| Altitud: 1.043 m. Censo Habitantes: 42 Distancia de la capital: 160 Km. |
Tierzo |
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El lugar y sus gentes
Son dos los asuntos findamentales
a los que hay que atender cuando se habla o se escribe de la
villa de Tierzo: la Vega de Arias a mano derecha de la carretera,
y el pueblo, a mano izquierda y como fondo a un ramalillo de
asfalto; nunca a más de un kilómetro de distancia desde el
empalme. La Vega de Arias es una finca, con antiguo caserío de
puerta almenada, donde no fue posible encontrar a nadie en mi
último viaje. En torno a la vieja casa solar -bajo un ribazo en
la solana de peñas oscuras y de sabinas-, las tierras llanas de
pan llevar que cubren, a lo largo de la carretera de Fuembellida,
los fondos de la vega. Son tierras de plomiza color, bien
trabajadas, que se riegan, cuando se pudo y se quiso regar, con
las aguas del arroyo Bullones que cruza manso con dirección al
Gallo.
Y a escasa distancia, el pueblo, aguas arriba del arroyo y
extendido en la misma vega. Tierzo, campo y leyenda, un
histórico del Bajo Señorío Molinés, donde jamás llegó a
faltar la palabra amable de sus gentes, el tierno fruto de sus
huertas, y el agua generosa y fresca de sus tres fuentes.
No encontré en esta ocasión tan solitario a Tierzo como cuando
anduve por él la primera vez. Era principio de verano entonces,
en una hora temprana del día. Hoy es media mañana en uno de
esos fines de semana que anuncian la primavera, y hay gente por
las calles; hay obreros, sobre todo, que restauran viejos
edificios, y picapedreos mecanizados que faenan en la
construcción de una frente nueva en mitad de la plaza de arriba,
de una frente de piedra arenisca rojiza que, por la traza, debe
de ser algo digno de verse cuando esté acabada.
Andando lentamente por las calles de Tierzo, y teniendo al norte
y al mediodía los cerros de Valdesalcón y el Pelado, uno se da
cuenta de que, siguiendo a este ritmo, es posible que dentro de
unos cuantos años sea éste un pueblo desconocido, o por lo
menos un pueblo distinto al que antes fue, y que la gente deberá
esforzarse para que no desaparezcan del espíritu y de la memoria
colectiva del lugar el tesoro de sus tradiciones de sus
costumbres, de sus significativas leyendas; que nada tienen que
ver, o muy poco, con el acondicionamiento y con la puesta al día
de sus calles y de sus viviendas. Ya no existe, por ejemplo, el
árbol que durante años, o siglos quizá, dio sombra al atrio de
la iglesia; queda el cadáver voluminoso de su tronco, monumento
natural evocando una pérdida que rompe la tradicional imagen de
sus calles.
Para el 17 de mayo, fecha señalada en varios pueblos del
Señorío, los contados habitantes de Tierzo y los que vienen a
acompañarles desde lejanas tierras a las que emigraron durante
los años del éxodo, celebran su fiesta mayor dedicada a San
Pascual Bailón, y otra menos solemne, pero más multitudinaria
seguramente, a mediados de agosto en honor de San Roque.
Es verdad de fe para las gentes de Tierzo, y para otros de más
edad en toda la comarca, que en este lugar, allá por la primera
o la segunda década del año que estamos a punto de concluir, se
dio el lamentable suceso que sirvió de argumento a don Jacinto
Benavente para su drama «La Malquerida». Hasta hace poco tiempo
-ignoro si todavía sigue en pie- existió, como arrinconada en
una de sus calles, la casa donde vivió aquella desdichada
familia.
Cuentan que un hacendado de la villa, padrastro a la sazón de
una hermosa muchacha casada con un mozo llamado Francisco el
Pañero, puesto de acuerdo con ella, pagó mil pesetas (un
capital entonces) a tres desalmados forasteros para que quitasen
de en medio al que era marido de la chica, y así, tener campo
libre para poderse casar después legalmente el viejo con ella,
tal y como habían venido planeando desde hacía tiempo. Eran los
asesinos unos esquiladores de caballerías que habían aparecido
allí desde Cifuentes. El cadáver lo encontraron a la mañana
siguiente escondido dentro de una alcantarilla al lado de la
carrera, cerca del pueblo; sitio que desde aquel día la gente
conoce como «la alcantarilla del Pañero». Los tres criminales
huyeron a lavarse la sangre a las fuentes de Molina, para
despistar a la justicia; pero fueron detenidos y encarcelados a
los pocos dias. La chica y su padrastro corrieron la misma
suerte. Aseguran que la muchacha dio a luz dentro de la cárcel.
Eran otros tiempos. Hoy, Tierzo es un pueblo diferente, sobre
cuya nueva imagen se deja sentir el peso de su particular
historia.
La historia
En siglos pasados, Tierzo fue aldea de calidad e importancia, y en sus cercanías existió un castillo, al que hoy, en su arruinado desmantelamiento, llaman «del Moro». De Otras torres vigías que en el término existieron, queda aún «Torrecilla la Rubia»: todo ello es muestra de la importancia estratégica que para el Señorío molinés y su defensa suponía este enclave. Siempre fue del Común de Villa y Tierra, adscrito al señorío de los Laras medievales y luego de los Reyes de Castilla.
El patrimonio
Su iglesia parroquial es obra muy
sencilla y sin detalles arquitectónicos notables. Aunque su
origen es medieval, tiene restauraciones y reconstrucciones
añadidas, y a poniente muestra gran espadaña. En el interior es
realmente muy destacable su altar mayor, obra renacentista con
buena serie de tallas y pinturas.
Destaca sin duda el cuadro sobre tabla que representa la
imposición de la Casulla a San Ildefonso, y otro relieve
escultórico dedicado a la Natividad. Hay otros varios altares
barrocos, estimables. En a sacristía, un cuadro recuerda la
epidemia y posterior romería de (los capirotes» que anualmente
celebraba el pueblo hasta el santuario de la Hoz. Se hizo este
voto en 1845, cuando el cólera amenazo con diezmar la población
del lugar, y desde entonces hasta fecha muy reciente, el pueblo
en masa se trasladaba, un domingo del mes le junio, andando hasta
el santuario de la Virgen de la Hoz. Vestían hombres y mujeres
con túnicas blancas cubiertas sus cabezas con afilados y picudos
cucuruchos del mismo color, calzados con zapato negro y media
blanca, llevando velas en las manos. Los niños andaban a su
lado, coronados con flores. Al frente del cortejo, un capirote
totalmente de negro, portaba el estandarte del pueblo.
En término de Tierzo se encuentra el caserío de la Vega de
Arias, que preside unas amplias praderas y pastizales a orillas
del río Bullones, en un paisaje casi idílico y siempre verde.
Dice la tradición que por aquí atravesó el Cid en su camino de
Burgos a Valencia. Lo cierto es que este enclave perteneció,
desde la repoblación del Señorío molinés, a diversas casas de
la nobleza del territorio, entre ellas a los mayorazgos de
Salinas entorno. Qpizás explotadas por los árabes también,
tras la reconquista quedaron como pertenencia de los señores de
Molina, los Lara, quienes las explotaron directamente. En siglos
posteriores, fueron sus dueños, o al menos obtuvieron de ellas
grandes ben& ficios, los Mendoza de Molina, condes de Priego.
En el siglo XVIII, el Estado ilustrado las reconstruyó
totalmente, lo mismo que hizo con otras de la provincia (Imón,
la Olmeda), y lo que hoy queda, todavía en explotación, es de
la época de Carlos III. Se pueden admirar varios edificios, de
fuertes muros de sillarejo con amplios atrios de vigamen de
madera, pavimento de cantos, así como un curioso sistema de
artesas y canales para su explotación.