Altitud: 1.317,1 m.
Censo Habitantes: 71
Distancia de la capital: 158 Km.

Torrubia

Torrubia en Internet http://www.torrubia.50megs.com


 El lugar y sus gentes

No hace tanto que anduve perdido -muy a mi gusto, por cierto por esos campos mil veces blasonados e históricamente nobles del Alto Señorío Molinés. Son muchos los viajes que a lo largo de las dos últimas décadas uno ha hecho por allí, esa es la verdad, como también es cierto que en cada viaje se ha ido descubriendo alguna cosa nueva, algo que ayude a mantener de continuo su velada preferencia por aquellos lugares, tan antiguos y sonoros, de la Paramera. Tartanedo, Hinojosa, Tortuera, Torrubia, y algún otro más de aquellos contornos, son nombres de villas que guardan a perpetuidad un lugar fijo en mi memoria.

Llego a Torrubia a mitad de mañana. En la soledad del páramo comanda desde muy lejos el tono pardo de su vieja estampa alrededor de la torre cuadrada de su iglesia. Torrubia es una más de aquellas villas señoras, enclavadas todas ellas en mitad de una comarca salpicada de casonas con blasón de piedra, donde el pasado se torna infinito gracias al milagro de sus escudos; pero que la gente fue abandonando con grandes o con pequeñas razones, y ahí está en su lamentable despoblamiento la verdad de estas hermosas villas molinesas cuando el siglo y el milenio acaban; lugares de ensueño para vivir la paz del invierno interminable, tan acorde con su soledad, con su frescor innato, quién sabe si también con su previsible ocaso.

No sé; no se -dice un hombrecillo que encuentro tomando el sol al lado de la carretera-. Esto para el verano no está mal, pero el invierno es muy duro y muy triste por aquí. Quedamos cuatro viejos, y pare usted de contar. Los que se fueron vuelven en verano, o algún fin de semana, pero enseguida se van.

Lamiendo muy de cerca los andenes de la carretera de Tartanedo, ya a la salida, está la plaza de la Fuente junto al juego de pelota. La fuente pública de Torrubia tiene tres caños que manan generosamente. Consta escrito sobre su propio frontis que fue construida en el año 1909, a expensas de la Diputación Provincial y del Ayuntamiento del pueblo. Los chorros vierten sobre un piloncillo en semicírculo, mientras que hacia un lado y al otro se estira un largo pilón abrevadero que protege por esta parte una larga barandilla de hierro; sin duda, para que mientras los años que estuvo de servicio, y que fueron muchos más de medio siglo, las caballerías que acudían a beber no molestasen a las mujeres que llenaban sus cántaros y sus botijas en los caños. La piedra sillar que tiene la fuente es arenisca rodena, de un mate sanguino que llama la atención. Hoy cumple con su oficio de monumento decorativo, símbolo de la villa igual que la torre, pero que no cubre al parecer servicio alguno.

—Y que lo diga. El agua hace años que la tenemos en las casas, y mulas no hay; así que, como usted dice, está como un poco de adorno.

El pueblo de Torrubia ha sufrido en su favor un cambio importante en los diez o doce últimos años. Se han edificado casas nuevas, se han arreglado muchas de las antiguas, y las calles presentan un aspecto muy diferente a aquel otro de cuando las conocí en mi primer viaje. Al andar por Torrubia se ven a veces patios con un viejo tinte señorial, precedidos de antiguas arcadas de piedra, algunas de ellas con su pequeño jardín interior. El olmo de la plazuela de la iglesia se acabó por morir, empujado por el mal y por los años.

Las palomas zuran y revolotean, caminan de un lado para otro por encima de las cornisas y de la balaustrada de la torre. La torre parroquial cuenta entre esa media docena de campanarios distinguidas que adornan la vejez de nuestros pueblos, donde están los de Alcocer y Escamilla, por mencionar algunos más a título de muestra. Hace ahora veinte años, le cayó un rayo que le ocasionó importantes destrozos. Le hicieron una buena restauración y ahí está, cumpliendo su misión con estampa flamante. Recuerdo que, cuando en viajes precedentes tuve ocasión de verla por dentro, me pareció, especialmente en su imaginería, una imitación al manierismos a las contorsiones abarrocadas, al recargo ornamental y al movimiento. Sus diez retablos, diez, son buena muestra de su importancia pasada, tal vez en tiempos de mecenazgo por parte del caballero don Juan López Azcutia, fallecido según parece en 1730, cuya lápida sepulcral con epitafio y escudo de armas queda al pie del altar de Nuestra Señora de los Dolores.

Torrubia, ya a las puertas del buen tiempo, espera paciente con cara de verano el regreso de los que tienen que venir. El domingo del Corpus y el día de San Antonio son fechas señaladas en las que el pueblo se viste de fiesta, y ocasión óptima para darse una vuelta por allí, sobre todo los que no lo conocen.

El patrimonio

La iglesia parroquial es obra de grandes proporciones, levantada en los siglos XVI y XVII en un estilo barroco de admirable grandiosidad. Su torre es cuadrada, rematada en cenefa de bolas y baranda de piedra tallada. El interior es de 3 naves, y en él asombran al visitante su apostolado en las pilastras, los cuatro evangelistas en las pechinas, su colorido... La torre se ajustó en 1689 con José Ochoa, que se acabaría y remató en 1752 por Martín López. El retablo mayor es obra de maestros seguntinos: tarjetas y santos en las enjutas del cerramiento le confieren una belleza extraordinaria. Su cuerpo central está ocupado por una caja para sagrario y expositor. La titular, Na Sra de la Asunción, en el ático, con transparente. Su autor es Jacinto Velilla, maestro de arquitectura y talla, vecino de Molina, en 1705. También es destacable en este templo la capilla de Nuestra Señora de los Dolores, que mandó edificar en 1736 el cortesano Juan López de Azcutia, natural del pueblo, así como varios retablos de tipo barroco, popular, y algunos realizados en los magníficos talleres de ensamblaje de Calatayud. Por el pueblo distribuidas sobresalen algunas casonas típicas molinesas, de amplios portalones adovelados, rejas de bella ejecución, y algún escudo de armas.

La historia

De remotísimo origen, en tiempos pretéritos fue ocupado por los celtíberos, existiendo en su lugar un pequeño poblado del

que derivó su nombre, «torre roXiza». En la época de la repoblación del territorio molinas, tras la reconquista del mismo a los moros, fue dividido en quiñones conforme a la división tradicional y foral, y adjudicado a numerosos inmigrantes vasco-navarros, que lo poblaron e hicieron crecer. Algunos apellidos muy ilustres de Torrubia (Azcutia, etc.) dan fe de ello. Conformado en el conjunto del Señorío de Molina, a lo largo de los siglos sufrió sus mismos avatares, con los altibajos de riqueza cerealista-ganadera y decaimiento poblacional de los siglos XVII y actual, respectivamente.

 De entre sus naturales salieron figuras señaladas de la historia. Quizás una de las más interesantes sea Martín Jiménez de Montes, uno de los valientes que llegó con Hernán Cortés hasta los últimos momentos y peripecias de la conquista de México. Hizo testamento en las minas de plata de Guanajuato, de las que era alcalde mayor, en 1577, dejando múltiples bienes para mejora de su pueblo e iglesia. Otros destacados torrubianos fueron don Alonso Avila, magistral de la Catedral de Granada en el siglo XVI; el coronel don Pablo Azcutia, y el secretario de la Presidencia del Consejo de Castilla, don Juan lópez de Azcutia, en el siglo XVIII