| Altitud: 1.193,1 m. Censo Habitantes: 118 Distancia de la capital: 162 Km. |
El Pedregal |
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El
lugar y sus gentes
El último de los pueblos de
Guadalajara que, desde Molina hacia Teruel, uno se encuentra al
lado del camino es El Pedregal. Viajar hasta allí es tarea
gratificante, pues se recorren de extremo a extremo las tierras
de una provincia longuiforme que tiene la capital en uno de ellos
y aquel pueblo molinés en el otro. por eso conviene organizar el
viaje de manera premeditada, sin contar demasiado con el tiempo
que habrá que dedicarle, pues la distancia es larga y muchos los
motivos en los que fijar nuestra atención a lo largo del camino.
Se honra el pueblo de haber sido
cabecera de la sexma molinesa que lleva su nombre, y razones hay
para ello. En esta ocasión lo he sorprendido de buena mañana.
Es una hora estupenda ésta en la que parece que comienza a abrir
el día para entrar en los pueblos.
Por la carretera de Monreal hay
más tráfico de lo que uno hubiera podido suponer a estas horas
de la mañana. La carretera de Alcolea a Monreal es la que
prefieren los turolenses de la comarca, incluso los de su capital
de provincia, para viajar a Madrid, lo que no deja de tener su
repercusión positiva en beneficio de aquellos pueblos,
condenados a sucumbir a largo plazo tras el fenómeno migratorio
de la década de los sesenta. En El Pedregal aún hay vida, y,
desde luego, un tráfico de vehículos por sus aledaños fuera de
lo que es costumbre en un día como hoy.
El Pedregal, amigo lector, es un
pueblo que vive los últimos años del presente siglo con una
dignidad admirable. Un pueblo limpio y ordenado, de calles
acogedoras y bien pavimentadas, de gentes amables y
hospitalarias, de viviendas que apenas si han perdido tras los
últimos retoques su característico tipismo; todo bajo la
vigilancia del puntiagudo chapitel de su iglesia parroquial,
colocado sobre el pináculo de una torre que, aunque moderna en
construcción, está inspirada en los bellos campanarios
aragoneses.
Las calles de El Pedregal lucen en
sus esquinas placas con nombres de personajes sonoros de la
Historia, como la Plaza de la Reina María Cristina; pero, sobre
todo, con nombres entrañables de carácter local, como la de don
Víctor Felipe Solano, la de don Obdulio Ramírez, la de don
Agustín Robles o la del Hermano Gumersindo; la más reciente de
todas quizá sea la que en el pueblo dedicaron al Hermano
Marciano José, de nombre Filomeno López, hijo del pueblo,
mártir de la revolución de Asturias de 1934, y beato de la
Iglesia desde el día 29 de abril de 1990. En la calle del
Calvario vive, y espero que por muchos años, un viejo amigo de
nombre David Hermosilla, poeta él, deidad suprema de los
parnasos pedregaleses, y que desde hace tiempo está atravesando
una mal época con los dichosos nervios y con las depresiones de
moda.
De la vida e historia particular
del pueblo, de sus personajes distinguidos, de sus costumbres y
fiestas, sabemos muchos, gracias a que de ello se ocupó en vida
otro pedregales ilustre, al que conocimos no hace tanto y nos
dejó para siempre hace un par de años o poco más. Se llamó
este hombre apasionado por su pueblo Juan José López Beltrán,
autor de un libro repleto de datos y noticias acerca de las
tierras del Señorío y de un modo más concreto de las
referentes a su pueblo natal. El título del ya dicho volumen es
largo, como largo es su contenido, «Síntesis histórica de mi
tierra, Señorío de Molina, sus sexmas y pueblo de El Pedregal»
se llama el libro. Por él sabemos de los orígenes del pueblo y
de sus vicisitudes; de sus leyendas como la de la Fuente de la
Parra; de su toponimia y fiestas mayores, como la de San Pedro,
que es a la vez titular de la parroquia; de sus cofradías y
asociaciones, que fueron muchas, y, en fin, de todo lo habido con
relación al pueblo desde la antigüedad más remota hasta
nuestros días, contado con sencillez, pero con rigor y
elegancia.
Estamos en las tierras,
relativamente suaves, que signen de contorno al pueblo. Desde el
Pico de los Castillos se alcanzan a ver, en una mañana clara,
hasta veinticuatro pueblos distintos de Aragón y Castilla. La
fuente de los Villares -ahora olvidada y en camino de convertirse
en mito- tuvo en otro tiempo gran importancia, ya que sus aguas
se hicieron famosas como remedio eficaz contra los males del
riñón, y de su manantial salían, incluso con destino a lugares
lejanos, las garrafas de agua que en tantas ocasiones sintió de
alivio a los enfermos. Por aquellos alrededores, donde no lejos
queda el resto de una antiquísima necrópolis de época
imprecisa, la de Jaquesa, el gris de las encinas y el correr de
las aguas del regato, con el pueblo al fondo, apuntan hacia la
entrada definitiva de la primavera, que a estos lugares suele
llegar algo después de cuando señala el calendario.
La historia
Este pueblo que da nombre a toda
una sexma es hoy un curioso entorno de historias y elementos que
bien merecen hacer una visita hasta su remoto enclave. Fue
levantado en los momentos de la repoblación; con gentes
autóctonas y otras venidas de Castilla fue repoblado. La
existencia de población en su término está confirmada desde la
época prehistórica, pues en los lugares denominados «la
Jaquesa» y «hostal de Mañas» se han encontrado elocuentes
restos arqueológicos de la Edad del Hierro. Dice la tradición
que por estos lugares cruzó el Cid Campeador, a finales del
siglo XI, en su camino del destierro hacia Valencia. En 1165
quedó incluida esta aldea en el Común de Villa y Tierra de
Molina, y señorío de los Lara, según aparece en el Fuero dado
al territorio por el Conde D. Manrique. En el siglo XIV aparece
la parroquia de El Pedregal entre las que el obispado de Siguenza
regía. Poco después, a mediados de dicha centuria, las
divisiones y guerras durísimas entre Castilla y Aragón,
hicieron que este pueblo quedara vacío y abandonado, lo mismo
que ocurrió con otros de las sexmas del Sabinar y el Campo en
este Señorío (Campillo de Dueñas, Fuentelsaz, Guisema, Embid,
etc.). Su territorio fue agregado, al considerarse yermo o
despoblado, al Común del Señorío. Pero siglos adelante,
diversos colonos fueron asentándose sobre las ruinas antiguas,
en torno a la viejísima iglesia. Y en 1735 se considera que ya
estaba cimentada realmente esta repoblación, añadiéndose
familias a lo largo de ese siglo XVIII. A comienzos del siglo
XIX, se falló el largo contencioso entre los vecinos de El
Pedregal y el Común de Molina, quedando el pueblo como Concejo
propio, y dependiente en lo jurisdiccional del Rey.
El patrimonio
El caserío entero es de
construcción moderna y sin interés arquitectónico. Calles
amplias y espacios abiertos. Se preside el pueblo por su iglesia
parroquial, obra también moderna, pues a finales del siglo
pasado, y ante el evidente peligro de hundimiento del antiguo
templo, se iniciaron gestiones para levantar uno nuevo y moderno.
El arquitecto del obispado trazó el proyecto y dirigió las
obras, que acabaron en 1897. Un siglo justo, pues, cuenta el
templo de El Pedregal.
El edificio muestra una fachada en
la que resalta puerta central con arco muy apuntado, dos
arquerías ciegas del mismo estilo, y una torre con campanario,
de picudo remate, todo ello en un sencillo eclecticismo gotizante
muy propio de la época. El interior es de una sola nave, con
coro alto a los pies, y presbiterio semicircular en la cabecera.
Algunos retablos proceden de la antigua iglesia, y son barrocos,
sin interés.
La mayoría son obras modernas,
exentas de carácter artístico. Son varios los pairones
distribuidos por los caminos y encrucijadas del término. El más
antiguo es el de San Pedro, todo él de piedra sillar, y está
situado en el camino de Setiles.
No podemos olvidar aquí la
referencia a uno de los hijos ilustres de El Pedregal, don Juan
José López Beltrán, quien escribió y en 1980 publicó un
libro titulado «Sintesis histórica de mi tierra, Señorío de
Molina y sus sexmas, y pueblo de El Pedregal» en el que con
pormenor se narra la historia y avatares de este lugar.
Las fiestas
Del capitulo costumbrista de El
Pedregal merecen destacarse algunas fiestas; todavía se celebran
las de San Pedro, a finales de junio, y las fiestas mayores a
finales de agosto, aprovechando la estancia en El Pedregal de
muchos hijos del pueblo, ya emigrados. Hace años, las fiestas
eran muy numerosas, comunes a la tierra molinesa. Entre ellas
destacaban los «mayos», la «sanjuanada», «San Antón»,
«San Blas», «Todos los Santos», y la «Nochebuena». Entre
los deportes populares destacaban la pelota de frontón y la
barra, y entre los bailes típicos, por supuesto la «jota» de
valiente y animada fuerza. De antigua tradición y merecida fama
eran las «matanzas» de cerdo, seguidas del típico y sabroso
morteruelo.

