| Altitud: 1. 137,1 m. Censo Habitantes: 79 Distancia de la capital: 143 Km. |
Rueda de la Sierra |
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El lugar y sus gentes
Rueda de la Sierra es uno de los pueblos molineses con más carisma, con más que ver y que decir dentro de una comarca, la del Alto Señorío, donde la competencia es dura. En los aledaños de Rueda se abre la horquilla de caminos que conducen a Tartanedo e Hinojosa por una parte, y a Tortuera y Milmarcos por otra, que a su vez conducen hacia Calatayud o Daroca, ambas ciudades importantes del reino de Aragón.
Rueda no fue nunca un pueblo grande, pero sí un pueblo afortunado de los que jamás a sus habitantes les debió faltar lo imprescindible, incluso lo superfluo como para vivir con holgura: buenas tierras para el cultivo; agua suficiente y de aceptable calidad para el consumo humano y de animales domésticos; piedra de fácil manejo con la que levantar sólidos edificios, como bien explican algunas de las antiguas casonas que por las calles se ven; proximidad a Molina, aunque las comunicaciones en otro tiempo no fuesen de las más cómodas; en fin, un pueblo distinguido, y vivo, que comenzó a declinar cuando sus habitantes, empujados por el huracán de los años sesenta, emprendieron por no ser menos el camino del éxodo.
Cuando la mañana o la tarde lo permiten, que no son todas las del año ni mucho menos, los jubilados del lugar se reúnen en tertulia sobre los coscorros de piedra arenisca que hay junto a la carretera de Cillas, a cuatro pasos del pairón de Las Nieves, uno de tantos monumentos sencillos, pero importantes, de los que hay que admirar en el pueblo de Rueda. Queda inscrito que lo instalaron en aquel lugar el año 1878, es decir, el año en que se celebró la boda más romántica de toda la historia de España, la del rey Alfonso XII con su prima Mercedes Montpensier en la madrileña basílica de la Virgen de Atocha.
La fuente abrevadero, ahora en desuso, sella sobre su frontis otra fecha memorable, la de 1898, el último de las últimas pérdidas coloniales y el que dio nornbre a la famosa generación de los Unamuno, los Baroja y los Azorín, entre otros, a punto ahora de cumplirse su primer centenario.
Sobre la puerta de la señora Engracia ausente el hogar por soledad y por años queda patente sobre cumplida placa de mármol blanco, la memoria del más ilustre de los hijos de Rueda, el obispo Martínez Izquierdo, que nació allí, y allí pude ver, no hace tanto, guardada como valiosa reliquia, la bala de plorno que le atravesó el corazón y acabó con su vida.
Junto a las casas queda el alto peñascoso que dicen del Castillo, de piedras oscuras y de gran volumen, entre cuyas grietas clava su raíz la encina ruin y juegan los niños a las batallas. Desde lo alto de las peñas del Castillo se domina en visión abierta una porción inmensa de tierras y de pueblos de la comarca. Sobre el resto de las casas destaca, por su monumentalidad y sus recuerdos, la iglesia del pueblo, con el expresivo monolito por delante en honor del hijo ilustre.
Rueda de la Sierra, como tantos lugares rnás de aquella y de otras comarcas, se ha ido quedando sin gente. Fuera de los meses del verano y de algún que otro fin de semana, el pueblo está semidesierto. A pesar de todo sigue siendo un bonito lugar en el que viven personas amables, generosas y de fácil conversación, tal vez excesivamente confiadas; un pueblo al que merece la pena se le dediquen algunas horas para ver lo que hay que ver, para sentir en el paisaje próximo y en el trato con sus buenas gentes la realidad histórica, humana y costumbrista, de todas aquellas tierras; puesto que, seguramente debido a su condición de divisoria de caminos, viene a ser como una muestra fiel del carácter particular de toda la comarca.
La fiesta mayor, la de siempre en el lugar de Rueda, es la fiesta del Corpus Christe. Ahora celebran otra a mitad de verano y con ella tienen dos. En sus campos, aunque fríos, se da el cereal, pace el rebaño de ovejas sobre la linde y el rastrojo, y se cultivan, cada vez con menor intensidad por falta de manos jóvenes, algún huertecillo.
La historia
Formó parte del Señorío de Molina desde su fundación, y a partir del siglo XVI adquirió la categoría de Villa con jurisdicción propia. Se conservan en el Archivo de su parroquia unas curiosas «ordenanzas concejiles» de finales del siglo XV, por las que se sabe tenía una organización sencilla, con muchas fiestas aldeanas, un gran respeto por la religión, y un alcalde y dos regidores como autoridades, aunque las decisiones de cualquier tipo siempre se tomaban en Concejo abierto. No conoció este pueblo señorío privado. Así ocurrió que, cuando en 1467 Enrique IV entregó en señorío a D. Beltrán de la Cueva todo el Común y territorio de Molina, sus gentes en bloque se alzaron y presentaron tan cruel batalla que al fin el valido real desistió de ostentar tal señorío. La batalla que las tropas comuneras de los molineses dieron a las del pretendiente al señorío molinés, fue precisamente en los campos de Rueda, en el sitio denominado desde entonces «la Matanza» por lo dura que debió ser la lucha. Allí se probó, una vez más el afin de independencia que siempre caracterizó a las gentes molinesas.
El patrimonio
Muestra Rueda al visitante diversas pruebas de su pasado interesante. Quedan leves vestigios de su castillo o torreón vigilante sobre el roquedal que preside el pueblo. La iglesia parroquial dedicada a Nª Sra. de las Nieves muestra aún ciertos detalles de su primitiva construcción románica, obra del siglo XII. De esta época es la portada principal, actualmente cobijada bajo cerrado portal, que muestra gran arco semicircular compuesto de arcadas lisas, cortadas a bisel, añadiendo al exterior una saliente moldura en la que se ven esculpidas flores cuadrifolias o puntas de diamante; en los biseles se tallan delicados entrelazas de sabor mudéjar. Estos arcos descansan en adosadas columnas que ze-matan en sencillos capiteles de hojas esculpidas. Sobre el conjunto de esta puerta parece un sencillo friso que apoya en canecillos y modillones. El resto del templo, formado por torre a poniente, interior de una nave con ancho crucero y
presbiterio elevado, es construcción de los siglos XVI y XVII. En el interior destacan algunas pinturas y altares barrocos, así como una curiosa capilla dedicada a San Andrés, obra promovida en el siglo XVI por el clérigo Andrés Fernández Vallejo.
Resalta su fachada a la nave del templo, escoltada de pilastras y coronada con frisos y frontón de abultada decoración plateresca. En el interior hay un magnífico altar con pinturas de la época, de buena escuela aragonesa.
Todavía por el pueblo debe admirarse el monumento o monolito dedicado a D. Narciso Martínez Izquierdo, en el primer centenario de su nacimiento, obra sencilla en piedra arenisca rojiza de la zona. También destacan algunas casonas molinesas, como la de los Vallejos, la de los Malos (de la que sólo quedan los arranques de su portada) y algunas otras en la plaza mayor, ya muy modificadas. Es valiosa su gran fuente pública de comienzos del siglo XX, y la ermita de la Soledad, en las afueras del pueblo. A la entrada, viniendo desde Molina, es interesante el pairón barroco con hornacina para las ánimas.
Personajes
Fueron naturales de Rueda algunos personajes, como el caballero D. Juan Ruiz Malo, y sus sobrinos, Pedro Malo de Heredia y Martín Malo, que fundaron en el siglo XVI el convento de Santa Clara de Molina. En el siglo XVI vivió D. Andrés Fernández Vallejo, cura del lugar, autoridad concejil en él, mecenas del arte y prebendado en Berlanga del Duero. De esta Familia nació en Rueda, en el siglo XIX, D. Narciso Martínez Izquierdo, quien pese a sus orígenes humildes llegó a ser el primer arzobispo de Madrid-Alcalá, ocupando los cargos de diputado y senador en las cortes finiseculares, en representación popular del Señorío de Molina. Murió asesinado a tiros por el cura Galeote en las gradas del templo de San Jerónimo, en Madrid.