Altitud: 1.245 m.
Censo Habitantes: 55
Distancia de la capital: 154 Km.

Hombrados

 


 El lugar y sus gentes

Acercarse hasta la vertiente que a lo largo de la sexma del Pedregal presenta por su cara sur la Sierra de Caldereros, es siempre un viaje provechoso. La distancia es mucha desde la capital, hay que llegar a Molina y seguir adelante; pero la oferta en paisaje, en luz, en calma, que regalan a quienes por allí van estos pueblecitos molineses que asientan en sus alrededores, bien merece la pena.

La mañana es fresca. Mañanita de abril. No es preciso anunciar que pasado Molina se entra de lleno en los dominios del páramo, donde se dieron las temperaturas más bajas y extremadas de la Península Ibérica. Hoy, no obstante, para quien ha decidido andar por estas latitudes, el día apunta sereno y soleado. Corre, eso sí, un ligero vientecillo de poniente que con el limpio sol de las diez resulta apetecible.

El día es único como para perderse por entre las piedras nobles de estos pueblos cargados de recuerdos, observando al andar el relieve enquistado de los escudos, y dar vista desde los aledaños a la sierra grana que alza sobre el tranquilo paisaje molinés la silueta de los picachos rocosos, la mota lejana y blanquecina de una ermita, la figura enhiesta del torreón de algún castillo, las reses del engorde que pastan en el vallejo.

Acabo de girar por el desvío que en cuestión de minutos me dejará en Hombrados. Al volver de una curva el pueblo se dejará ver como desparramado sobre un altillo al que preceden los chopos de la vega. Los campos están teñidos de un verde incipiente, el verde de la sementera. Sobre el panorama variopinto de los tejados ocre, destaca el edificio de la parroquia de la Asunción, la silueta severa de la iglesia del pueblo. Más adelante aparece la fuente en doble canal, construida en el año 1902, que vierte sobre un largo abrevadero a ras de suelo, incesando con su continuo rumor el silencio de los ejidos, casi a la altura del pairón.

Desde la misma entrada, las calles de Hombrados comienzan a resultar pinas, enrevesadas, demasiado estrechas para el maniobraje de los automóviles. Por las orillas, perdidas al sol y azotadas por el viento que sopla en el alto de las eras, se ven las sencillas casucas de los pajares. Entro al pueblo. Pienso que atraído por la solemne estampa de su fachada que se advierte de lejos, estoy en la plazuela que preside el palacete de los Chantos Ollauri, la más representativa de las construcciones señoriales que hay en Hombrados, y una de las más emblemáticas de todas las tierras de Molina. Nunca fue grande Hombrados como entidad de población, pero sí en importancia. Hace un par de siglos llegó a tener ciento cuarenta y cinco habitantes como población de hecho y de derecho; a mediados de nuestra actual centuria pasó de los trescientos. Me informo de que hubo escuela municipal mucho antes de que las escuelas estatales se implantasen por ley en todo el territorio nacional, posada para forasteros, y una prensa para sacar cera de la que se abastecían los pueblos vecinos.

Aunque uno está acostumbrado a ello, echa en falta por las calles de Hombrados la presencia de gente, de niños que mantengan en el porvenir la llama encendida de tantas familias hidalgas como allí habitaron y que bien testifican, siglos después, las casonas de piedra y sillar que se pierden en sus calles. Niños no hay, la gente joven se marchó empujada por las circunstancias, y Hombrados, el pueblo, todavía hermoso y serio como pocos, es hoy una envidiable residencia de temporada, donde e1 hilo vital que pone en relación al hombre con el pasado, se ha ido truncando de manera alarmante y definitiva. La historia de Hombrados, como la de tantos pueblos más, acabó cuando se fue la gente.

Un completo recorrido por las calles, mirándolo todo, admirándolo todo, dan conmigo en las afueras, de cara al norte, donde recuerdo haber estado alguna otra vez; con el atractivo espectáculo de las llanuras de pastizal en la distancia y las oscuras sierras como fondo, perdidas ya en lo que es posesión municipal del pueblo de Campillo; siempre con los dos detalles en lontananza por los que los forasteros al llegar aquí suelen preguntar, a saber: el histórico castillo de Zafra, con su torreón reconstruido sobre las peñas grises de la sierra, y la blanca ermita de San Segundo, más abajo, en uno de los parajes más solitarios y agrestes que uno pueda imaginar.

La historia

Este pueblo existe, como tal, desde el siglo XII, cuando D. Manrique de Lara obtuvo en señorío el territorio de Molina, y reunificado bajo la forma política de un Común de Villa y Tierra, le concedió Fuero en 1154. Al Señorío, y no al pueblo: que se entienda bien. Se pobló con gentes norteñas, castellanas, y adoptó apelativo afin al terreno ocupado. Diversos privilegios de su primer señor le hicieron crecer rápidamente. Luego llevó, durante siglos, una existencia tranquila, siempre bajo 1a directa tutela de los señores molineses y reyes castellanos, participando de los beneficios de pastos y dehesas del Común molinés.

El siglo XVIII fue el momento de mayor prosperidad de Hombrados, pues en esa época se renovaron casi todas las construcciones del pueblo.

El patrimonio

Sorprende a cualquiera la sensación de fortaleza que ofrece la construcción de sus edificaciones, todas ellas levantadas con fuerte sillar rojizo de 1a cerca sierra. Destaca la plaza mayor, bien estructurada, con un frontón, varias casas populares, y una casa-palacio de los Chantos 0llauri, de aspecto tipicamente molinés, con un escudo de armas de dicha familia sobre el portón de entrada. Distribuidas por el pueblo se ven otras varias casas («del curato», de la Inquisición, etc.) de arquitectura rural pero muy característica del territorio, así como escudos y dinteles tallados. Dedicada a la Asunción, la iglesia parroquial es elemento muy sencillo, sin detalles artísticos de relieve; en la portada que se abre a los pies del templo, y que se forma con arco de medio punto adornado de ábacos y clave, figura tallada la fecha de «1744». En su interior, de una sola nave con cuatro tramos, cubierta por bóveda con lunetos, se muestran algunos retablos barrocos del siglo XVIII y otros aún más modernos, del XIX, con tallas sin excesivo valor.

A la salida del pueblo aparece la ermita de la Soledad, una obra muy bella del último barroco, que muestra en su portada un escudo con una cruz y a los lados las siglas IHS-MAR, señalando la fecha de 1698. Su planta es cruciforme, y en lo alto de los muros, al exterior, se ven cuatro carátulas de guerreros, quizás indios, y señalada otra fecha, la de 1790, indudablemente la de su terminación.

Las fiestas

Es muy celebrada la fiesta de San Segundo, haciéndose una animada romería hasta la ermita de este santo, enclavada en la picuda cima de una montaña próxima al pueblo, desde donde se divisan extensos panoramas de todo el Señorío.

Personajes

Es particularmente memorable D. Diego Eugenio González Chantos y Ollauri, nacido en este lugar en 1731, de una familia de antigua prosapia, llegada a Hombrados desde la Rioja. Siguió la carrera eclesiástica, y alcanzó el grado de Maestrescuela del Cabildo catedralicio de Sigüenza, obteniendo también la cátedra de Vísperas de Teología en la Universidad de la Ciudad Mitrada. Fue escritor y pensador, dejando publicados varios libros de historia.