Altitud: 1.377 m.
Censo Habitantes: 215
Distancia de la capital: 156 Km.

Tartanedo

 


 El lugar y sus gentes

 Desde el cruce de caminos, según se viene de Labros hasta los llanos de Tartanedo, la distancia es corta. El ambiente exterior de los campos y de los pueblos se ofrece tranquilo, acristalado, de una increíble diafanidad. La carretera apenas muestra señal alguna de tránsito. Andamos en días de otoño y los campos, los senderos, los oterillos en los que sólo cunde la maleza, los cuerpos y las almas de quienes por aquí deambulan, ofrecen un aspecto mortecino bajo el tibio sol de las doce. Hasta las afueras del Tartanedo tan sólo me he cruzado en el camino, quiero recordar, con la furgoneta del repartidor del pan. ahora el pueblo. Como Hinojosa, como Milmarcos, como Torrubia o como Tortuera, Tartanedo es un pueblo de merecido renombre al que, ahora más nunca en debilidad y medio despoblado, se me ocurre pensar que le abruma el peso de su propia historia.

Tartanedo, amigo lector, es villa para conocer y no para ser descrita como ocurre con el sabor a miel o con las obras de los grandes maestros. Tartanedo -lo sé por experiencia- deja señal en la memoria y en el ánimo de quienes alguna vez se acercan a verlo. La gente fue desapareciendo, pero el pueblo permanece allí, viendo cómo se dora cada tarde con el sol poniente la superficie tallada de las piedras sillar de su iglesia de San Bartolomé, y luciendo para quien lo quiera contemplar gratuitamente el encanto de sus añosos palacetes, como el del obispo Utrera, perfectamente atendido por sus actuales propietarios, y la fuente pública con larga leyenda inscrita que regaló a la villa natal otro de sus hijos ilustres, el arzobispo don Vicente Martínez Ximénez, nacido en 1816. La fuente pública, una fuente mural de cuidada silleria, vierte al mismo tiempo por cuatro chorros en línea sobre la pilastra que tiene a ras de suelo.

Al andar por las cuestudas calles del pueblo, uno da rienda suelta al recuerdo y a la imaginación, y comienza a pensar en gentes de allí que ya pasaron, en amigos de otro tiempo que identifica con lo que ahora tiene delante de sí. Esta donde ahora estoy, es la puerta de la casa en la que vivió Alejandro Moreno, un hombre íntegro, amable, servicial, trabajador y paciente, que se empeñó en construirse para la vejez una casa nueva de piedras labradas por él en la plaza de la Beata, y así la hizo. Alejandro no llegó a vivir en ella; murió poco después de ver concluida su obra. Sobre la puerta de entrada hay una pequeña hornacina con la imagen de la Beata María de Jesús, tallada en piedra caliza. Fue, sin duda, la mayor ilusión en la vida de Alejandro ver terminada la casa, obra en solitario de sus propias manos. Una placa transparente de material plástico, así lo recuerda adosada al muro: «Esta casa fue hecha por Alejandro Moreno», escueta y breve.

Junto a la ermita, ya en la salida, una cruz de hierro sobre elegante columna de piedra pone al lugar la nota romántica en una soleada mañana de otoño. Tartanedo, el pueblo, se nos ha ido quedando atrás; está lejos la casa y no hubo horas suficientes para detenerse en contemplaciones, ni para volver a contemplar en su interior siquiera la parroquial de San Bartolomé, con todo lo de ejemplar y de entrañable guarda dentro de sus cuatro muros. Sólo esto merecería la pena sobradamente a pesar de las distancias.

Uno siente en pleno páramo, aquí en la augusta soledad de extramuros, cómo el espíritu se pierde en un profundo lamento al vislumbrar desde sus orillas a este pueblo señor, ahora sumido en obligado silencio y lejos del interés de los hombres, sin gentes que prometan -porque no hay manos jóvenes laborando en sus campos, ni niños que griten por sus calles- tomar el testigo que dejaron tantos hijos ilustres como la villa regaló al mundo: arzobispos y obispos de la Iglesia, sacerdotes beneméritos, santas para el altar, capitanes de las reales guardias, hombres de bien... Quiero pensar que el pasado de las tierras de Molina, y de Castilla toda en su conjunto, porque Tartanedo es Castilla, se ven aquí reflejados. Un desafio al mundo de hoy y al que será mañana, hecho piedra noble de iglesia y escudo heráldico sobre las casas en calma, quizás demasiada calma, de Tartanedo.

La historia

Pertenece este lugar a la sesma del Campo del Señorío molinés, teniendo su historia en común con el Señorío y la sesma a que pertenece. Fue desde el siglo XVI asiento de una poderosa y acaudalada burguesía rural, entre la que destacaban las familias de los Hernando, Moreno, Crespo, Badiola, Ximénez de Azcutia, Utrera, y de las que salieron importantes figuras. Su gran término estuvo de siempre dedicado al cereal, y de sus grandes riquezas salieron los medios para que todos los vecinos llevaran una vida holgada, construyendo magníficas casonas de las que aún quedan algunos ejemplares, con sus correspondientes escudos conseguidos a fuerza de hidalga tenacidad, e incluso algunos palacios, y por supuesto, el gran caudal de obras de arte que llegó a poseer su iglesia parroquial.

El patrimonio

Hay varias ermitas distribuidas por el término, entre las que destaca la de San Sebastián, a la entrada del pueblo, que según la tradición y los antiguos cronistas, remonta su origen al año de 1185. En su interior destaca un gran artesonado de sencilla traza; coro alto a los pies, un pilón de bautismo, pequeño y muy viejo y tres altarcillos curiosos. El central, especialmente, llama la atención: es una obra del siglo XVI, cuyas tablas pintadas dejan adivinar bajo la capa de polvo que las cubre las figuras de San Roque, San Agustín y San Jerónimo, y una leyenda que dice: «Mandaron lo hacer los muy illustres señores Jerónimo de Ribas vezino y Regidor de la Villa de Molina, y doña Isabel de Ureña y Ribas su muger, en servicio de Dios y de San Sebastian en Renobación de otro retablo que sus antepasados hicieron el año pasado de 15...».

Son de admirar las casonas molinesas que hay en el pueblo. Entre ellas destacan la antigua de los López de Ribas, ya muy rnodificada, cuyo escudo de armas fue arrancado hace años; la de los Crespos, la de los Badiolas y alguna otra de gran empaque y severidad barrocas. Del palacio del Obispo Manuel Vicente Martínez Ximénez quedan mínimos restos. La obra más interesante que se conserva es el palacio del Obispo Utrera, en la costanilla de San Bartolomé. Se trata de un edificio de aspecto noble, aislado del resto de las construccíones, en muy buen estado de conservación. Tiene en su fachada principal tres niveles. En el inferior se abre el portón arquitrabado con dintel y jambas de sillar almohadillado. A sus lados, ventanas con magníficas rejas, y en las maderas luciendo los clavos y herrajes que su constructor le puso el primer día. En el segundo nivel resalta el gran balcón, también de sillar en almohadillado modo combinado, y un par de ventanas escoltándole. Arriba, un escudo nobiliario de la familia propietaria, y dos ventanillas que se corresponden con un camaranchón al interior. La mampostería noble de sus muros, el sillar bien tallado de las esquinas, y el eco de las pisadas de la calle transportan al admirado viajero a otro mundo diferente. El palacio es obra del siglo XVIII en sus comienzos, y lo construyó don Pedro Utrera Martínez, abuelo del famoso obispo de Cádiz a quien la tradición atribuye la erección del palacio. Actualmente se dedica a Alojamiento Rural, habiendo mejorado su aspecto interno, que ofrece las esencias más puras de la vivienda molinesa.

A la salida del pueblo, tras la iglesia, existe una grande y bella fuente pública, de firme sillar, en cuyo frente se leen esculpidas con limpias letras romanas estas palabras: «Enmmanuel Vicencius Martinez Ximenez, Cesaraugustanus Archiepiscopus, cuius Natale solum Tartanedo Structo Fonte publicae utilitatis consultum... An. Dom. MDCCCXVI». Fue regalo del arzobispo de Zaragoza don Manuel Vicente Martínez a su pueblo natal.

La iglesia parroquial está dedicada al patrón del pueblo, San Bartolomé. Aunque toda su fábrica es obra del siglo XVI y otras reformas posteriores, queda parte de su primitiva estructura, concretamente en la entrada al templo: su portada es un ejemplo del estilo románico, del siglo XII, y consta de amplias arquivoltas lisas con una cinta externa de «dientes de león».

El interior es de una sola nave con marcado crucero y presbiterio elevado. Coro alto a los pies, y escalera de subida a la torre. Esta es un bello ejemplo de escalera de caracol, con los peldaños clavados en el muro, sin sustentación central, por lo que en el centro de la espiral queda un hueco que transmite la luz desde lo alto, produciendo un gran efecto.

En la nave de la iglesia, cubierta de sencilla bóveda y cúpula sobre el crucero, se adosan diferentes retablos y se abre una capilla en el muro norte. En la misma ala norte, se ve adosado, frente a la entrada del templo, un magnífico retablo con pinturas, obra del siglo XVI, dedicado a San Juan Bautista, con figura orante de canónigo a los pies. También otro retablo barroco más pequeño, pero con buenas tallas.

De las muchas obras de arte que poseyó esta parroquia, quedan hoy escasos restos: una buena cruz parroquial, del siglo XIX, hecha en los talleres de Barcelona, y una copa de plata sobredorada en la que se guarda, «los santos misterios», que no son sino un pequeño y viejo lienzo con manchas rojizas y desvaídas de forma circular. La tradición, y un papel que se guarda junto al paño, cuentan cómo en el siglo XVIII, durante la guerra de Sucesión, las tropas del archiduque profanaron unas Sagradas Formas encerradas en ese paño, las cuales sangraron y dejaron su huella indeleble.

Personajes

Entre los personajes de más renombre nacidos en Tartanedo, es preciso recordar a la hoy Beata sor María de Jesús López Ribas, bautizada en su pila parroquial, y que llegó, por su santidad e inteligencia, a ser uno de los pilares de la Reforma Carmelitana en España en el siglo XVI, ayudando mucho a Santa Teresa de Jesús en su tarea fundacional y literaria, hasta el punto de que la Doctora de la Iglesia llamaba a sor María, «mi letradillo». En el atrio de la iglesia, un pequeño tablón recuerda brevemente su historia. Así ocurre también con sendos obispos: don Francisco Javier Utrera y Pérez, que nació aquí en 1741, fue Colegial del de Santa Cruz de Valladolid, canónigo doctoral en Segovia, gobernador del Arzobispo de Sevilla, Obispo de Cádiz, y Capellán Mayor de la Real Armada, y don Manuel Vicente Martínez Ximénez, nacido en 1750, que fue colegial en el de San Antonio de Portaceli de la Universidad de Sigüenza, catedrático de Filosofia y Teología en ella, canónigo en Murcia, obispo de Astorga desde 1806, y Arzobispo de Granada y Zaragoza. Ambos obispos hicieron grandes y valiosos regalos de ornamentos y orfebrería a su parroquia natal. Otros famosos personajes de este pueblo fueron el canónigo de Sigüenza D. José García Ibáñez; don Juan Crespo Martínez, teniente Coronel de las Milicias del Señorío de Molina, y D. Pedro Crespo Martínez, Capitán de Granaderos de Reales Guardias Españolas.