Altitud: 1.155,1 m.
Censo Habitantes: 49
Distancia de la capital: 182 Km.

Establés

 


 El lugar y sus gentes

La fuente de la Canaleja chorrea por sus dos caños. La iglesia de San Martín se asoma desde los altos de Anquela al precipicio que bajo las peñas deja el valle del río Mesa. Es una mañana frescas una mañana de invierno donde todo, los árboles y los campos, parece haber brotado espontáneamente del infinito hace sólo unas horas. Turmiel, con su palomar en la colina, su arroyuelo seco y sus dos o tres ancianos sentados al borde de la carretera, se ha quedado solo en medio de un silencio estremecedor a la espera de tiempos mejores. Las tierras aparecen mustias, como los hombres y los pueblos, cubriendo a retazos los rincones en sombra con las escarchas del mes de enero. El desvío hacia Establés surge enseguida, quedando a nuestra espalda las aguas del arroyo que a partir de allí corta al derecho hacia Mochales.

El pueblo de Establés se nos presenta de inmediato con la silueta de su castillo en bandolera. El castillo es la verdadera enseña de Estables, como lo ha pasado a ser el tronco centenario del olmo, o la torreta del reloj municipal que se yergue a espaldas del frontón en la misma plaza. Desde la plaza se deja ver al fondo de una calle la garbosa espadaña de su iglesia, y detrás nuestro el edificio impecable del ayuntamiento. Una vivienda de construcción reciente muestra, sobre el esquinazo de piedra caliza, la gracia de una torrecilla castillera con sus almenas y sus líneas nobles.

He querido dejar estacionado el automóvil junto a la torre del reloj, y luego darme una vuelta por las callejuelas del pueblo en las que no se ve un alma. Cerca de la plaza, y del enorme tronco muerto de la olma concejil, acabo de descubrir un rincón cargado de rememoranzas, al que las gentes del pueblo seguro que recuerdan con nostalgia. Son las ruinas del viejo horno de pan cocerse Por encima de las piedras desmoronadas y de los palitroques que fueron de la cubierta, anda, agarrada al muro en donde estuvo siempre, la puerta de hierro oxidado y la palanca del contrapeso con la que el panadero abría y cerraba cada vez la boca del horno.

No hay nadie por la plaza de Estables, ni en sus alrededores. Con la cámara al hombro voy calle adelante hacia las paredes del castillo. Una anciana con delicada voz se ha cruzado por el camino. La anciana se ayuda para andar de un bastón ligero. Me ha sorprendido tomando una fotografía de las venerables ruinas de la fortaleza, que ya tengo cerca de mí. Ahora la anciana se ha parado de andar y me mira altamente.

- żEstá usted retratando el castillo?

- Sí señora. Tomo algunas fotografías.

- żLo va usted a comprar?

- No; sólo he venido a verlo.

- Pues está en venta. Seguro que si lo quiere se lo dejan por muy poco dinero.

Al castillo de Estables le llamaron «el castillo de la mala sombra». Aseguran que el personaje que llevó a cabo las obras cuando se construyó utilizó la violencia, el engaño y todas las malas artes habidas y por haber, para conseguir a buen precio los materiales y la mano de obra. Se ha dicho que forzó a los humildes vecinos a llevar piedras de sus propias casas para alzar él la muralla.

Entre el muro más meridional del castillo y la espadaña manierista de la iglesia del pueblo, cruza una calle que se rotula como «Calle del maestro D. Materno Conesa». Un señor muy serio que vigila mis pasos y movimientos desde las cuatro esquinas de la calle, aclara que el tal don Materno fue un maestro muy recordado que tuvieron allí.

El tiempo, en estos días tan cortos, parece que vuela. Tengo que marchar. El pueblo se queda de nuevo perdido en el silencio, escondido en aquel solitario rincón del valle del Mesa. En las orillas he visto a un hombre arrancando chinelas de pedernal de una trilla que alguien dejó abandonada cerca de la escombrera. Hace más de diez años que pisé el pueblo por primera vez. Era distinto. El olmo de la plaza aún sostenía parte de su ramaje, seguro que herido de muerte por el mal de los olmos; había menos casas nuevas por los alrededores; tal vez las calles y la Plaza Mayor estuvieran en peores condiciones, pero había más gente. Gente amable, quiero recordar, confiada y explicadora. Poco más de una década ha transcurrido desde entonces, lo suficiente para que en nuestros tiempos un pueblo sea distinto a lo que fue.

La historia

Su importancia estratégica, situada en un camino natural que asciende desde Aragón, a través del río Mesa, hacia el centro del Señorío de Molina, hizo que ya en los comienzos de la repoblación del territorio, hacia el siglo XII en su primera mitad, se colocara en la parte más alta del valle un torreón de vigía, y a sus pies el pueblo, entonces humilde, que progresivamente fue creciendo en habitantes y valor. Ese torreón era una de las primitivas fortalezas defensivas del independiente señorío (primero los Lara y luego los monarcas castellanos). En 1432, D. Alvaro de Luna, como canciller del rey Juan II, ordenó que el castillo de Establés fuera reparado.

En ese mismo siglo XV, cambió bruscamente el destino histórico del pueblo, al ser violentamente conquistado por D. Gastón de la Cerda, conde de Medinaceli, en cuya casa y territorio quedó incluido este lugar y otros cercanos. El Común de Villa y Tierra de Molina solicitó repetidas veces de sus señores, los Reyes Católicos, que les fuera devuelto el lugar y castillo de Establés. Siendo su alcaide, por los Medinaceli, D. Pedro de Zurita, éste se negó a obedecer las órdenes reales, y los monarcas se vieron obligados a utilizar la fuerza enviando como alcalde ejecutivo a Diego de Riaño. El 1841, y tras ciertas escaramuzas guerreras entre las gentes del Común de Molina, capitaneadas por su Regidor D. Luis Fernández de Alcocer, y el entonces alcaide Sancho Díaz de Zurita, Establés pasó de nuevo a ser del Común molinés, donde prosiguió durante siglos.

El patrimonio

Destaca sobre su caserío el castillo medieval, que fue construido, tal cual hoy se ve, por orden de su señor el conde de Medinaceli, en 1450. Fue encargado de la erección de la fortaleza un tal Gabriel de Ureña, que utilizó su crueldad para conseguir baratos los materiales (piedras, vigas, etc.) y de ahí que el recuerdo de sus malos modos quedara desde entonces grabado en los naturales del pueblo, que estos todavía denominan «castillo de la mala sombra» al que preside la silueta de su pueblo. Es fortificación típica de su época, constando de fuertes muros que establecen una planta cuadrada, rematando sus esquinas con cubos semicirculares, siendo el torreón de su punto sur el más fuerte de ellos. La entrada, escoltada, de torre y garitón, la tiene al nordeste. El interior está vacío, aunque ahora habilitado para vivienda por sus actuales propietarios.

También es de destacar en Establés, además del interesante conjunto de sus construcciones de arquitectura popular, que en la plaza Mayor adquieren un tono variado y muy atractivo, la iglesia parroquial, obra del siglo XVI, de grandes proporciones, bella espadaña manierista a los pies, y amplio interior con buenos retablos renacentistas y barrocos. Asimismo, en la plaza destaca una casa noble edificada en piedra, con algunos escudos y restos decorativos platerescos.

En el término de Establés son mencionables, la llamada «torrecilla» que se encuentra casi entera, y es muestra de las fortificaciones que en estos terrenos puso el Señorío de Molina por su cercana frontera con Aragón y el Común y señorío de Medinaceli; y la torre o despoblado de Chilluentes, que hace de límite con el término de Concha, y que permite contemplar, en medio de alto y estrecho valle, ya en los pies de la sierra de Aragoncillo, una gran torre defensiva levantada en el siglo XII, con cinco pisos de altura, de la que sólo restan dos de sus muros, así como una pequeña iglesia románica, -la parroquial de aquel antiguo pueblo de Chilluentes que quedó despoblado en el siglo XVI- dedicada a San Vicente, y que entre sus muros encierra una pila románica, mostrando su ábside semicircular con ventanal central, aspillerado, decorado con sencillos elementos geométricos y helioformes.

Personajes

En Estables nació el periodista D. Benigno Bolaños, que fue director del «Correo Español» de Madrid y escribió numerosísimos artículos, en el siglo XIX con el seudónimo de «Eneas».

Las fiestas

Celebra Establés sus fiestas patronales, cada año más animadas, en la mitad de agosto, en honor de la Asunción de la Virgen Marías Actos recreativos, culturales, deportivos y gastronómicos forman unas jornadas de grata convivencia para sus vecinos, los hijos emigrados que entonces vuelven, y los forasteros que quieran visitar la localidad en esos días.

Fotos del castillo de Establés  y de la torre del reloj enviada por Iván González