Altitud: 1.153,6 m.
Censo Habitantes: 94
Distancia de la capital: 147 Km.

Prados

Redondos


 El lugar y sus gentes

Henos en una mañana primaveral por los confines de la Provincia en tierras de Molina. Por los llanos y vegas de Prados Redondos, dejando a un lado los de Campillo y Tortuera que seguramente las superan, están las mejores tierras de labor de todo el Señorío, o por lo menos las que más cereal producen. El pueblo queda al otro lado de un otero sobre el que se ve de lejos la silueta de una ermita, más allá de las choperas y de las corrientes del río Gallo con las que nos cruzaremos antes de llegar a él. El río llena por completo su cauce a la altura de Chera, y bajo el puente del Arco se cuela en estos días como un río señor. El largo invierno de precipitaciones realizó el milagro después de tantas temporadas a merced del estiaje.

A media mañana ya andan por entre los matorrales de junto al río las abejas de la solanilla que hay al otro lado del puente. A cinco minutos de camino a pie, que es como solían medir las distancias las gentes del campo, el pueblo, Prados Redondos, uno de los lugares por los que quien esto dice -tal vez debido al empaque y solidez de sus casas- sintió desde antiguo una velada predilección.

Desde el mirador de las eras, sobre lo más alto del pueblo, un hombre al que acompañan media docena de perros contempla impasible el sereno espectáculo de los campos. Los tractores y las máquinas andan de un lado para otro por las hazas ya crecidas y por los caminos de la vega.

El pueblo, a pesar de todo, se encuentra semidesierto. El aspecto señorial de tantas casonas con vocación de palacio, la bonanza de los campos que lo rodean, incluso la llamada de las costumbres y el calor de la sangre, no pudieron con el efecto desolador de la emigración, tremendo en casi todas las comarcas de la Provincia, pero duro y alarmante de manera muy especial en los pueblos molineses, donde son tantas las casonas y palacetes con escudo de armas sobre el dintel cerradas a calicanto, moribundas o adormiladas en el sueño sin término al que las abocaron los caprichos de nuestro siglo.

La fuente de piedra calada y el frontón de pelota destacan en mitad de las casas del pueblo. El canto del mirlo llega hasta la plaza con nitidez desde una casa con jardín que hay en uno de los extremos. El frontón de pelota está pintado de verde, en contraste con el resto de los edificios, casi todos de un ocre rojizo, tirando a oscuro. Los almacenes y las cocheras al servicio de los hombres del campo, varían a veces la imagen de las calles. Subiendo desde la plaza por una calle ancha se llega hasta la puerta de la iglesia. La torre tiene en su cara que mira al pueblo dos relojes, el antiguo que permanece como documento, y el nuevo que marca las horas. A la iglesia la precede un bonito jardín con pasadizo de seto a la entrada. La restauraron hace poco y ha quedado muy bien, dice la gente. A la iglesia se llega pasada la plazuela en cuesta donde se alza «la torreta». se trata de un templete antiguo, cubierto en cuatro vertientes, con curioso artesonado y sobre cuatro columnas, elevado del suelo, desde donde aseguran los más viejos del lugar que se exponía a la veneración de los fieles la Santa Espina en la fiesta mayor del 4 de mayo, trasladada desde hace algunos años al 14 de agosto, por motivos de disponibilidad de los que viven fuera.

—Según hemos oído contar a la gente de antes, sacaban la Santa Espina para que la viera todo el personal, y el señor cura se subía ahí para mostrarla a la gente. Fíjese si la iglesia es grande, pues dicen que no se cabía durante la ceremonia. La gente se colocaba por aquí afuera, alrededor de la torreta.

Era la señora Justa, la mujer de Carlos, que viven en la casa de las escalerillas, quien me puso al corriente de ésta y de otras noticias más referentes al pasado del pueblo y que, para bien o para mal, es de suponer que no volverán nunca.

—Pues no; mire usted. La gente joven no está por estas cosas, y ya se sabe, el tiempo acaba con las costumbres, con las personas, con los pueblos, y con todo.

Lo que no deja de ser una pérdida lamentable, me hubiera gustado responder, y buena cosa será que, por lo menos, todo quede escrito en los libros, al alcance del público a ser posible, como única manera de evitar que desaparezcan por completo.

Según puedo recordar, a varios días vista de mi conversación con el señor Carlos y con su mujer la señora Justa, en Prados Redondos se sienten orgullosos por lo menos de tres cosas muy concretas; a saber: de las ricas casonas que tiene el pueblo; de estar en posesión de una de las espinas de la corona de Cristo, y de tener en su término piedras caladas de cantera como las que han empleado para levantar la fuente de la plaza, y que la gente usa como adorno sobre los poyales, incrustadas junto a las puertas o tras el herraje de algún balcón.

La historia

Hubo en sus alrededores, cerca de Chera, un importante asentamiento celtibérico. Tras la creación del Común y Señorío de Molina, desde su reconquista en 1129, al amparo del Fuero de D. Manrique se pobló este lugar, que en un principio se dedicó a la ganadería, y de ahí su nombre. Tierra de ganaderos, algunos de sus hijos emigraron con la trashumancia a más fértiles y cálidos terrenos, a Extremadura por ejemplo. Aquí sin embargo quedaron siempre sus casonas y sus nombres, con el favor continuo dedicado al pueblo. En el siglo XIII fue donado este lugar por Da Blanca, quinta señora de Molina, a su caballero Gonzalo Martínez. Después fue durante siglos aldea del Común molinos.

El patrimonio

Entre los elementos destacados de Prados Redondos, debemos mencionar una necrópolis celtibérica importantísima que ha puesto al descubierto una serie de sepulturas, armas, cerámicas, y ajuares de guerreros, de varios siglos antes de nuestra Era.

En el caserío destaca la iglesia parroquial de la Asunción, monumento voluminoso, erigido en fuerte sillar en tono rojizo. En su extremo noreste se alza la torre, con diversos cuerpos escalonados y remate de campanario. En el muro sur se abre la portada, de severas líneas clasicistas. En ella aparece la fecha de 1749 que corresponde a su terminación. El interior es de una sola nave, con marcado crucero. Sobre la bóveda de la nave se dibujan efigies de santos (Isidro, José, Juan el Bautista); el altar mayor está dedicado a la advocación de la parroquia que aparece sobre óleo central. A los lados, tallas de

San Ignacio y San Francisco Javier, y pinturas de San Pedro y San Pablo. Esta obra fue realizada por artistas molineses en la primera mitad del siglo XVIII. En el crucero se alzan otros dos buenos retablos barrocos. Se conserva en su interior, custodiada en bello relicario; una Espina que es fama y devoción perteneció a la corona de Cristo. Fue llevada al pueblo en 1383 por el caballero molinos D. Diego López Cortés, que la obtuvo por su casamiento con Da Leonor Vázquez Barrientos, parienta de los condes de Medinaceli, que la tenían heredada de la casa del Conde de Fox, en Francia, de donde venía parte de esta familia condal.

En la plaza mayor, ante la iglesia, se alzaba torreta, un elemento de planta cuadrada, con fuerte basa formada por sillar, sobre la que apoya una terraza en cuyos ángulos surgen columnas de piedra rematadas en capiteles de tradición renacentista, con zapatas, arquitrabe y tejado a cuatro vertientes. Se construyó en el siglo XVI y luego fue reconstruida. Tenía la finalidad de mostrar desde ella, una vez al año, la reliquia de la «Santa Espina». Desde su altura se enseñaba el objeto y se pronunciaban homilías.

Diversas casonas de rancia tradición molinesa se conservan también: la de los Cortés es muy representativa de las casonas de ganaderos: se precede de amplio patio vallado; en el centro del muro de fachada aparece el portón de ingreso, de gran arco semicircular, adovelado, con escudo de la familia. Esta familia emigró en el siglo XVI a Extremadura, y al parecer existen indicios que de ella fuera originario el conquistador de Méjico Hernán Cortés. La de los Garcés, de planta rectangular, con magnífica fachada a mediodía, en la que destaca el portón de entradas semicircular y adovelado, apareciendo en su centro el escudo familiar; su interior muestra aún la clásica estructura de estas casonas, que en este caso tenía el patio posterior. La de los Sendín, con portada de sillería y gran arco semicircular de lo mismo, rematada en su clave con un borroso escudo del apellido y un capitel. Otras diversas casonas, de época gótica y barroca, algo desestructuradas, se extienden por el pueblo. En su salida hacia Anquela podemos admirar la fuente pública, magnífica construcción neoclásica, de sillar, con pináculo y bolas como adorno, y la fecha de 1893 en su frente, de la que salen dos grandes caños que caen en anchuroso pilón. Junto a ella admiramos el pairón de la Virgen del Pilar, muy moldurado, rematado en hornacina que aún conserva una talla de piedra de María.

En el término de Prados Redondos podemos visitar tres pequeños enclaves aún poblados. Es uno de ellos el de CHERA, a la orilla frondosa y fresca del río Gallo, que por estos parajes atraviesa hermosas gargantas recónditas y prestas para la admiración paisajística. Tiene una sencilla iglesia presidiendo la plaza: está dedicada a N.ª Sra. de la Soledad. Tiene una portada moldurada semicircular y en el interior, sencillísimo, podemos contemplar algunos retablos populares y una antigua pila bautismal. En las afueras del lugar, en el barrio que está al otro lado del río, destacan las ruinas impresionantes de la casa- fuerte del marqués de Santa Coloma, de aspecto guerrero, militar, mostrando en su muro sur, de sillar bien tallado, un portón de arco apuntado rematado en escudo liso. En su parte posterior se ve el gran patio de armas, con restos de un enorme arco semicircular, de amplia arquivolta.

Es lástima que tan interesante construcción, casi calificable de castillo, se haya dejado perder en el abandono de los años. Cerca de allí está la hermosa finca de pastizal de la Hoz, que durante siglos perteneció al mayorazgo de los Ayllón Vellosillo. Otro enclave es ALDEHUELA, un conjunto de casas presidido por los restos de un fuerte torreón vigía que acaso fuera levantado en los orígenes medievales del Señorío. Fue mayorazgo de los de la Cueva. Y aún PRADILLA, en las orillas del Gallo, también creada como aldea del Común en el siglo XII, que fue cedida por el rey de Castilla Sancho IV, cuando sé hizo con el Señorío molinos, a su caballero principal Vigil de Quiñones. Pasó luego por diversas pertenencias: al arciprestazgo de Molina, al mayorazgo de los Castillo, Alderete y Malo. No posee hoy nada de interés visitable.