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Altitud: 1.077,8 m. |
Embid |
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El lugar y sus gentes
A Embid, situado allá en los rayanos con tierras de Aragón, se puede ir directamente desde Cillas por Tortuera, o dando la vuelta por los Cubillejos y La Yunta, obligándose en este caso a pisar caminos de Zaragoza durante un corto trecho. Cuando el viaje se lleva a cabo de acuerdo con la segunda opción, apenas se vuelven a retomar los páramos guadalajareños, el visitante tiene ocasión de descansar del viaje al lado de los muros de la ermita de Santo Domingo de Silos, ya en el término de Embid.
El pequeño santuario ocupa los bajos de un leve promontorio, por cuyas pedregosas cercanías se trazó la carretera comarcal que sigue hasta Daroca. No lejos de allí queda el cauce primerizo del río Piedra, y una fortificación natural de rocas erosionadas que en algo recuerdan a las famosas de la Ciudad Encantada en la Serranía de Cuenca.
La ermita de Santo Domingo es un lugar apacible y válido para recordar. Uno siente verdadera devoción por estos sitios que nuestra civilización desestima, y en cuyos sillares centenarios queda constancia escrita de horas inolvidables, de emociones romeras, de idilios amorosos de la mejor ley en tiempo de nuestros abuelos. En las antiquísimas dovelas que dibujan la portada de la ermita hay letras grabadas con primor que alguien dejó allí hasta la consumación de los siglos, nombres de personas y de pueblos que ya son páginas desvaídas de una historia que quizás nadie conoce, de gentes llegadas para honrar al santo y procedentes de Tortuera -como así consta-, de Cimballa, de Monterde..., y fechas que arrancan del 1770, pasan el 1884, hasta otras más recientes y próximas a nosotros. Allí hay un viejo reloj de sol sin aguja marcado en la piedra, en medio de vivas y vítores, en honor del santo taumaturgo, como enseña, tal vez, de un tiempo que no corre, pero que advierte al caminante de que la vida es breve.
Embid, el pueblo, se alcanza a ver algo más adelante como tendido a secar sobre la cuesta, mirando al mediodía. Sobre un leve alcor de rocas y de tierra desgastada, de cara al pueblo, están los retazos de muro, las torres hundidas, las agujas enhiestas de piedra en ruina de lo que fue el castillo.
La estampa visual resulta emotiva. Cuando el viajero al poco de llegar ha probado el rancio elixir de estas soledades, se ha extasiado ante la quietud de los tesos y de los barrancos, ha ensordecido con los gritos irresistibles del silencio, se da cuenta de que ha comenzado a conversar de tú a tú con los entresijos del pasado a campo descubierto. Me acabo de detener a la sombra de la iglesia en la plaza. El coche lo dejo estacionado entre dos contrafuertes. Unos pasos más y muy pronto se alcanzan los murallones del castillo por esta parte desde la que se domina directamente el pueblo.
Hasta la histórica ruina se sube por una sendilla de circunvalación. Al pie del castillo apenas se distinguen las formas cilíndricas de algunas de sus torres, varias saeteras, media docena de almenas, y el muro recortado en punta de la torre del homenaje. Atrás, muy lejos, los picachos dentados de la Sierra de Caldereros, y frente a nosotros el pueblo de Embid, no sé si adormecido o agónico en la solana, con el campanario en espadaña en primer término, luciendo un arco del XVI que engalana la entrada, y una cúpula por encima de lo que debe de ser el presbiterio, trazada en perfecto octógono. Alrededor del pueblo, ya en las afueras y más allá en extramuros, se alcanzan a ver algunos macizos desgastados de tierra vieja, oterillos grises en los que no hay vida, y una ermita ínfima, la de la Soledad, a vista de pájaro.
Dentro del pueblo las casonas señoriales, tan representativas de esta latitud molinesa, surgen con su honrosa vetustez por callejuelas y rincones insospechados. Sillarejo de hidalgos y piedra heráldica, bajo aleros oscuros que chorrearon agua de tres siglos sobre el antiguo suelo de Embid.
Lo que ahora es la plaza, me han dicho en el pueblo que fue antiguamente un balsón de tamañas proporciones en el que se daba de beber a las caballerías, una charca que cuando atacaban las lluvias se ponía como el mar.
En esta ocasión no me he entretenido como en otras precedentes en recorrer el pueblo. Pienso que mis amigos de Embid, el abuelo Nazario y el abuelo Guillermo, los dos con más de noventa años cuando los conocí, seguramente ya no viven. Dejemos, pues, que prevalezca en el recuerdo su grata memoria. El pueblo, con la primavera a poco de estrenar, aguarda paciente la llegada de los veraneantes, de sus hijos y de los hijos de sus hijos, para quienes prepara, con lo saludable de su ambiente, la grata acogida que siempre se repite desde los años de la emigración.
La historia
Existió Embid como aldea desde los inicios de la repoblación del Señorío, cayendo en los límites del mismo según el Fuero de 1154 dado por D. Manrique. Siempre en el orden del Común de Villa y Tierra molinés, la señora Dª Blanca en su testamento (finales del siglo XII) dice dejárselo en propiedad a su caballero Sancho López. Fue realmente en 1331 cuando pasó en señorío a manos particulares, pues en esa fecha el rey Alfonso XI extendió privilegio de donación y mínimo Fuero para este enclave, disponiendo que fuera su señor Diego Ordóñez de Villaquirán, quien estaba facultado para repoblarlo con veinte vecinos, que no debían ser de otros lugares de Molina, ni siquiera castellanos, y facultándole para levantar un castillo. En 1347, los Villaquirán vendieron Embid al caballero Adán Garcia de Vargas, repostero del rey, en 150.000 maravedíes de la moneda de Castilla. Su hija Sancha, en 1379, vendió el lugar a Gutierre Ruiz de Vera, y éste lo perdió por usurpación que de Embid hizo, en algarada guerrera, y como acostumbraba hacer por toda la zona, el conde de Medinaceli.
Ya en el siglo XV (1426), esta familia se lo cedió, con otros pueblos molineses, a D. Juan Ruiz de Molina o de los Quemadales, el llamado «Caballero viejo» de las crónicas del Señorío, jurista y guerrero, en cuya familia quedó para siempre. Por sucesión directa fue transmitiéndose el señorío del lugar, y en 1698 un privilegio del rey Carlos Il hizo marqués de Embid a su noveno señor, D. Diego de Molina. Uno de sus más modernos sucesores, D. Luis Diaz Millán, fue autor de varios interesantes libros y estudios sobre Molina, y hoy se conserva el magnífico archivo de la casa en poder del heredero del título.
El patrimonio
Destaca en el pueblo de Ernbid su castillo, ya en avanzada, en progresiva ruina, que consta de una torre fuerte central, desmochada y con sólo dos muros, y una cerca altísima, o muralla almenada, que sólo mantiene en pie dos de sus lienzos, con diversos cubos esquineros. El torreón central de ese paramento norte se vino al suelo hace unos años. ¿Cuándo lo hará el próximo? Mantiene este castillo, sin embargo, todavía un aire digno y resueltamente medieval: fue construido en el siglo XIV por su primer señor, y luego rehecho por el «caballero viejo», a mediados del siglo XV. Sirvió de lugar de refugio de los castellanos en numerosas contiendas contra el reino de Aragón, cuya frontera establece.
La iglesia parroquial está dedicada a Santa Catalina, y es obra de grandes proporciones, construida en el siglo XVI. Se precede de ancho atrio descubierto, y muestra su portada principal orientada al sur, consistente en arcada semicircular, adovelada y con adornos sencillos de rosetas, con un cierto aire arcaizante. El interior es de una sola nave, y muestra numerosos altares de gran interés, de los siglos XVI y XVII, y alguno más barroco. Destacan los de la Virgen del Rosario, y el de San Francisco, con tablas buenas de escuela aragonesa; fue fundación, en el siglo XVI, del alcalde y regidor de Embid D. Diego Sanz de Rillo, poderoso ganadero. Entre las obras muebles de esta parroquia, merecen destacarse un frontal de altar en cordobán oriental, de increíble belleza; un equipo de ropajes sagrados (casullas, etc.) con los escudos de los marqueses de Embid grabados en 1733 por el bordador Rodrigo Velázquez; un cáliz de oro regalado por D. Alvaro de Mendoza, patriarca dé las Indias, a esta parroquia en 1739; y una cruz parroquial románica del siglo XIII. Son también destacables algunas casonas molinesas de típica traza: la de los Sanz de Rillo Mayoral, obra del siglo XVII con ancha fachada de sillarejo y un gran portón adintelado en el que se inscriben diversos símbolos alusivos a la dedicación ganadera de los dueños; la de los Ordóñez de Villaquirán, obra del siglo XVII también, con amplio patio anterior y entrada sencilla adintelada; y la del Dr. Martínez Molinero, también llamada «la casa del vínculo», obra del siglo XVIII con portada adintelada y gran dovelaje y jambas de bien labrado sillar, mostrando encima un curiosísimo escudo emblemático, en forma de jeroglífico, que viene a relatar la historia de la familia. A la entrada del pueblo se ve una sencilla picota, y a la salida, hacia Aragón, la ermita de Santo Domingo, edificio religioso popular del siglo XVIII, enclavado en ameno prado junto al río Piedra.
Personajes
Naturales del pueblo, entre otros ilustres personajes, fueron fray Marcos Martínez del Molino, franciscano que alcanzó altos cargos en la Orden de los pardos frailes. León Luengo, historiador del Señorío, y hombre que dedicó toda su vida, en la soledad de su casona de Embid, a la recogida de datos y ordenación de muchos hechos del territorio molinés. Y más modernamente Juan José Fernández Sanz, periodista, escritor, investigador histórico, profesor de Historia Contemporánea en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, que muy recientemente ha publicado un interesante libro titulado «Desde Guadalajara» en el que, entre otras muchas interesantes apreciaciones, se plantea los retos que el futuro hace a lugares tan remotos como Embid, enmarcado en una comarca tan singular como el Señorío de Molina.