Altitud: 1.103,6 m.
Censo Habitantes: 186
Distancia de la capital: 156 Km.

La Yunta

 


 El lugar y sus gentes

Leo en el Madoz la reseña correspondiente al pueblo de La Yunta, en donde se dice que hace siglo y medio la feligresía parroquial no pertenecía a la diócesis de Sigüenza, como la de su vecino Campillo, por ejemplo, sino que era «vere nullius», por corresponder a la encomienda de San Juan y vicaría de Poyos, y que al cura prior lo nombraba la asamblea de la Orden. La Yunta, pues, en ésta y en tantas cosas más es un pueblo distinto. No perteneció durante algún tiempo al reino de Castilla, ni al de Aragón, ni al señorío de Molina, de manera que la cruz de Malta, enseña sanjuanista, campea en algunos de sus muros, al tiempo que la letra de una vieja copla, sabida por todos, afirma de manera categórica aquella extraña realidad:

"No somos aragoneses, / ni tampoco castellanos /vivimos entre mojones/y nos dicen los rayanos".

Un ejemplo, al fin, de los entramados administrativos y de las complicaciones, fruto siempre de algún interés por parte de los poderosos, a los que fueron tan adictas las gentes de la antigüedad

Son tierras éstas del noreste de la provincia que merecen un estudio detallado; pues en el sosiego de pueblos habitados por honestos trabajadores del campo, a los que la madre tierra suele corresponder, se esconde una raza de población antiquísima de la que se hablará más tarde, y, si no, ahí están las treinta y tantas urnas de incineración halladas recientemente en su necrópolis de la Edad del Hierro. Pueblos que merecen un respeto singular y un interés profundo. No son sólo los escudos de piedra sobre las fachadas; ni las leyendas de dudosa veracidad; ni el peso de su historia perdida en la penumbra; ni los apellidos gloriosos que de por aquí partieron, confirmando la personalidad de tantos hijos ilustres como han pasado a engrosar la nómina de molineses ilustres...; es el carácter de sus gentes lo que nos inclina a sobrevalorar cada metro de terreno, el mérito de cada piedra sillar, el halo devoto con el que se adorna la rolliza espiga de los pairones.

Estamos en La Yunta. En el pueblo uno cuenta con buenos amigos a los que, en esta ocasión, la premura de tiempo le ha impedido saludar. La Plaza Mayor -a un lado la altiva espadaña de la parroquia y al otro el maltrecho torreón de los caballeros de San Juan- ha cambiado mucho desde la primera vez que la vi. Ahora son pasillos ajardinados los que te llevan hasta una fuente de piedra; una fuente que por copa central se adorna con un monolito acabado en pirámide, del que penden cuatro grifos. Una señora se peina al sol junto a la puerta del consultorio, todo al respaldo de la torre vieja, en un conjunto arquitectónico estéticamente desafortunado.

De los alrededores es conveniente destacar la finca del común que llaman «El Cortado». Doscientas treinta hectáreas de cultivo, cuyo producto redunda en beneficio del pueblo, siguiendo estatutos de hace más de un siglo. Los agricultores del pueblo la trabajan con su maquinaria -antes con sus pares de mulas-, y tras haber extraído del producto final el importe de sus trabajos y de los demás gastos, el resto pasa a obras benéficas o sociales de las que puedan aprovecharse todos los vecinos. Para ser socio es preceptivo pagar -así me lo contaron- veinticinco pesetas el día que se contrae matrimonio, siempre que el hombre y la mujer sean naturales del pueblo; cuando lo es sólo uno de los dos, la aportación deberá ser doble. Los estatutos se muestran rigurosos por cuanto a la administración del dinero, lo que es útil para evitar problemas y malentendidos.

En el paraje de la Hombrihuela, entre el carrasquillo, hay marcada en el suelo una cruz con guijarros. Cuentan que es el lugar donde ocurrió el hecho portentoso que en lo sucesivo se tornaría en una de las más arraigadas devociones: la del Cristo del Guijarro. El pastor Pedro García estaba una tarde de tormenta con su ganado por entre aquellas encinas. Al lanzar un guijarro sobre una oveja que se le marchaba, el guijarro se partió en dos, y de él comenzó a salir un fulgor potentísimo que iluminó la noche. Cesó la tormenta. En el corte que había hecho el guijarro al partirse, observó el pastor con sorpresa que las vetas de la piedra dibujaban claramente la escena del Calvario. Se sucedieron algunos hechos sobrenaturales como consecuencia, y desde entonces al Cristo del Guijarro, que guardan en la parroquia engarzado en plata, se le tiene una gran devoción.

La historia

Debe su nombre este pueblo a su carácter fronterizo, pues de siempre marcó la línea de Castilla y Aragón, sobre las poco acentuadas alturas y parameras de su término. En plena llanura y altiplano seco y frío, fue incluido en el Común de Villa y Tierra de Molina desde la fundación del mismo, quedando dentro de los límites que a este territorio le marcó el Fuero dado en 1154 por don Manrique de Lara. Ignoramos en qué fecha, pero desde muy temprano fue entregada en señorío a la Orden Militar de San Juan, quedando algunas preeminencias jurisdiccionales a favor de los señores molineses: doña Blanca de Molina, en su testamento redactado a fines del siglo XIII, entregaba estos sus derechos en La Yunta a un caballero de su corte, Sancho López. En siglos posteriores, la jurisdicción continuó a medias entre los comendadores de San Juan y los corregidores puestos por el Rey en Molina.

El patrimonio

En su término, donde dicen San Roque, se encuentra un importante yacimiento arqueológico, consistente en rica necrópolis de tipo celtibérico, actualmente en estudio para establecer su verdadero significado y dimensión histórica. Han aparecido lápidas y urnas con ajuares.

En el centro de la plaza destaca una gran torre o fortaleza que fue levantada hacia el siglo XIV por la Orden de San Juan: es un fuerte edificio de planta cuadrangular, con recios muros de sillarejo y sillar en las esquinas, que remata en almenado copete y muestra su entrada, en forma de arco breve y apuntado, a la altura de su primer piso, para que de este modo su capacidad de fortín defensivo fuera efectiva. Ahora luce restaurado y limpio este magnífico edificio de la Edad Media, quedando al descubierto una puerta que tenía a media altura, para tener que acceder a su interior mediante escaleras de mano. En su interior existe una primera estancia cubierta de gran bóveda, y otras superiores, con varios pisos.

La iglesia parroquial se muestra, aislada, en la plaza principal del pueblo, frente a la torre. Es de estructura pesada, de tono dorado en su sillar y sillarejo de muros. Denota ser obra de hacia el siglo XVII, con poco airosa espadaña a los pies, machones de refuerzo en los muros de la nave, y volúmenes prismáticos en las edificaciones de la cabecera. Al mediodía se abre la puerta principal, sobre la que luce la cruz de la Orden de San Juan. Su interior es de una sola nave, con pinturas de santos en la bóveda. El crucero se cubre de cúpula hemisférica, en la que pintados y estucados aparecen los padres de la Iglesia. Culmina el presbiterio un gran retablo mayor, barroco, donado en 1770 por Francisco de Orea. Lo preside una enorme talla de la Virgen con el Niño en brazos. Sobre el retablo, la Cruz de San Juan, denotando un patronato continuo en este templo. En un muro del presbiterio, magnífico lienzo de Crucificado, escuela madrileña del siglo XVII. Por los muros de las naves se distribuyen diversos altares barrocos, en los que destaca una talla de Cristo crucificado, y algunos cuadros votivos al Santo Cristo del Guijarro. También un retrato al óleo de un monje trinitario, fray Juan de Santa María, natural del pueblo, quien en el siglo XVIII vivió en el monasterio de su Orden en Zaragoza y allí murió, en 1733, en gran opinión del mundo y de la religión. La iglesia conserva aún el órgano y la pila bautismal. Las joyas de orfebrería se trasladaron al Museo Diocesano de Sigüenza.

Distribuidas por el pueblo se ven, ya muy alteradas, algunas casonas típicamente molinesas, de grandes portaladas adoveladas. En una de ellas, el dintel y las jambas se cubren totalmente de escudos, anagramas de Jesucristo y estrellas davídeas. Hay por los alrededores varias ermitas de sencilla y tradicional arquitectura, así como muchas taínas en grupos por todo el término.

Las fiestas

Una muy querida tradición del pueblo es la referida al Santo Cristo del Guijarro. En el año 1560, estando un pastor del pueblo llamado Pedro García Gómez guardando su ganado entre las encinas de la Hombrihuela, comenzó fuerte tormenta que espantó al rebaño, y el pastor viendo que una oveja se le perdía la tiró un guijarro que al caer y partirse comenzó a lanzar fuertes resplandores, cesando en ese instante el turbión. Al acercarse el aldeano, comprobó que las vetas del guijarro roto formaban con nitidez la escena del Calvario, con Cristo crucificado en el centro y las imágenes de María y San Juan a los lados. Posteriormente se encontraron por el término otras piedras cuyas vetas recordaban, aunque no tan nítidamente como la primera, el sacrificio de la Cruz. A la encontrada por el pastor se la comenzó a dar veneración, y se trasladó a la iglesia, en la que se erigió altar, se creó cofradía y se instituyó fiesta en el día 5 de mayo de cada año, aniversario del hallazgo. La piedra sobrevivió al saqueo de la parroquia por los franceses, y aún hoy es celosamente guardada en el templo, y muy querida e invocada por los vecinos.

Personajes

Tierra de ganaderos y agricultores, también dio algunos lúcidos ingenios, como don Andrés López que fue primer capellán mayor de la Mesta, nombrado por el convento de Uclés; don Francisco Martínez, licenciado pedagogo, y Juan Martínez, doctoral en Tuy.