede eludir la herencia de ese mundo de la posguerra lleno de silencios, de recuerdos amargos por los que habían desaparecido. Había una cultura y una moral muy cerradas, una especie de sospecha permanente hacia las personas.  Pese a todo ello, yo puedo decir que mi infancia fue muy feliz porque tuve la fortuna de tener unos padres complementarios: mi padre era imaginativo y fantasioso, mientras que mi madre era muy realista, con los pies en la tierra. Ella me hacía aterrizar cuando volaba demasiado alto con la imaginación. Es curioso, pero pasado el tiempo, cuando me encontré con un emblema del Siglo de Oro, procedente del incunable italiano Sueño de Polífilo, donde se muestra a una mujer que tiene una pierna atada al suelo, con una piedra que la sujeta, y en el brazo un ala que le permite volar, me sentí muy identificada con esa imagen que, por supuesto, desconocía cuando era niña. Yo era la mayor de seis hermanos y podíamos pasarnos el día en la calle, sin el agobio que hay ahora en las familias de estar todo el tiempo pendientes de los niños. Yo lo que recuerdo de Molina es el callejear, el irnos a coger moras, o a meternos en el río a pescar cangrejos; el jugar al escondite por las calles; el tocar en las puertas y echarnos a correr y cosas así. Eran juegos que inventábamos o que se transmitían boca a boca, pero que nos llenaban la vida…”

“…Cuando tenía 15 años, toda mi familia, se fue a Zaragoza a vivir, pero yo me quedé en Molina dos años más a terminar el bachillerato y a hacer lo que se llamaba entonces el COU…”