Altitud: 936,7 m.
Censo Habitantes: 303
Distancia de la capital: 148 Km.

Villel de Mesa


 El lugar y sus gentes

 El pueblo de Villel es la capitalidad de todos aquellos del valle del Mesa. El arroyo, que nacido como tal en las inmediaciones de Selas, pasó antes por Turmiel y por Mochales, dejando en las tierras de su ribera un rastro fecundo, llega a Villel con la categoría de río. Luego se volverá juguetón en Algar para adentrarse poco después en tierras aragonesas. Villel de Mesa, por tanto, como todos los demás de sus pueblos colindantes, pertenecen a una comarca entre dos aguas que ellos mismos gusta conocerse por rayanos, es decir, por ciudadanos cuyo hábitat se encuentra en la frontera de dos tierras diferentes, y en este caso entre los antiguos reinos de Castilla y Aragón, de los cuales, en sus costumbres, carácter y formas de vida, participan plenamente.

Villel es un pequeño paraíso perdido en medio del valle. La ruina del castillo de los Funes destaca, y mucho, por encima del resto de los edificios, alzado sobre su aguja de tierra y rocas casi en el mismo centro del pueblo, en un lateral de la plaza. Al castillo de Villel lo hundió hace más de veinte años una chispa eléctrica que le cayó encima el día de San Bartolorné, en plena fiesta.

El pueblo se ofrece a primera vista como descolgado en la solana de un cerro que viene a refrescar sus pies entre la frondosidad espesa de la ribera. Un pequeño arco romano nos sitúa en la plaza apenas llegar. La plaza de Villel está dedicada al doctor don Pedro Gómez Fernández, un médico de Madrid que ha sido para muchos de sus vecinos algo así corno el padre del pueblo. La plaza es, además, parque y jardín; pues, en todo tiempo, y más todavía cuando se deja sentir la primavera, se convierte en un vergel envidiable. Al lado del arco crecen en permanente actitud de desmayo los sauces, alternando con los abetos, el boj y los rosales. En medio de una leve pasarela se luce bajo los sauces una bonita fuente o surtidor en forma de tarta nupcial. De cara a la plaza y en lugar preferente, se levanta sobre su columna de granito pulido el busto que el pueblo dedicó en su día al galeno benefactor don Pedro Gómez. Al otro lado de la carretera las huertas que riegan, cada uno en su parcela correspondiente, los ríos Pequeño y Cavero. El río Pequeño tiene su nacimiento allí mismo, bajo una peña que en el pueblo conocen por la Fuente de la Tosca. El Cavero, en cambio, o río Grande, es en realidad el mismo Mesa. Uno y otro juntan sus aguas poco más abajo en una misma corriente.

La gente de Villel es amable, y con un trasfondo señorial en su carácter que no todo el que viene de fuera es capaz de descubrir. Reflejos del pasado. Los mayores se dejan al hablar el tono baturro que da el terreno.

– Aquí hemos tenido buenos cantaores de jota; oiga.

– Me lo imagino. Y buena fruta también.

– También; sí señor. Sobre todo las manzanas y las cerezas son muy ricas. Hay años que se las tenemos que echar a los animales, porque no las quiere nadie. Las peras pintan peor; no sabemos por qué, pero siempre son más escasas y de peor calidad. Las patatas y las remolachas de este pueblo fueron famosas.

Para subir a los barrios de arriba se puede hacer desde la plaza por cuatro calles distintas: la Empinada, la de Canónigos, la del Estanco y la calle del Horno. Algunas se pierden en pasadizos estrechos, con escalinatas que recuerdan a los de la Cuenca antigua. Escondrijos solitarios, como de leyenda, que alcanzarán su expresión más exacta de tipismo junto al pórtico solitario y romántico de la iglesia de la Asunción.

– Señora, por favor, ¿es esta la calle del Estanco?

– No. Ésta es la de los Canónigos.

Siempre que uno se detiene a ojear antiguas crónicas o legajos de hace siglos, referentes al vivir diario de los pueblos que conoce, no se explica tan fácilmente la velocidad vertiginosa con la que unos y otros entraron en nuestro siglo hasta llegar a transformarse. Leo como en Villel de Mesa se dio el cáñamo y el lino en cantidades tales, que muchas familias, de las cien de aquel entonces, vivían de la pequeña industria familiar del trenzado de hilo y de los telares del lienzo. Seguramente, hoy ni los más viejos del lugar lo recuerdan.

Villel, como veremos en su vecino Algar más tarde, es pueblo en el que a veces se queda un leve firlacho del corazón enredado entre las peñas. Un pueblo donde a uno le gustaría estar más tiempo. Al otro lado del río queda el Cerro de la Horca, y a espaldas del pueblo el Cerro de las Casas y el Llano. La estampa general del Villel de Mesa a eso de las cinco de la tarde, cuando el invierno según el calendario anda de caída, es de las que se fijan en la memoria con la fuerza del rayo, con la delicadeza de lo sublime aunque suene a paradoja. Una urraca solitaria acaba de tomar tierra sobre la piedra más alta del castillo.

La historia

Debido a la configuración del terreno en que asienta, a la falda abrupta de un picachón rocoso en medio del valle del Mesa, Villel tuvo siempre una importancia estratégica suma.

Asentó población en este lugar desde muy remotos tiempos, pues así lo confirman algunas excavaciones arqueológicas en el término, que le hacen remontarse a varios siglos antes de Jesucristo. Su origen, tal como hoy lo conocemos, ha de situarse en el siglo XII, cuando poco después de la reconquista del territorio de Molina, su primer señor don Manrique de Lara lo pobló y lo incluyó dentro de los límites jurisdiccionales que marcaba el Fuero, y que por esta zona alcanzaba hasta Sisamón.

A fines del siglo XIII, concretamente en 1299, la poderosa familia de los Funes, originaria de Navarra, y dueña a la sazón del castillo de Ariza, alcanzó la parte alta del valle del río Mesa, apoderándose sin problemas de todos lugares, torreones y fortalezas de esta zona tan estratégica. Entonces quedó por señor de Villel don Rui González de Funes, y de ahí pasó a su descendencia, que durante siglos detentó esta propiedad sin menoscabo, sirviendo unas veces al reino de Aragón, y otras al de Castilla, recibiendo sus sucesores, finalmente, el título de marqueses de Villel, en 1680. Unió este título, a la primitiva casa de los Funes, con los Azagras y Andrades, formando sus blasones el escudo del señorío de Villel.

En los últimos siglos perteneció al patrimonio de los marqueses de Almenara.

El patrimonio

Entre los monumentos de Villel de Mesa, destacan su gran iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Asunción. Es obra arquitectónica del siglo XVI, y en ella se mezclan los estilos gótico y renacentista, con hermosa portada al mediodía, ventanales elegantes, y un interior majestuoso cubierto de bóvedas de crucería. En sus muros destacan algunos buenos retablos de pintura y escultura, de los siglos XVI al XVIII. El retablo mayor es barroco, y sobre él aparecen talladas imágenes de la Asunción de la Virgen, de Cristo Resucitado y de San Bartolomé. Tras el gran altar mayor aparecen restos de pinturas murales, aunque en mal estado de conservación. Es, finalmente, curiosa de ver, la hermosa pila bautismal, del siglo XVI, que con tallas de puntos, guirnaldas y florones se conserva en capilla a los pies del templo.

Distribuidos por el pueblo, hay varios ejemplares especialmente llamativos de arquitectura popular, y también la típica casona molinesa de los Semper-Ribas, que muestra en su portada un gran arco semicircular adovelado y un escudo de la familia. Sin olvidar la Casa de la Inquisición, en la cuesta que sube al castillo.

Pero el elemento más destacado del patrimonio arquitectónico de Villel de Mesa es el majestuoso castillo. Este castillo de los Funes se alza sobre un agudo peñón, que surge del mismo caserío. Es un ejemplo muy fiel de "castillo roquero" cuya planta se adapta totalmente al roquedal que le sirve de sede. Una gran torre orientada al norte sirve para la entrada; en su breve interior, hay un patio y en su extremo un torreón o garito estrecho. La torre de entrada servía de residencia y punto fuerte del bastión. No hace muchos años, un rayo desplomó algunas almenas de este castillo, construido de sillarejo y tapial. A sus pies destaca el palacio de los marqueses de Villel, obra del siglo XVIII, muy elocuente de la tipología de las casas nobles molinesas. Su interior conserva la estructura original. Por el pueblo aún pueden verse restos de la muralla que lo cercó desde el siglo XV. En las afueras, son de destacar la ermita de los Pastorcillos y la ermita de Jesús Nazareno. Todavía en el término de Villel, merece una visita al lugar denominado los Castelletes, en un alto sobre la orilla derecha del río, y que son los restos del antiguo y poderoso castillo de Mesa.

Las fiestas de Villel son en agosto, muy concurridas. En honor a San Bartolomé. Hay rito taurino en la plaza grande del pueblo: tras la lidia y muerte de los toros, el vecindario e invitados se comen el animal en ágape comunitario.

Página sobre Villel hecha por Miguel López Gordo www.pagina.de/villeldemesa