| Altitud: 1.040 m. Censo Habitantes: 12 Distancia de la capital: 140 Km. |
Ventosa |
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El lugar y sus gentes
Al César lo que es del César, y a Dios lo
que es de Dios, por simple razón de justicia. El Barranco de la
Hoz, con toda su espectacularidad, con todo su encanto, con to4a
su historia y con toda su leyenda, que de todo debe haber en la
viña del señor, pertenece de hecho y de derecho al pequeño
lugar de Ventosa. Queda aquel afortunado rincón en su término,
y de Ventosa fue, según refiere la tradición que arrastra
quizás del siglo XII, la manada de reses y el vaquero que las
cuidaba, cuando el extraordinario acontecimiento que dio lugar a
la encendida devoción que los molineses tienen, desde tiempos
que nadie recuerda, a la Virgen de la Hoz, reina y patrona del
Señorío, que allí se venera, en su ermita multicentenaria
debajo de las peñas.
Ventosa, simple y recoleto, es pueblo ribereño, de campos suaves
aptos para el cereal y para el cultivo de los girasoles, de
fértil vega regada por el Gallo, y de parajes bravíos que ponen
al conjunto de sus tierras una nota de variedad dificilmente
superable. Las risqueras pinariegas, que no lejos de allí
comienzan a dar forma por el mediodia al legendario Barranco, son
un regalo de la Naturaleza, que deja en deuda permanente al
pueblo de Ventosa con los caprichos de la suerte o de la
casualidad.
Se encuentra el pueblo corno varado en medio de la vega, una vega
abierta al saliente que aguas abajo corre a perderse en las
mismas puertas de Molina. En Ventosa, como en cualquier lugar,
villa o aldea del Señorio, es fácil chocar de improviso con
alguna casona de noble aspecto, que recuerda al caminante las
formas de vivir por aquellas tierras en pasados siglos5 donde los
hidalgos y ricoshombres eran para las gentes de aqui a manera de
dioses lares, en torno a cuyo poderío debieron de girar sus
vidas y sus haciendas, incluso su libertad de ciudadanos sin
fortuna.
Las risqueras de peña Grande comienzan en el cerro pinariego que
hay al otro lado del pueblo. Desde allí no se detienen hasta
mucho más allá del Barranco de la Hoz.
Dos señoras hacen punto sentadas al sol al borde de una acera.
En la plaza, uno se queda mirando y admirando el estupendo
edificio del ayuntamiento. Se ve que es obra reciente, de
mediados del siglo que ahora termina. En el ayuntamiento de
Ventosa predomina la línea recta, y su razón principal es la
simetría. El edificio consistorial ennoblece a la limpia
plazuela que preside, en cuyo centro hay una fuentecilla moderna
que funciona haciendo girar el grifo. La plaza está dedicada a
don Ángel Pradel, hijo predilecto de Ventosa, según consta en
una placa de mármol blanco situada bajo el alero del
ayuntamiento.
Pero debemos abandonar Ventosa y emprender viaje, río abajo,
hacia las risqueras del Barranco. Jamás desafió la naturaleza
al hombre con tanta efectividad, con tanta violencia, como aquí
lo hace. Las choperas, altísimas por cierto, que crecen al favor
de la humedad a la vera del río, y los pinos que se sostienen
bajo el azul por encima de las rocas más altas, parecen
alfeñiques o plantas de maceta al lado de tan inmensas moles de
arenisca guijarrosa. Y luego el «huso»; y el Gallo rumoroso y
saltarín siguiéndonos la pista; y el santuario después,
estación términi y razón del viaje para tantos hombres y
mujeres que pasan por allí a lo largo del año.
Hay algunos automóviles aparcados en la explanada, ante la
puerta de la hospederia. La mañana es fria. De la puerta en arco
que permite la entrada al santuario salen un hombre y una mujer
con una cámara de fotografías. Los temas para conservar como
recuerdo en imágenes son infinitos por todo alrededor. Las
peñas, que sobresalen como gigantes apocalípticos, la
fuentecilla interior, la portada románica, y sobre todo la
ermita restaurada por dentro, son en cualquier caso sobrada
recompensa para quienes viajan hasta aquel incomparable rincón
molinés. Al otro lado de la verja, ocupando la hornacina de un
afiligranado retablo barroco, la imagen chiquita de la Señora,
la Virgen del la Hoz, a la que no suelen faltar cada día
lamparillas que alumbran, y la visita fervorosa de propios y de
ajenos, de molineses y de gentes que
llegan de otras tierras, siguiendo toda una tradición que le
viene de siglos.
La historia
Aunque el lugar estuvo habitado desde antiguo, escasamente
aparece en relaciones y crónicas, por lo que puede decirse que
el pueblo como tal no tiene historia, aparte de los muchos siglos
que lleva construido su caserío.
El patrimonio
Me rece visitarse en los alrededores del pueblo, en la falda del
llamado «cerro Coronado», los restos abundantes de un antiguo
castro celtíbero, de varios siglos antes de Cristo,
perteneciente a la Edad de Hierro, en el que destacan sobre todo,
la fortaleza de sus muros defensivos y lo amplio de su recinto.
En el caserío puede visitarse la iglesia parroquial que preside
la plaza mayor. Es obra con reminiscencias medievales, espadaña
triangular a poniente, y un interior en el que aparecen escasos
altares de estilo barroco.
El Santuario de Nuestra Señora de la Hoz se encuentra en el
término de Ventosa, y supone un motivo de gran interés para el
viajero su visita detenida. En el curso del río Gallo, aguas
abajo de Ventosa, surge uno de los paisajes más hermosos y
llamativos de la provincia de Guadalajara. En un breve recodo del
discurrir de este paisaje, se coloca el santuario de la Virgen.
La historia del santuario es interesante. Dice la tradición que,
poco después de la reconquista, a principios del siglo XII, un
vaquero de Ventosa había perdido una de sus reses, y anduvo
buscándola todo el día sin hallarla. Al internarse por la Hoz
del Gallo se le hizo de noche y creyó estar también el perdido.
Al rato vio salir luz de entre unas rocas; acudió, y vio cómo
sobre un pedestal rocoso se encontraba una pequeña imagen de la
Virgen. Acudió luego al pueblo, y tras varias deliberaciones, se
decidió llevar la talla a Molina, colocándola en la iglesia
mayor de la villa. Pero al día siguiente, la Virgen había
desaparecido de su nuevo altar y volvió a aparecer en el
barranco. Esto ocurrió por dos o tres veces. Al final, se
decidió levantar alguna ermita o santuario en el mismo enclave
donde se apareció al vaquero de Ventosa. La devoción hacia la
Virgen de la Hoz crecio muy pronto, o fue alentada, como patrona
de la Vega del Gallo, de la ciudad de Molina, y del Señorio o
Común entero, que pronto también inició sus romerías hacia
este lugar.
Allí se instalaron, en el siglo XII, algunos monjes o canónigos
regulares de San Agustín, quizás venidos de Francia, pues el
obispo seguntino don Joscelmo adquirió el lugar de su dueño, el
conde molinés don Pedro Manrique de Lara, en 1772. Estos
hombres, mitad religiosos, mitad guerreros, edificaron el tempío
para la Virgen bajo la misma roca monumental, y junto a él
pusieron su refugio claustral, pequeño monasterio, con
hospedería para los romeros. Se constituía así un típico
enclave mariano que levantó devoción por todo el territorio
molinés. Ya mediado el siglo XIV, la Hoz era propiedad del
monasterio cisterciense de Ovila, que aquí puso algunos de sus
monjes blancos para cuidar del enclave.
La devoción del Señorio de Molina fue siempre grande hacia este
santuario. En la capital se organizaron varias cofradías a lo
largo de los siglos. Nobles y letrados hicieron donaciones
sustanciosas. Muchos pueblos acudían en masa para hacer romería
eh su entorno, especialmente los de Corduente, Ventosa,
Lebrancón, Rillo, Herrería, Canales, Rueda y Tierzo, así como
Molina ciudad, y el hoy turolense pueblo de Odón, que en sus
orígenes fue molinés. Estas romerías se hacían acudiendo el
pueblo entero, presidido de sus cruces y pendones, sobre carros
ataviados de flores, haciendo luego los «dances» ante la
Virgen.
El edificio del templo es obra del siglo XV. Materialmente
«incrustado» bajo la enorme roca, muestra un portón apuntado
con arquivoltas y un escudo del Cabildo molinés. El interior,
muy sencíllo, de una nave, realza el valor de la imagen de la
Virgen, que es talla románica del siglo XII (quizás XIII), hoy
totalmente revestida de brocados, sedas y coronas. La Hospedería
aneja tiene también detalles arquitectónicos y ornamentales del
siglo XVI, algunos grutescos populares, ciertos escudos del
Cabildo molinés. Pero el atractivo popular y paisajístico del
conjunto, anula cualquier otra condición artística que, en todo
caso, es mínima. La hoz se ve, se siente, y se guarda en el
recuerdo para siempre.