| Altitud: 1.499 m. Censo Habitantes: 335 Distancia de la capital: 187 Km. |
Orea |
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El lugar y sus gentes
Creo que solamente uno, el pueblecito también molinés de Motos, supera a la villa de Orea en distancia hasta la capital. No ocurre así por cuanto a la altura sobre el nivel del mar, en cuyo caso sí que marca este pueblo de Orea la cota más alta en los techos habitados de la provincia. De ambas afirmaciones dan fe el cuentakilómetros del automóvil y la agradable temperatura que uno siente al andar por sus calles, aun tratándose de una mañana cualquiera en pleno verano.
Llego hasta Orea por el único camino que hay que llegar, por el de la pintoresca carretera que sigue, en dirección contraria a la de las aguas, el curso del río Cabrillas, entre laderucas violentas de piedra desgranada o en lajas, vegetación de estepas, boj, chaparrillo y marojo, chopos en el barranco siguiendo el curso del arroyo, y un cielo intensamente azul por cobertura con alguna nubecilla algodonosa que al paso de la mañana se acaba por desvanecer.
Orea, el pueblo, surge por sorpresa al volver de una curva. Se advierte en la distancia que nos encontramos en una zona eminentemente residencial, prevista para el descanso, ideal para temporadas de capricho en donde el hombre, cansado del vapuleo que sobre el cuerpo y el espíritu le va dejando el andar de los días, opta por volver a en sí al contacto con la madre naturaleza. Orea, pues, aunque menos espectacular en el trazado y situación de sus calles que la vecina Checa, el pueblo rival, es como éste un auténtico balneario. Y bien que lo saben los turistas y viajeros del reino de Valencia, que, siendo la de Albarracín su sierra más próxima, extienden el abanico de preferencias hasta la del Tremedal, en la que, más o menos, se deben incluir los pinares de Orea.
Entre tantas viviendas de moderno y sólido corte que uno encuentra en el pueblo, sobresale el edificio en piedra de la casa-cuartel de la Guardia Civil, tan elegante y de aspecto tan confortable como el de Checa. Luego las tierras llanas, la pradera y los chopos de junto al río. La gente mayor se sale a la carretera a ver lo que pasa, a charlar en pequeños grupos dejando al tiempo correr.
La calle de la Subida a la Plaza ya lo dice su nombre cómo es y adonde va. La plaza tiene al fondo la casa ayuntamiento; un edificio alto, de atractivo porte, que se adorna con tres arcos de piedra labrada, un balcón corrido, y un casetín para el reloj que avisa las horas a toque de campana. La Calle Mayor queda ligeramente en cuesta y une la Plaza con la Iglesia. Las calles son limpias, adoquinadas casi todas ellas, cómodas y alineando en cada acera casas blanco o enjalbegadas de cal, muchas de ellas con elegantes balcones y artística rejería. La Casa Grande, creo que único ejemplar en Orea de aquellas casonas que en el siglo XVIII y anteriores levantaron para su uso y disfrute las familias más acomodadas del Alto y del Bajo Señorío, conserva patentes los rasgos de su vejez; sirva como ejemplar en pie de una época, ya que, ni mucho menos, está en condiciones de ser habitada.
En cualquiera de las viejas mansiones que conformaron las calles de Orea, tal vez en la misma por la que ahora voy, que se rotula calle del Duende, pudo nacer aquel singular personaje, Roque Martínez de nombre, de quien dio por seguro el Padre Nirember en su libro «Relación de Fisiología» que le nació un espino cerca del estómago, y que cada primavera le solía crecer y se ponía verde. Vaya usted a saber lo que el hecho tendría de verdad, aunque sus paisanos lo dan por cierto.
En el Camino del Pinar hay un indicador que envía a los forasteros hacia el campamento de verano. Por el mismo camino, a quinientos metros o menos quizás, del pueblo, queda el restaurante. El salón principal lo tienen montado con gusto. Se ha empleado como material embellecedor la madera de pino, las patas de antílope como perchas, y una cabeza de ciervo con cumplida cornamenta en el centro mismo de la pared al fondo. Las dueñas se quejan de la escasa afluencia de público de la zona Centro que pasa por aquellas sierras. Culpan al mal estado de las carreteras para llegar, aunque yo considero como principal razón la sencilla realidad de que Madrid, Guadalajara, Cuenca, también Zaragoza, tienen otras sierras más cercanas y es hacia ellas adonde se dirigen cuando las vacaciones o la ocasión se presenta; lo que no deja de ser una simple opinión. No obstante, el clima en los meses de verano, el paisaje de pinar junto al pueblo, y la cordialidad de sus gentes, invitan a pasar por allí.
La historia
Se han encontrado en su término diversos restos arqueológicos. El historiador Sánchez Portocarrero refiere haber hallado en sus cercanías «urnas de huesos quemados, monedas notables y antiguallas de la gentilidad». Ello nos hace suponer que algunas tribus celtíberas tuvieron su asiento en los fértiles valles de esta zona. Su origen cierto es en la repoblación del territorio por D. Manrique de Lara, en el siglo XII, habiendo llegado población del norte de Castilla, y de las zonas vasca y navarra. En el testamento de D- Blanca de Molina, dejó Orea a su caballero Fernán Sáez. Luego fue aldea del Común, debiéndose proteger en el siglo XV de los continuos ataques del caballero de Motos. Por su riqueza mineral, en el siglo XVII el rey Felipe IV estableció en este pueblo una muy importante fábrica y fundición de Artillería, donde se hicieron balas de hierro. También se estableció un centro artesanal de paños. Hoy el pueblo vive de los recursos forestales y la ganadería.
Se han encontrado en su término diversos restos arqueológicos. El historiador Sánchez Portocarrero refiere haber hallado en sus cercanías «urnas de huesos quemados, monedas notables y antiguallas de la gentilidad». Ello nos hace suponer que algunas tribus celtíberas tuvieron su asiento en los fértiles valles de esta zona. Su origen cierto es en la repoblación del territorio por D. Manrique de Lara, en el siglo XII, habiendo llegado población del norte de Castilla, y de las zonas vasca y navarra. En el testamento de D- Blanca de Molina, dejó Orea a su caballero Fernán Sáez. Luego fue aldea del Común, debiéndose proteger en el siglo XV de los continuos ataques del caballero de Motos. Por su riqueza mineral, en el siglo XVII el rey Felipe IV estableció en este pueblo una muy importante fábrica y fundición de Artillería, donde se hicieron balas de hierro. También se estableció un centro artesanal de paños. Hoy el pueblo vive de los recursos forestales y la ganadería.
El patrimonio
Por el término pueden contemplarse las mínimas ruinas de un antiguo castro o castillo en el cerro de la Mezquita; también se aprecian restos de la torre levantada por el Concejo como defensa ante las agresiones del de Motos. La iglesia parroquial está dedicada a la Asunción, está construida de sillar y sillarejo, de tonos intensamente rojizos. A poniente se alza la espadaña, que termina en un remate de tipo triangular muy rebajado. La puerta de entrada se abre en el muro sur, ante un atrio abierto, y es semicircular adovelada. El interior es de dos naves, renovado recientemente: tiene un retablo mayor barroco, con un cuadro de la Asunción y una talla de San Juan Bautista. En un altar lateral se encuentra un Cristo de talla, magnífico. Otros altares barrocos están dedicados a San Roque, la Virgen del Rosario y la Virgen de la Cabeza.
En el pueblo destaca también la Casa Grande, una típica casona molinesa, de planta cuadrada, con puerta principal adornada de diversas molduras, rematando en sencillo frontón. Las ventanas bajas y del piso van también decoradas en sus cercos con molduras barrocas. El escudo de armas que había sobre la puerta fue vendido hace unos años a unos anticuarios. A la entrada del pueblo se encuentra el pairón de las Animas, en sillar de arenisca rojiza, de época barroca.
El patrimonio natural es también muy amplio. Para el excursionista, serán muy a tener en cuenta los magníficos emplazamientos naturales que el ICONA ha adecuado recientemente, con bancos, barbacoas y diversos servicios para gozar plenamente de la naturaleza, en la «Fuente de la Canaleja», en el monte de la dehesa de Valdemalos, a la que se llega por buena pista forestal, a 6 kms. del pueblo; en la «Fuente del Cerrillo Herrero», en la misma dehesa, a 2 kms. del pueblo por pista asfaltada; y en la «Fuente de la Jígara», a la que también se llega, por pista asfaltada, a 4 kms. de la villa.

