| Altitud: 1.256 m. Censo Habitantes: 179 Distancia de la capital: 170 Km. |
Setiles |
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El lugar y sus gentes
Hemos vuelto a cruzar de punta a cabo la dilatada geografia provincial para asistir, tierra de por medio, a los umbrales del reino de Aragón, allá por donde los aires castellanos de Señorío se tornan jotica al contacto con los llanos vecinos de Teruel a la altura de Ojos Negros. Acabo de llegar a la falda oeste de Sierra Menera. Setiles se anuncia en el refulgente pináculo de su torre parroquial con esmaltadoras verdes. Los campos de cereal de un verde intenso, nos dan paso a un pueblo casi en silencio. Los hombres salieron a trabajar con los tremendos mastodontes de hierro y caucho que emplean para labrar las tierras. Aquí al lado la ermita de la Soledad, otra de las personales enseñas que anuncian el pueblo: «Nuestra Señora de la Soledad, limosna pa su templo y oración para la paz P.Nuestro. Setiles, 9.8.1983», dice en una chapita de aluminio que hay pegada a la puerta del pequeño santuario.
El sol cae de plano y enciende los herrajes del carillón del ayuntamiento en donde instalaron el reloj municipal. Paso al bar del teleclub. Dentro sólo hay una señora joven haciendo la limpieza del establecimiento. El mostrador es largo en demasía. Las botellas, a cientos, o a miles quizás, llenan por completo los anaqueles en la pared del fondo. El televisor suena a todo volumen, y la estufa, en funciones hasta bien entrada la primavera, es de las que caben cuando está llena media carga de lena. En el bar del teleclub uno lo encuentra todo exagerado, un poco fuera de medida.
La fuente pública está situada en una especie de plazuela que hay apenas entrar en pleno ascenso. Es una fuente abarrocada con largo abrevadero, de piedra arenisca en oscuro color rojizo, como lo son las casas más antiguas en general y en particular los pequeños palacetes de elegantes portadas que suelen sorprender al andar por sus calles. Al lado mismo de la fuente pública hay una casa con jardinillo que luce en la primera planta una hornacina con la imagen de la Virgen del Tremedal en lujosos azulejos. La imagen tiene a sus pies las armas pertenecientes al heraldo de los Mexina.
Setiles, a vista de caminante harto de viajar, es un pueblo empinado, de calles en cuesta, limpias y bien cuidadas. Se nota que hasta hace poco se logró mantener al amparo de las minas de hierro, y que antes del comienzo de su explotación debió salir adelante un poco también a la sombra de las dos o tres familias distinguidas, de las que todavía queda como sello a perpetuidad de su haber estado allí, la portada neoclásica de algunas viviendas bicentenarios, ocupadas hoy por familias que a buen seguro ni siquiera son rama de aquella extinta raíz.
Una amable mujer, la señora Fidela, coloca una cuerda de embutidos en el estante de su pequeño establecimiento en el barrio de arriba. En la señora Fidela, la tendera de Setiles, concurren casi todos los pros y muy pocos de los contras de los antiguos comerciantes de los pueblos. Las circunstancias por un lado, y el influjo de los nuevos tiempos por otro, le obligaron a montar en el menor espacio posible una especie de supermercado en el que hay de todo, en el que todo está en su sitio; limpio y en correcto orden uno tiene a mano en la tienda pueblerina de la señora Fidela los tabacos y artículos de consumo para el fumador, las frutas y verduras frescas, los licores a elegir de las mejores marcas, los pollos por piezas ya limpios y en diferentes pesos, los jamones de Teruel, las pastas para sopa, el pan y la bollería, los materiales para el colegial, y en fin, todo cuanto para el uso diario más común o en momentos de apuro, cualquier ciudadano pudiera necesitar llegado el caso. A la señora Fidela le encanta hablar de Setiles, lamenta el estado de despoblación al que se ha visto sumido entre unas cosas y otras, y desea sobre todo que se hable bien de él, lo que a nadie deberá resultar costoso, pues el suyo, este Setiles en donde uno siempre que fue se encontró como en su propia casa, es una de las viejas villas molinesas que más y mejor brillaron -lo dice la Historia y lo pregonan las piedras nobles de los viejos palacetes, que son su mejor documento- en el vasto firmamento de las tierras del Señorío. Otra cosa es, que el correr de los tiempos lo haya venido a dejar o no en el justo lugar que le corresponde, circunstancia adversa en la que se han visto envueltos de manera generalizada los pueblos de Castilla con muy contadas excepciones, y Setiles, con la herida abierta en los violentos cortes de Sierra Menera a cuatro pasos, es uno de ellos.
La historia
Aunque posiblemente ocupado por tribus autóctonas desde hace muchos siglos, el pueblo como tal es conocido desde los inicios de la repoblación del Señorío de Molina, a comienzos del siglo XII, amparado en la existencia de un castillo o conjunto de torreones en la cercana sierra Menera. Ya a finales del siglo XIII le vemos aparecer en el testamento de doña Blanca Alfonso, que se lo dona a su cortesano Fernán Sánchez. Queda luego incluido en el Común de Villa y Tierra de Molina, siendo sus señores los reyes de Castilla, y no conociendo después ningún otro señorío particular. Fue, sin embargo, desde la Edad Media un lugar donde residieron un buen número de hidalgos, especialmente varias ramas de la familia Malo.
El patrimonio
En el pueblo destacan, y llaman poderosamente la atención del visitante, varios palacios y casas fuertes. De ellas es muy singular la casa-fuerte de los Malo de Marcilla, fundada en el siglo XV por don Garci Gil Malo. En su origen fue castillete, formado por dos torres paralelas, muy fuertes y con escasos vanos aspillerados, rematadas en almenas, y un cuerpo central, en que se abría el portón de acceso al patio central, desde él por sendos arcos apuntados se accedía a las torres de vivienda y hospedaje. En el siglo XVIII se cambió la estructura, desmochando una torre, y añadiendo nueva portada con molduras varias y escudo de la familia. El interior aún muestra el patio con restos del antiguo pozo, y las entradas laterales a las torres. Existen las ruinas de otros dos caserones pertenecientes a la familia Malo, y es destacaba en ellos el que todavía muestra su gran portón adovelado, con el escudo por cimera y clave. Otros diversos palacios y casonas muestran las calles de Setiles, y de entre ellos destaca un palacio barroco, de planta rectangular, con portada y fachada cuajada de cenefas y molduras con prominentes almohadillados y rehundidos casetones que le dan un suntuoso aspecto barroco. Debe destacarse también la azulejería que cubre la pared de una casa de la calle mayor, en la que se ve una pintura popular de 1776 patrocinada por Miguel Megina en honor de la virgen del Tremedal, patrona de aquella zona. La fuente pública en la plaza es obra de finales del siglo XIX, con una especial grandiosidad que le confiere el muro de fuerte sillar rojizo con adornos de estilo neoclásico y un amplio pilón abajo.
La iglesia parroquial se construyó en el siglo XII, a la hora de la repoblación. Luego en el XVII fue casi totalmente transformada y rehecha, siendo acabada su torre en 1622 por el maestro constructor Diego de la Peña. En 1663 se construyó la capilla mayor y se la puso el retablo. Fue destruida casi totalmente por un incendio a principios del siglo XX siendo reconstruida con el trabajo de los vecinos poco después. De lo primitivo conserva la referida torre, orientada a noroeste, de airosa fábrica de ladrillo, rematando en cupulilla cubierta de tejado ondulado a cuatro aguas, revestido de tejas de cerámica verde y azul, al estilo de las iglesias de Aragón. La planta es de cruz latina, con marcado crucero El interior, de una sola nave, muestra el altar mayor, obra de fines del siglo XVII, en estilo barroco popular con algunas tallas interesantes, mostrando por los muros del templo otros retablos del mismo estilo.
En el término de Setiles, y desde tiempos muy remotos, siguen hoy explotándose las minas de hierro, en las que el mineral aflora en superficie, y la tarea extractiva se limita a ir arrancando el hierro, por miles de toneladas, de la costra de la tierra. En esta explotación se utilizaron, en el comienzo de este siglo, los sistemas transportadores de plano inclinado, hasta que se abrió un túnel bajo la montaña de sierra Menera para poder transportar lo extraído, en vagonetas, a Ojos Negros, y de allí por ferrocarril, a Sagunto.