Altitud: 1.374 m.
Censo Habitantes: 70
Distancia de la capital: 180 Km.

Traid

 


 El lugar y sus gentes

Si de algo se puede acusar al pueblo de Traid que se oponga a tanto como hoy tiene en su favor es la falta de árboles, la carencia de sombras en aquel altillo de la paramera teniendo al bosque por vecino. Me han dicho que durante el verano el agua suele escasear, y esa puede ser junto a alguna más, como la condición caliza del terreno sobre el que asienta, la primera causa de esa carencia de vegetación.

Tenemos el pueblo ahí, al alcance de la mano. En su entorno toda una serie de laderas y de cerros grises salpicados de sabinas Entramos a él por un ramal que parte de la carretera que sigue hacia Alcoroches. Visto a una distancia que haga posible cierta perspectiva, antes de llegar a las primeras casas, los tonos claros o blancos de las paredes y los ocres de los tejados nos hablan de un pueblo de escasa entidad en donde funcionó, con sabiduría y sentido común, la mano amiga del restaurador durante las dos últimas décadas. Si en tantos pueblos más, incluidos los de la misma comarca molinesa, se ha experimentado un cambio en su favor, en el caso de Traid el cambio ha sido notable; el pueblo parece otro, y calles hay en las que todas sus casas son nuevas o han sido sometidas por sus dueños a una seria operación de imagen.

No tienen nombres escritos las calles de Traid. Anda uno un poco a ciegas sin bajarse del coche para luego ir a detenerse junto a la iglesia en obras, al pie casi del tremendo pedrusco que llaman el Castillo, donde hay como remate una cruz de palo con los brazos abiertos hacia la vega. La vega es valle inmenso donde la vista se pierde en lo infinito, aunque adivina lejos, muy lejos, envuelta en un difuso color gris como fondo, la Sierra de Caldereros, a más de cincuenta kilómetros de distancia dirección norte, que en línea retta y en terrenos difíciles como los que en la presente ocasión nos acogen, ya estar lejos.

El altivo campanario mira hacia las puestas del sol dibujado en espadaña. El tronco voluminoso del olmo muerto queda debajo, cubierto de yedra en su mitad, como enseña de nostalgias y como monumento natural en representación, quién sabe, de un par de centurias en la vida del pueblo que es cuanto, según mis cálculos, debió de vivir.

Desde la iglesia se sube hacia el pueblo por una calle extraordinariamente ancha. Sobre el blanco muro de una antigua casona orientada al mediodía hay una placa de porcelana azul en la que está escrito: «Plaza de la reina María Cristina», ignoro si está colocada en su debido lugar, pues al tratarse del único indicador de calles que en el pueblo puede verse, pienso si la colocaron allí como mero adorno, o informa en realidad del nombre de la plaza, como a primera vista parece.

La señora Anuncia conversa animadamente con otra señora que llegó de fuera al pie de las escalerillas que suben a su casa desde la fuente. La fuente que mana junto a la casa de la señora Anuncia tiene una inscripción por encima del piloncillo en donde todavía se puede leer: «Se construyeron las tres fuentes siendo alcalde don Nicanor Ruiz, año 1914.»

—¿Y cómo dice tres, si sólo hay una?

—Las otras dos están por otros sitios. Una de ellas todavía echa agua.

Traid es pueblo de calles anchas, de calles limpias aún en evolución, y de muchas plazuelas. En una de estas placitas anónimas con las que uno se encuentra al andar por las calles, hay una fuente nueva en mitad, que al girar el grifo arroja un chorro fortísimo de agua fresca. Dando vistas a esta plazuela en un lateral, se deja ver el edificio del ayuntamiento con el clásico reloj municipal como remate Es el del ayuntamiento de Traid un edificio de sencilla y elegante silueta, simétrico en su fachada, con la puerta cubierta de carteles anunciadores, de órdenes y comunicados de la alcaldía y del representante sanitario del lugar que, según saco en conclusión es allí donde pasa la consulta.

En Traid tienen por patrón a San Francisco, con fiesta el 12 de agosto, trasladada desde el 17 de septiembre, fecha ésta última en la que se honró al santo por tradición. En su día según el calendario, es decir, el 4 de octubre, en el pueblo conmemoran Las llagas de San Francisco, que según me explicaron nada tiene que ver con la fiesta patronal. Dentro de la iglesia conservan el famoso cuadro del santo de Asís, óleo al que atribuyen hechos sobrenaturales de los que después se dará noticia.

Cuesta cerrar estas líneas dedicadas al pueblecito de Traid, un lugar con mensaje. Desco hacerlo evocando el nombre de un extraño ciudadano natural de este pueblo, poeta y dicharachero, ahora según me han dicho acogido por caridad en una residencia de ancianos: Santiago el Borlilla; vaya para él esa chispita de aCecto que uno tiene a bien guardar en el arcón donde quedaron inscritos los nombres de tantas personas de buena voluntad como andan y anduvieron por el mundo, y a los que la suerte le llevó a conocer.

La historia

En terreno áspero y si apenas vegetación, sobre la sexma serrana de Molina, asienta este pueblo que también ha quedado casi desierto en los últimos años. La geografía de su término es muy variada, y aunque él asienta en lugar alto y frío, desamparado, en otros lugares del mismo existen bosques, arroyos e incluso huertos. Existe, al menos, desde la repoblación del Señorío, y en el testamento de doña Blanca, a finales del siglo XIII, se menciona Traid y unas pequeñas salinas en su término. Luego fue siempre del Común de Villa y Tierra.

El patrimonio

El caserío muestra numerosos ejemplares, bien conservados, de arquitectura popular, dada la despoblación del mismo. En un caserón de la plaza aparece una curiosa talla humana sobre madera de sabina sirviendo de pilar de su porche. La iglesia parroquial es elemento sencillísimo, con espadaña de remate liso a poniente, y una puerta de arco semicircular, adovelada, a mediodía. En el interior destaca la capilla dedicada a San Francisco de Asís, en la cual existe un altar barroco que contienen un gran cuadro al óleo representando al santo fundador, muy oscuro y de no buen pincel. La tradición del pueblo dice que en la ocasión en que el ejército austriaco, durante la Guerra de Sucesión, entró en la ciudad de Molina (cosa que ocurrió el 1 de noviembre de 1705) sudó copiosamente este cuadro, quedando humedecido algún tiempo.