Altitud: 1.113,8 m.
Censo Habitantes: 255
Distancia de la capital: 151 Km.

Tortuera


 El lugar y sus gentes

 Dicen en Tortuera que después de Molina es su pueblo la capital del Alto Señorío. La rivalidad entre pueblos vecinos, ya se sabe, un juego al que quien esto dice jamás le gustó echar carta. Sí, hay que decir que Tortuera es una villa antigua que rebosa señorío al andar por sus calles, y que los campos de su término son de lo mejor de la comarca a la hora de rendir como granero. Sus fiestas mayores en honor de San Nicolás de Tolentino, son así mismo de las más animadas y concurridas de toda la comarca.

El pueblo ocupa el centro de una llanura inmensa casi en el centro de los trigales del tardío. Los lugares de Embid, La Yunta, Rueda, Torrubia, y Fuentelsaz más al norte, son sus vecinos. Las gentes por esos pagos arrastran al hablar un marcado acento aragonés, naturalmente por encontrarse rayanos con la región baturra.

Es bueno, y hasta saludable, darse una vuelta, aunque sólo sea de tarde en tarde, por aquellas tierras llanas, de cielo transparente y de claro sol, sobre todo cuando los tiempos regalan a esas latitudes su temperatura deseada, lo que suele ocurrir, salvo frecuentes excepciones, de primeros de mayo a finales de septiembre.

A Tortuera se puede llegar por dos caminos y en dos direcciones distintas: desde Molina, por Rueda de la Sierra y Cillas, que es la habitual, y desde Embid, cuando se viene de Daroca o de La Yunta. La huella de sus antiguos pobladores, de aquellas cuatro o seis familias con sonoros apellidos, cuyos escudos de armas aún se lucen por encima de los quicios, permanecen como testimonio de un período -tal vez el más interesante de su historia- que la gente desconoce y del que la tradición es parca en detalles. La Plaza Mayor

algunas calles que a ella concurren, son todavía un escaparate abierto de aquellos siglos envueltos en el misterio de los lejanos señoríos, que esconden entre las juntas de su piedra noble las casonas de los Morenos, de los Torres, de los Romeros, de los López Hidalgo de la Vega, cuyos emblemas en relieve de caliza, plantados sobre lo más visible de sus fachadas, uno guarda en la retina a título de imágenes predilectas La lista de hombres notables y de cargos de responsabilidad que salieron de estos palacetes es bastante nutrida; de ello se dará cuenta después.

Son famosos los pairones de Tortuera, los de los caminos y los que ahora figuran como piezas de adorno por algunas de sus calles; pero el más conocido de todos ellos es el pairan de las Animas, colocado poco antes de llegar al pueblo a mano izquierda cuando se va por la carretera de Cillas, Está construido este pairan a base de

piedras sueltas, bien encajadas, a manera de muro o de pequeña espadaña con triple adarve como remate. Se sostiene sobre peana roqueda por encima de la cuneta, y es interesante, no sólo por su antigüedad, que lo es manifiesta, sino por su originalidad en este tipo de monumentos populares, que favorece su situación a la vista de todos.

El municipio cuenta como la mayor fuente de riqueza con la de su propio campo. Entre las tierras del pueblo y las de la finca de Guisema que ellos cultivan, son más de ocho mil las hectáreas de tierra para el trabajo y la producción.

Cuando ha entrado la mañana, son muy pocas las personas que se ven por las calles del pueblo. La plaza es en su conjunto un muestrario de arquitectura señorial molinesa de la mejor clase, casi toda ella de los siglos diecisiete y dieciocho, en donde juegan a hacerse notar los arcos de dovela, las escalinatas, los escudos sobre los pardos paredones de las casas, y la magnífica rejería en muchos de los balcones. Al pie del vistoso edificio del ayuntamiento, han cortado a distinto nivel una plataforma con murillo de piedra, rodeada de árboles, que juega un papel importante en las grandes concurrencias festivas de público.

Desde el pretil de la iglesia, el abierto panorama de cara al campo es de praderillas húmedas, de chopos en el barranco que se comienzan a cubrir mediada la primavera, y allá lejos, recortando sus tremendos dentellones sobre una masa oscura que contrasta con el claro azul de los cielos molineses, la sierra de Caldereros, aquella que guarda a la caída el esbelto torreón del castillo de Zafra.

La historia

Su nombre, Tortuera, viene a significar «torre torcida» y es muy característico de la repoblación. Sería creado o aumentado en el siglo XII, en el nacer del Señorío. Y dadas sus magníficas condiciones agrícolas, creció rápidamente, sin conocer señorío privado. En 1554 alcanzó el título de Villa con jurisdicción propia, aunque siguió perteneciendo al Común molinés en todo lo referente a aprovechamiento de pastos y dehesas.

La cantidad abundante de población, su riqueza y las posibilidades de estudio de sus naturales, hizo que en Tortuera nacieran numerosos personajes que luego destacaron en las armas, las letras y la religión. Especialmente en el Siglo de Oro, en que por su aumento demográfico, y su situación bien comunicada, muchos de sus hijos dieron en acudir a los estudios de grandes ciudades.

Así, podemos recordar a la familia de los López Hidalgo de la Vega, que dio varios sujetos singulares, de los que destacó don Diego López Hidalgo de la Vega, obispo de Badajoz y de Coria, y electo de Pamplona. También es de recordar al Dr. don Andrés García Pérez, bautizado en la parroquia de Tortuera en 1538, que fue inquisidor de Molina, y arcipreste de dicha ciudad.

El patrimonio

De la torre que dio nombre al pueblo, y que en su término fue admirada, a pesar de su progresiva ruina, por sus condiciones de fortaleza y altura, ya no queda prácticamente nada. Se trataría de una torre defensiva fronteriza. En el pueblo destaca el rollo o picota, símbolo de villazgo, que consta de un fuerte pilar de sillar calizo, bien tallado, con remate cónico y escamado, propio de los comienzos del siglo XVI. De los diversos pairones que existen en el término, es de destacar el pairan de las Animas, a la entrada del pueblo viniendo de Molina: consta de un conjunto de sillares sobre los que aparece un grupo de azulejería recordando a las

ánimas del purgatorio, como escena popular de llamas y cuerpos sufrientes. Las ermitas de Nuestra Señora de los Remedios, el Ecce Homo y San Nicolás, repartidas por el término, son también curiosas, especialmente la primera.

La iglesia parroquial es un buen ejemplo de la arquitectura herreriana, del siglo XVI en sus finales. De estructura compacta, presenta una gran torre cuadrada a poniente, que remata en grueso chapitel. La portada, a mediodía, es de líneas rectas y molduraje geométrico; lleva la fecha de su construcción grabada: 1574. El interior es de planta cruciforme, cubriéndose el crucero con bóveda hemisférica. La nave se cubre con crucería, y a los pies surge el coro alto. Escoltando el paso al crucero, dos gruesos pilares adosados a la pared, con decidido aire renacentista, exhibiendo incluso algunos grutescos en su fuste. El retablo mayor es de estructura y ornamentación barrocas; ocupa todo el fondo del presbiterio. Posee tallas y cuadros de poco mérito. Por el templo se distribuyen varios altarcillos barrocos, de poco mérito. En el lado del evangelio, aparece la capilla de la Trinidad, de gran mérito arquitectónico.

Es muy curioso el cuadro que la preside, en el que se ve a la Trinidad, apoyada sobre un enorme globo terráqueo, en el que aparecen Adan y Eva. Oferente del cuadro, surge a un costado un sacerdote joven, y enfrente su escudo de armas. En el suelo de la capilla, ante el altar, una lápida con escudo de armas y esta leyenda: «Este altar y peana dotó don Marcos Antonio Romero de Amaia Canónigo de la Santa Iglesia de Córdoba para el mayorazgo y capellán Año de 1685». En la misma iglesia, y sobre el muro de la epístola, hay un pequeño retablo, del siglo XVI, con buena talla del Niño Jesús además de otras tallas bastas y pinturas sobre tabla con evangelistas, santos y santas. En el centro de la predela, las frases de la consagración, en letras doradas sobre fondo de plata, y rodeándolas esta leyenda: "Este altar mandó facer el Doctor don Antonio García Perez, Abbad de Berlanga y Comisario del Santo Oficio".

Por el pueblo se hallan distribuidas una buena porción de casonas molinesas de típica arquitectura y buen estado de conservación. Merecen citarse las que rodean la plaza mayor, todas ellas de grandes portones semicirculares adovelados una es de los Torres, otra de los Moreno, del siglo XVII. La casona de los Romero, en un extremo del pueblo, es del siglo XVIII y muestra sobre la puerta un hermoso escudo de armas. La casona de López Hidalgo de la Vera presenta una clásica distribución de vanos, con escudo sobre el portón adintelado. Es obra del siglo XVII, construida por don Diego López Hidalgo Mangas, padre de una abultada nómina de figuras de la religión y las letras, que en ella vivieron y la adornaron, con sus retratos, durante siglos.