Altitud: 1.198 m.
Censo Habitantes: 207
Distancia de la capital: 150 Km.

Poveda de la Sierra

 


 El lugar y sus gentes

Hay que alejarse mucho de los entornos de la capital para ir a Poveda. Este bello pueblo de las serranías del Alto Tajo resulta más entrañable para quien llega a él precisamente por eso, por la distancia que lo separa de nosotros. Más parece Poveda un pueblo de la Alta Serranía de Cuenca que un lugar de la Alcarria, que no lo es, y más que un pueblo del Bajo Señorío Molinés, que sí lo es, por lo menos en cuanto a lo administrativo se refiere y al sitio que ocupa por aquellos pagos. Una fulgurante estrella es Poveda bajo los cielos de aquel terreno henchido de bellezas naturales, un rubí de valor incomparable en lo más meridional de nuestro mapa, allá donde los diseñadores de tierras y relieves fijaron el recorte con la vecina provincia, casi a la margen derecha del joven Tajo.

 En esta ocasión creí oportuno viajar a Poveda de la Sierra por Taravilla; la distancia es algo mayor, pero vale la pena, aunque sólo sea por el regalo del paisaje. Todo es por allí una lección variada de naturaleza selecta, de juegos de contraste; una página antológica de extrañas formaciones pétreas, a modo de madejas retorcidas de peñascos en los bruscos cortes, que de no verlos con los ojos costaría trabajo creer.

 A la vuelta de una curva, metidos ya en el barranco, aparece la imagen más sorprendente y grata a los ojos: la del puente sobre el río. En medio de un marco agreste, bravío, descomunal en proporciones y rico en colores y en sonidos, transcurre manso y transparente -aguas de un verde clarísimo que permiten ver desde arriba el correr de los alevines- el padre Tajo, el de las rizadas barbas de plata en los remolinos, el río más largo de la Península Ibérica, al que, más los campos que los hombres, por estas tierras le rinden culto. Y junto al puente, pero siempre dentro de una misma estampa, las vertientes pinariegas; allá en lo alto el cabezo rocoso que el sol dora y agracian los troncos canijos y las tristes capotas de los árboles que crecen sobre él. Raíces como serpientes gigantescas que entran y salen por las hendiduras de las peñas, y pinos en perfecto equilibrio por encima de los crestones que se asoman sobre el precipicio. Unas aguas que se oyen al pasar como una constante, apagando el soplido del viento y el canto de los pájaros que vuelan por entre los montes. Y al punto, poco más allá, el pueblo, Poveda de la Sierra, con las heridas que produjo sobre su piel la maquinaria del caolín abiertas a perpetuidad en la cuesta de la Rastra; con sus fuentes generosas, sus paisajes y sus recuerdos. Un arroyo sin nombre al otro lado de la Calle Real trae a la memoria de los vecinos de más edad la imagen del viejo molino de los Pastores, de cuya familia, Segundo Pastor, el inmortal guitarrista ya desaparecido, nació en Poveda el 23 de junio de 1916.

 El pueblo tiene una plaza magnífica, amplia y soleada, con una fuente de dos caños en mitad que se repite en la Calle Mayor. Antes hubo un olmo de apretada fronda en la plaza, que se secó y ha sido repuesto por otro nuevo que se sostiene, creo recordar, sobre las mismas gradas que su predecesor. Una serie de casas antiguas y de otras renovadas, ignoro si de nueva planta, rodean a la Plaza Mayor por sus cuatro caras. De todas ellas es la más llamativa y la más nueva la del Ayuntamiento, de piedra sillar estupendamente trabajada.

Hace muy poco que han restaurado la iglesia de Poveda. Al patrimonio de la diócesis le han devuelto una valiosa obra de arte. En el pueblo celebran sus fiestas mayores cada verano en honor de San Roque y de la Virgen de los Remedios. Hace tiempo tuvieron su romería hasta la ermita de la Patrona, una costumbre antiquísima que databa del tiempo de los calatravos y que llamaban de la Caridad, por el panecillo con cañamones que solían obsequiar a los transeúntes en ese día.

 Desde el pretil de la iglesia se alcanza a ver un panorama variado por los bajos de la vega: las canteras de la cuesta de la Rastra, las choperas del arroyo, los cerros grises en la lejanía, los tejados rojizos de los chalés y el verde de los huertos y de los jardines que rodean a las casas. Desde el mirador de la barbacana, uno se da cuenta de que el pueblo queda encajado en el fondo de una hoya rodeada de cerros y de montañas ásperas de gran altura, a las que la gente conoce por sus nombres propios: la Cumbre de Santa María, el Majadal, la Cruz de Gil, la Peña del Grajo.

Una tierra a la que la distancia, como se dijo al principio, convierte poco menos que en exótica e inalcanzable, pero que bien vale la pena conocer y gozar de ella como lo hacen desde el día que la descubrieron gentes y familias del Levante español, al decir de las matrículas de los coches con los que uno se cruza por aquellos caminos, y que en días como hoy son quienes a campo abierto la disfrutan.

La historia

Este lugar perteneció, desde la reconquista de la zona, ocurrida hacia finales del siglo XII, al Común de Villa y Tierra de Cuenca, rigiéndose por su Fuero. Durante muchos siglos quedó también bajo el control de la Diócesis de Cuenca. En las reformas de división territorial del pasado siglo, fue asignado a la provincia de Guadalajara, aunque geográficamente, y por estar en la orilla izquierda del Tajo, puede considerarse perteneciente a la comarca de la «Serranía de Cuenca».

El patrimonio

Merece ser visitada su iglesia parroquial, obra de estilo románico rural, levantada en los momentos de la repoblación: del antiguo edificio conserva la espadaña triangular que se levanta sobre el muro de poniente, y la portada o acceso, en el muro meridional, protegido por atrio porticado sobre pilares de madera. Dicha portada está formada por un arco semicircular, con tres arquivoltas baquetonadas, excepto la interna, que es un cancel arqueado. Cargan sobre una imposta que las separa de los capiteles, decorados con animales fantásticos de la mitología medieval, y con detalles vegetales. Y estos a su vez se apoyan en columnas de muy corto fuste. El resto del templo es añadido y reforma de siglos posteriores. Ha recibido recientemente una acertada reforma y restauración. Otro detalle curioso de Poveda, y centrando la amplia plaza del pueblo, es la gran olma centenaria de densa copa que sirve de cobijo sombreado para el verano.

Personajes

Una de las glorias locales es el gran concertista de guitarra Segundo Pastor, que aquí nacido, ha puesto su magisterio y su genialidad interpretativa y de compositor por todo el mundo. Nacido el 23 de junio de 1916, fue un magnífico ejecutante de los compositores clásicos, especialmente de Tárrega, de Turina y de Granados, y excelente compositor de piezas para guitarra, considerado entre los cuatro grandes del siglo XX Alcanzó el grado de catedrático honorario de la Universidad de Oswego en los Estados Unidos, condecorado por el gobierno de Venezuela, académico de las Artes y Letras de Cuenca y durante algún tiempo presidente de la sección de música de la Institución "Marqués de Santillana" de la Diputación de Guadalajara. Viajero incansable por Europa y América, donde dio conciertos memorables como el que sintió de estreno a su obra Suite de Flandes, con la Orquesta de Conciertos de Nueva York en 1977.

 De su importante producción para guitarra cabe destacar La Leyenda del Júcar, Homenaje a la Alcarria, Piezas descriptivas de la Ciudad Encantada, Homenaje a Chopín y Tríptico del Doncel. Falleció en Madrid el día 9 de noviembre de 1992.

Otro personaje de gran valía natural de este pueblo fue Pablo Arias Templado, que nació hacia 1620, y del que queda constancia que a mediados del siglo XVII llegó a ser alcalde de la ciudad de Sevilla. Por haber pertenecido su pueblo natal a la provincia de Cuenca, a Pablo Arias se le incluyó siempre en la relación de conquenses ilustres.