Altitud: 1.265 m.
Censo Habitantes: 87
Distancia de la capital: 173 Km.

Megina


 El lugar y sus gentes

La última fotografía que tomé desde la umbría, al otro lado de los huertos pasado el puente, me muestra al pueblecito de Megina estirado a lo largo de la solana, al pie de un cerruco gris de tierras baldías. Por encima del pueblo, solitaria a nuestra mano derecha, la iglesia parroquial, sólida y con su campanario mirando hacia las puestas del sol. La mañana ha salido fría. Entre las hierbas secas del arroyo todavía no han desaparecido los cristalitos de hielo que dejó la noche.
La calle principal de Megina es una calle larga, de la que van saliendo al andar, de trecho en trecho, aseadas plazuelas donde la gente conversa y toma con gusto el sol de las doce. El pueblo, debido a su peculiar situación en la ladera, ofrece una distribución extraña, de pesado caminar. Callejas bien pavimentadas suben hasta la plaza de la Fuente. Preside el tranquilo rincón una muestra interesante de vieja casona solar, legado a la posteridad de distinguidas familias molinesas, desconocidas quizá para la gente de a pie, que habitaron por estos lugares del Señorío, donde hoy, por mucho subsistir desde aquel entonces, no queda sino el recuerdo marchito de su paso. Tal vez, según alguien me llegó a contar, aquí pudo ver la luz por primera vez el bravo coronel de Caballería don Florentino Izquierdo Jiménez, uno de sus hijos predilectos, estrella en los ejércitos españoles del siglo XIX.

¿Adónde te has criado
clavel hermoso?
Entre la Majadilla
y el Picorozo.

Así reza una copla de ronda de las que cantaron en tiempo ya lejano los mozos a las muchachas del lugar. La Majadilla y el Picorozo son las dos elevaciones entre las que se encierra el pueblo. Por cuanto a las fiestas locales, si no me informaron mal, van todas seguidas, una detrás de otra, en el mes de agosto: la Virgen, San Roque, San Roquillo, y la Abuela. Y las ermitas, en mejor o peor estado de conservación, son tres: Santa Quiteria, San Pedro y San Antonio.
De su viejo folklore recogen los entendidos toda una serie de versos memorables, llamados a desaparecer, que todavía cuentan en la memoria frágil de la gente mayor. Son los gozos a Santa Quiteria, que se solían cantar durante la solemne procesión del 22 de mayo; y los cantares de San Roque, uno de los bienaventurados que con mayores simpatías cuenta entre las gentes del medio rural:

Naciste en Montpelier
y por Italia pasaste,
y te viniste a Megina
donde tu gracia dejaste.


En su tranquilo valle dejamos a Megina. Un pueblo para ver. Vale la pena pasarse un día por allí.
La historia
Este enclave se menciona ya en los primeros años de la repoblación del Señorío, del que siempre formó parte en calidad de aldea, y Dª Blanca, la quinta señora, lo cita en su testamento de 1293 haciendo donación de él a sus damas Teresa González e Inés de Mesa.

El patrimonio
Destaca en lo alto del bien urbanizado caserío la iglesia parroquial, que es elemento sencillisimo, de los siglos XVI-XVII aunque con reminiscencias medievales, formadas por espadaña de liso remate sobre el muro de poniente, y portón adovelado semicircular al sur. En el término pueden mencionarse las ermitas de San Pedro y Santa Quiteria.