Altitud: 1.317,1 m.
Censo Habitantes: 71
Distancia de la capital: 158 Km.

Taravilla

 


 El lugar y sus gentes

La idea que por aquí por la capital se tiene acerca de Taravilla, no es otra sino de que se trata de un pueblo lejano a nosotros, y de que en su término queda una famosa laguna de agua dulce, que tantos conocen por fotografías y tan pocos por haber estado allí. Todo es verdad. El pueblo de Taravilla, semiescondido allá entre montañas, barranqueras y bosques, en las tierras del Bajo Señorío, es uno de los más afortunados por cuanto a bellezas naturales se pueda conocer, y no lejos de él, a sólo algunos kilómetros de pista con dirección a las bravías corrientes del Tajo, aparece, efectivamente, la Laguna, nombre propio que adorna el paisaje entre aquellos cerros y trae a la memoria leyendas tan unidas a la esencia castellana como la de doña Florinda, hija del Conde con Julián, quien allá por los primeros tiempos de la Reconquista, dicen que arrojó todas sus joyas al agua, antes de que pasaran a manos del moro invasor que, ya por aquellos montes andaba al acecho. El cerro que llaman de la Muela del Conde está por aquellos contornos, por el camino que baja hasta el Tajo, uno de los más espectaculares y vistosos de toda aquella sierra, con su cima en altiplano a modo de artesa; y a su alrededor las peñas y el bosque. Las aguas del río braman en soberbia cascada algo más abajo.

Desde la carretera, digamos principal, que desde Molina sigue hacia Terzaga y Peralejos, me acerca a Taravilla un ramal retorcido

y estrecho, en medianas condiciones, que tomé campo atrás a mano derecha. Abundan por ambas márgenes del camino las tierras calizas y de escasa calidad, donde crecen las sabinas, retoña el carrasquillo, y oscurecen el paisaje las encinas no excesivamente voluminosas. El boj, como enseña de las tierras frías, suele aparecer salpicando el áspero tapiz de las laderas. El pueblo se dejará ver poco más adelante, como fondo a unos campos baldíos precedidos de blancal y de pedregales. Los tejados del pueblo se me antojan de un brillante Color de cobre en la distancia.

A la entrada de Taravilla, los indicadores de carreteras orientan al viajero haciéndole saber que Baños de Tajo está a 3 kilómetros desde allí, y Poveda de la Sierra, bastante más lejos, tiene así mismo acceso, pero en dirección opuesta.

El repartidor del gas va sonando el claxon de su camioneta por la Calle Mayor; luego se detiene poco antes de llegar a la plazuela de la iglesia. El olmo, verdadero monumento de Taravilla, aún nos e ha muerto del todo; le quedan algunas ramas y hojas que todavía verdean cada verano, aunque la sombra que ahora da nada tiene que ver con aquella frondosidad que tuvo hace años, cuando los ancianos y algún otro de los más jóvenes del pueblo, buscaban refugio bajo su apretada copa en las mañanas de estío para librarse del sol. Le han inyectado -dicen- varias veces, y se ha conseguido mantener, no sé por cuanto tiempo, con el tronco más grueso de todos los troncos, vivos y muertos, que puedan quedar en la Provincia. El interior, viejo y de solo piel, lo tiene relleno de piedras que lo sostienen.

 

Desde la media ladera del cerro de San Mamés, donde la gente asegura que antiguamente estuvo la ermita del santo, se domina en visión casi cenital el pueblo entero. Taravilla desde el cerro de San Mamés se ve como un pueblo limpio, bien arreglado, a excepción de las casas y corrales hundidos que tengo junto a mí, ideal para la estancia en verano libre de complicaciones y de compromisos, circunstancia esa que conocen muy bien los viajeros de tierras de Valencia, que encuentran en estos alejados parajes del Alto Tajo un verdadero paraíso, en donde resarcirse de los impíos calores de la orilla del mar. En este preciso instante, tres automóviles con matrícula de Valencia salen del pueblo por el camino de la laguna.

La iglesia no tiene mayores atractivos ni mayores valores artísticos que los que se pueden dar en un templo levantado, no sé si con urgencia, para cumplir cuanto antes las necesidades espirituales del pueblo. La espadaña mira hacia el poniente. Ya en el campo se ve la fuente pública, enseña del lugar, el depósito de las aguas y el cementerio. En otra plaza, a mitad más o menos de la Calle Mayor que es la calle larga de Taravilla, llama la atención el nuevo ayuntamiento,

con una estampa simétrica ajustada perfectamente, y el escudo municipal en todo lo alto donde se puede leer: «San Mamés. Siendo alcalde don Juan Benito Díaz. Año 1991. Taravilla.» El detalle, aunque no goza del valor histórico y documental de otros muchos escudo molineses por ser demasiado incipiente, tan nuevo como el edificio consistorial, resulta interesante y muy digno de un pueblo que, como Taravilla, se preocupa por él.

La historia

Son muchas las leyendas que cuentan en el pueblo acerca de sus orígenes y otros acontecimientos. Dándolas el escaso crédito que merecen, sí que conviene citar aquella que cuenta que en la ocasión de la invasión de España por los árabes, el último de los jerarcas visigodos, el Conde don Julián, se refugió en estos contornos, en un lugar que aún los naturales llaman «el castillo de don Julián» o la «muela del Conde», situado en altivo y casi inaccesible promontorio donde el río Cabrillas va a desembocar en el Tajo. El hecho es que en ese enclave se ven todavía algunas ruinas, al parecer de castro celebro, luego usado como atalaya vigía medieval, con estrecha entrada y restos de armas y otros pertrechos militares. Aún cuentan que allí estuvo la mujer del Conde, doña Frandida o Farandina, y que una hija de ambos, llamada Florinda, arrojó al fondo de la laguna de Taravilla una gran cantidad de tesoros para que no fuera aprovechados por los invasores moros. Una de las peñas que rodean a la laguna es llamada «la muela de Utiel» y también la hacen sede de otro castillo. Otros dicen que este pueblo fue tan importante en tiempos de los visigodos, que servía de lugar de descanso a los obispos de Segóbriga y de Ercávica. Incluso cuentan que la razón de que doña Blanca tuviera tanta preferencia por este lugar, se debe a que en su corte o palacio alcanzó alta gracia un Mingo Sabido natural de Taravilla. Es interesante la serie de anécdotas, surgidas de la imaginación popular, que allí cuentan referidas a este personaje.

Lo cierto y verdad es que Taravilla como aldea del Común molinos fue levantada en la época de la repoblación, y se sabe que la señora doña Blanca tuvo gran cariño a este enclave, localizando en él un bosque dedicado a la caza, y en su interior una casa-palacio donde residía algunas temporadas. A su muerte dejó prácticamente el término entero como dehesa comunal para el Concejo.

 

El patrimonio

De su caserío breve, destaca la iglesia parroquial, de estructura medieval pero muy modificada a lo largo de los siglos, hasta el punto de que hoy no presenta prácticamente ningún detalle de interés artístico, pues aunque en 1764 el gran escultor Miguel Herber fue quien construyó el magnífico retablo barroco, la cabecera de la iglesia se hundió en 1945, quedando sólo pequeños fragmentos aprovechados hoy. En las márgenes del río Cabrillas quedan los restos de la torre de doña Blanca.

Son muy interesantes los paisajes que por todo el término se encuentran, especialmente los formados por las márgenes y cursos de los ríos Tajo y Cabrillas, que conforman en ocasiones estrechas y espectaculares gargantas en las que la densidad del pinar se combina con lo enriscado de sus montañas. Por un camino vecinal se llega cómodamente a la laguna de Taravilla, enclave natural de gran belleza, y por carretera se puede alcanzar el pueblo de Poveda de la Sierra atravesando parajes del «parque natural» de dicho nombre, que recorre en su parte inicial el término de Taravilla.

Y para acabar, una curiosidad: hay quien dice que el famoso fraile mercedario y autor teatral del Siglo de Oro, Tirso de Molina, se crió en este pueblo. Quien lo dice es nada menos que Francisco de Quevedo en su obra «El Chitón de la Taravilla», tema que estudia con más detalle don José Sanz y Díaz en su obra «Fray Gabriel Téllez» (Madrid, 1964).