| Altitud: 1.173 m. Censo Habitantes: 16 Distancia de la capital: 127 Km. |
Villar de Cobeta |
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EI lugar y sus gentes
Hace un mes que entró el otoño y el tiempo por estas latitudes mesetarias sigue siendo templado y apacible. Por aquellos recovecos montañosos que preludian las tierras del Alto Tajo, el pueblo de Villar de Cobeta se nos ofrece como un pequeño vergel; un pueblo ínfimo, pero muy bonito; recogido casi todo lo que tiene de interés en torno a la Plaza Mayor o dentro de la plaza misma. La plaza del Villar es una plaza grande, sombreada de castaños, de acacias y de tilos, con el pueblo alrededor. Una fuente pública, muy historiada, con dos pilones largos, uno a cada lado del monolito en forma de flor de lis, del que salen dos caños, aporta la nota fresca y rumorosa a la tranquilidad de la plaza: "Año de 1924. El constructor P. Romero". Las viviendas que entornan a la ancha plaza son nuevas casi todas ellas. Sobre el frontis del ayuntamiento se levanta la torre del reloj municipal, con carillón y campana para dar las horas. El frontón de pelota, pintado de verde, luce en lo más alto un escudo nacional tallado en relieve, anterior al constitucional que ahora representa a la Patria, y que cuando menos hay que cuidar como emblema de un periodo de nuestra Historia, aunque también como obra de arte. En Villar de Cobeta la gente vive de la ganadería y del campo. Los mayores, que son una buena parte, de la pensión de jubilación. Son personas extraordinariamente amables, y con un sentido muy justo de la hospitalidad y de la convivencia. La iglesia es uno de los edificios que rodean a la plaza, quiero recordar que por el lado norte. Posee una espadaña airosa y un arco de entrada al atrio cerrado con verja. Desde los corrales y las casas viejas que hay al otro lado de la iglesia se ve la vega, suena el agua y se advierten en el silencio pegadas a la pared las lápidas del camposanto. Desde las eras de Nadar es un regalo para los sentidos contemplar el panorama. Terrenos ariscos y peñascosos de proporciones increíbles, enmarcados por cortes de roquedal que sólo la Naturaleza es capaz de elaborar. Al lado la Vega, troceada en huertecillos que la gente mayor suele cultivar con mimo, para con su producto nutrir la despensa durante los meses de verano. A partir de allí, los murallones de piedra descienden, buscando no muy lejos el cauce del Tajo. El patrón de Villar de Cobeta es un santo español y valenciano, el dominico San Vicente Ferrer. Su fiesta mayor la arrancaron del calendario (día 5 del mes de abril) y se la llevaron a finales del verano. En lo administrativo, pertenece desde hace años al Ayuntamiento de Zaorejas.
La historia
El nombre del lugar indica claramente su origen de repoblación, allá por el siglo XII cuando la creación del Señorío de Molina. Formó siempre un territorio común dependiendo de Cobeta y junto a la Olmeda, por lo que su historia es la misma que la de los anteriores lugares: entregado a mitad del siglo XII por don Manrique de Lara a la mitra seguntina, luego pasó a ser propiedad del monasterio cisterciense de Buenafuente, por donación en su testamento de doña Blanca Alfonso, hecho a finales del siglo XIII. El señorío monjil terminó bruscamente en el siglo XIV cuando el caballero Francisco de Tovar se adueñó por la fuerza del territorio de Cobeta. En esa familia permaneció muchos siglos después. Aquí se instaló, en el transcurso de la guerra de la Independencia (1809), la Junta de Defensa del Señorío. Años después, en 1840, las tropas carlistas del general Balmaseda se hicieron fuertes en su territorio, encastillándose en Alpetea y el Sargal como puntos fuertes. La riqueza forestal y turística de este pueblo, está todavía sin aprovechar como debiera.
El patrimonio
En la plaza del pueblo destaca el Ayuntamiento, el frontón, una fuente hermosa y la iglesia parroquial, obra de escasos vuelos artísticos, pues muestra ser medieval en su sencilla estructura, espadaña triangular a los pies, escasos vanos, etc. El interior es de una sola nave, con reducido ábside de expresión románica. Entre sus obras muebles destaca un altar dedicado a Santa Catalina, cuajado de tallas en madera policromada, obra del siglo XVI. Y una cruz procesional, magnífica, de ese mismo siglo, realizada en los talleres de orfebrería de Sigüenza por el que fue platero del Cabildo seguntino Pedro de Frías. Dicha cruz, en plata tallada y repujada, muestra en su anverso central a Cristo crucificado y en su reverso a San Pedro revestido de pontifical. En los extremos de los brazos aparecen bien talladas imágenes de los símbolos de los evangelistas, cartelas, angelillos, etc.