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Altitud: 936,7 m. |
Villel de Mesa |
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El lugar y sus gentes
El pueblo de Villel
es la capitalidad de todos aquellos del valle del Mesa. El arroyo, que nacido
como tal en las inmediaciones de Selas, pasó antes por Turmiel y por Mochales,
dejando en las tierras de su ribera un rastro fecundo, llega a Villel con la categoría
de río. Luego se volverá juguetón en Algar para adentrarse poco después en
tierras aragonesas. Villel de Mesa, por tanto, como todos los demás de sus
pueblos colindantes, pertenecen a una comarca entre dos aguas que ellos mismos
gusta conocerse por rayanos, es decir, por ciudadanos cuyo hábitat se encuentra
en la frontera de dos tierras diferentes, y en este caso entre los antiguos
reinos de Castilla y Aragón, de los cuales, en sus costumbres, carácter y
formas de vida, participan plenamente.
Villel es un pequeño
paraíso perdido en medio del valle. La ruina del castillo de los Funes destaca,
y mucho, por encima del resto de los edificios, alzado sobre su aguja de tierra
y rocas casi en el mismo centro del pueblo, en un lateral de la plaza. Al castillo
de Villel lo hundió hace más de veinte años una chispa eléctrica que le cayó
encima el día de San Bartolorné, en plena fiesta.
El pueblo se ofrece a
primera vista como descolgado en la solana de un cerro que viene a refrescar
sus pies entre la frondosidad espesa de la ribera. Un pequeño arco romano nos
sitúa en la plaza apenas llegar. La plaza de Villel está dedicada al doctor don
Pedro Gómez Fernández, un médico de Madrid que ha sido para muchos de sus
vecinos algo así corno el padre del pueblo. La plaza es, además, parque y
jardín; pues, en todo tiempo, y más todavía cuando se deja sentir la primavera,
se convierte en un vergel envidiable. Al lado del arco crecen en permanente
actitud de desmayo los sauces, alternando con los abetos, el boj y los rosales.
En medio de una leve pasarela se luce bajo los sauces una bonita fuente o
surtidor en forma de tarta nupcial. De cara a la plaza y en lugar preferente,
se levanta sobre su columna de granito pulido el busto que el pueblo dedicó en
su día al galeno benefactor don Pedro Gómez. Al otro lado de la carretera las
huertas que riegan, cada uno en su parcela correspondiente, los ríos Pequeño y
Cavero. El río Pequeño tiene su nacimiento allí mismo, bajo una peña que en el
pueblo conocen por la Fuente de la Tosca. El Cavero, en cambio, o río Grande,
es en realidad el mismo Mesa. Uno y otro juntan sus aguas poco más abajo en una
misma corriente.
La gente de Villel es
amable, y con un trasfondo señorial en su carácter que no todo el que viene de
fuera es capaz de descubrir. Reflejos del pasado. Los mayores se dejan al
hablar el tono baturro que da el terreno.
– Aquí hemos tenido buenos
cantaores de jota; oiga.
– Me lo imagino. Y buena
fruta también.
– También; sí señor. Sobre
todo las manzanas y las cerezas son muy ricas. Hay años que se las tenemos que
echar a los animales, porque no las quiere nadie. Las peras pintan peor; no
sabemos por qué, pero siempre son más escasas y de peor calidad. Las patatas y
las remolachas de este pueblo fueron famosas.
Para subir a los barrios de
arriba se puede hacer desde la plaza por cuatro calles distintas: la Empinada,
la de Canónigos, la del Estanco y la calle del Horno. Algunas se pierden en
pasadizos estrechos, con escalinatas que recuerdan a los de la Cuenca antigua.
Escondrijos solitarios, como de leyenda, que alcanzarán su expresión más exacta
de tipismo junto al pórtico solitario y romántico de la iglesia de la Asunción.
– Señora, por favor, ¿es
esta la calle del Estanco?
– No. Ésta es la de los
Canónigos.
Siempre que uno se detiene
a ojear antiguas crónicas o legajos de hace siglos, referentes al vivir diario
de los pueblos que conoce, no se explica tan fácilmente la velocidad
vertiginosa con la que unos y otros entraron en nuestro siglo hasta llegar a
transformarse. Leo como en Villel de Mesa se dio el cáñamo y el lino en
cantidades tales, que muchas familias, de las cien de aquel entonces, vivían de
la pequeña industria familiar del trenzado de hilo y de los telares del lienzo.
Seguramente, hoy ni los más viejos del lugar lo recuerdan.
Villel, como veremos en su
vecino Algar más tarde, es pueblo en el que a veces se queda un leve firlacho
del corazón enredado entre las peñas. Un pueblo donde a uno le gustaría estar
más tiempo. Al otro lado del río queda el Cerro de la Horca, y a espaldas del
pueblo el Cerro de las Casas y el Llano. La estampa general del Villel de Mesa
a eso de las cinco de la tarde, cuando el invierno según el calendario anda de
caída, es de las que se fijan en la memoria con la fuerza del rayo, con la
delicadeza de lo sublime aunque suene a paradoja. Una urraca solitaria acaba de
tomar tierra sobre la piedra más alta del castillo.
La historia
Debido a la configuración
del terreno en que asienta, a la falda abrupta de un picachón rocoso en medio
del valle del Mesa, Villel tuvo siempre una importancia estratégica suma.
Asentó población en este
lugar desde muy remotos tiempos, pues así lo confirman algunas excavaciones
arqueológicas en el término, que le hacen remontarse a varios siglos antes de
Jesucristo. Su origen, tal como hoy lo conocemos, ha de situarse en el siglo
XII, cuando poco después de la reconquista del territorio de Molina, su primer
señor don Manrique de Lara lo pobló y lo incluyó dentro de los límites
jurisdiccionales que marcaba el Fuero, y que por esta zona alcanzaba hasta
Sisamón.
A fines del siglo XIII,
concretamente en 1299, la poderosa familia de los Funes, originaria de Navarra,
y dueña a la sazón del castillo de Ariza, alcanzó la parte alta del valle del
río Mesa, apoderándose sin problemas de todos lugares, torreones y fortalezas
de esta zona tan estratégica. Entonces quedó por señor de Villel don Rui
González de Funes, y de ahí pasó a su descendencia, que durante siglos detentó
esta propiedad sin menoscabo, sirviendo unas veces al reino de Aragón, y otras
al de Castilla, recibiendo sus sucesores, finalmente, el título de marqueses de
Villel, en 1680. Unió este título, a la primitiva casa de los Funes, con los
Azagras y Andrades, formando sus blasones el escudo del señorío de Villel.
En los últimos siglos
perteneció al patrimonio de los marqueses de Almenara.
El patrimonio
Entre los monumentos de
Villel de Mesa, destacan su gran iglesia parroquial, dedicada a Nuestra
Señora de la Asunción. Es obra arquitectónica del siglo XVI, y en ella se
mezclan los estilos gótico y renacentista, con hermosa portada al mediodía,
ventanales elegantes, y un interior majestuoso cubierto de bóvedas de crucería.
En sus muros destacan algunos buenos retablos de pintura y escultura, de los
siglos XVI al XVIII. El retablo mayor es barroco, y sobre él aparecen talladas
imágenes de la Asunción de la Virgen, de Cristo Resucitado y de San Bartolomé.
Tras el gran altar mayor aparecen restos de pinturas murales, aunque en mal
estado de conservación. Es, finalmente, curiosa de ver, la hermosa pila
bautismal, del siglo XVI, que con tallas de puntos, guirnaldas y florones se
conserva en capilla a los pies del templo.
Distribuidos por el pueblo,
hay varios ejemplares especialmente llamativos de arquitectura popular, y
también la típica casona molinesa de los Semper-Ribas, que muestra en su
portada un gran arco semicircular adovelado y un escudo de la familia. Sin
olvidar la Casa de la Inquisición, en la cuesta que sube al castillo.
Pero el elemento más
destacado del patrimonio arquitectónico de Villel de Mesa es el majestuoso
castillo. Este castillo de los Funes se alza sobre un agudo peñón, que
surge del mismo caserío. Es un ejemplo muy fiel de "castillo roquero"
cuya planta se adapta totalmente al roquedal que le sirve de sede. Una gran
torre orientada al norte sirve para la entrada; en su breve interior, hay un
patio y en su extremo un torreón o garito estrecho. La torre de entrada servía
de residencia y punto fuerte del bastión. No hace muchos años, un rayo desplomó
algunas almenas de este castillo, construido de sillarejo y tapial. A sus pies
destaca el palacio de los marqueses de Villel, obra del siglo XVIII, muy
elocuente de la tipología de las casas nobles molinesas. Su interior conserva
la estructura original. Por el pueblo aún pueden verse restos de la muralla que
lo cercó desde el siglo XV. En las afueras, son de destacar la ermita de los
Pastorcillos y la ermita de Jesús Nazareno. Todavía en el término de Villel,
merece una visita al lugar denominado los Castelletes, en un alto sobre
la orilla derecha del río, y que son los restos del antiguo y poderoso castillo
de Mesa.
Las fiestas de Villel son
en agosto, muy concurridas. En honor a San Bartolomé. Hay rito taurino en la
plaza grande del pueblo: tras la lidia y muerte de los toros, el vecindario e
invitados se comen el animal en ágape comunitario.
Página sobre Villel hecha por Miguel López Gordo
www.pagina.de/villeldemesa