Altitud: 1.198 m.
Censo Habitantes: 207
Distancia de la capital: 150 Km.

Cubillejo de la Sierra

 


 El lugar y sus gentes

Aunque alguien lo hubiera llegado a pensar por apellidarse «de la Sierra», Cubillejo es un pueblo llano, extendido como un mosaico de casonas antiguas y de modernos hotelitos, entre los huertos y los árboles que sirven de presentación a la extensa palma de cereal que los hábiles agricultores de Campillo, de Tortuera y de La Yunta, convierten en mar de trigo cada mes de junio.

Una rua estrecha de cemento, a modo de carretera de circunvalación inconclusa, me lleva a dar la vuelta al pueblo por el lado que limita con los montes. Luego prefiero andar en solitario por un caminillo estrecho, encajado de cercas, de paredones grises, de maleza y de zarzales, hacia las parideras de las Eras del Pino. De los perales de los huertos, una bandada de gorriones salta a vuelo raso hacia los aleros cercanos. Sólo se siente a lo lejos el campanilleo de algún rebaño, y el golpe seco de un martillo contra los aperos de hierro por parte de algún agricultor, hacia la Peña del Gallo en las mismas eras.

Los llanos de Cubillejo tienen tan buen terreno como lo pueda tener lo mejor de Tortuera o de La Yunta. El monte, en cambio, es tierra mala.

Desde extramuros el paisaje es saludable y variado. La caída de la Peña se va erizando de marojos, de espinos, y de planchas de piedra oscura, que comienzan aquí y acabarán más allá del castillo de Zafra, recorriendo a lo largo toda la cima de la Sierra de Caldereros. Por el noreste los primeros altos de Aragón, allá donde vienen a caer la laguna de Gallocanta y los montes de Daroca, muy cerca del lugar exótico en que Zaragoza se luce con cascadas de agua impresionantes en el Monasterio de Piedra, aguas que le llegan de aquí, de los arroyos de Tortuera, de Embid, y de los propios Cubillejos.

Por las plazas del pueblo -que son dos- se ven algunos ejemplares purísimos de la arquitectura popular molinesa, viviendas que soportan guapamente el peso de los años sobre sus dinteles labrados de piedra arenisca, adornadas muchas de ellas con rejas de forja, cuya solidez y artística estructura los siglos no han sido capaces de borrar

Son las tres de la tarde de un sábado en el que el cielo se ha pintado de gris, un gris uniforme que ocupa a lo largo y a lo ancho todas las tierras del Señorío. De camino sin rumbo por las calles del pueblo, salta a cada paso la sorpresa de una piedra esculpida con letras de molde, con cruces y anagramas piadosos junto a fechas referentes a la segunda mitad del siglo XVII.

Subo junto a los tapiales de los huertos abrigados con un manto de yedra. El silencio del pueblo se ve alterado en aquel laberinto de callejuelas y tapiales por un perrucho que persigue a todo correr a una gata pardipintada, que libra su pellejo colándose por el ventanuco solitario que hay en un rincón adornado con claveles y con flores de lis.

La iglesia es de mampostería con sillar en las esquinas. La entrada queda bajo pórtico sostenido con una sola columna. La espadaña mira hacia las puestas del sol, tiene dos vanos y está cimentada por una roca enorme de arenisca. En una casa, bajo el campanario, se puede ver medio borrada una fecha escrita que nos coloca a más de tres siglos atrás en el hilo del tiempo: 1656, dice, junto a una cruz de Calatrava esculpida sobre la misma piedra. Esa es, al menos en el sentir de las gentes del pueblo, la casa más antigua, y bien parece que no es así, pues la aventaja en antiguedad el añoso y destartalado torreón de los Ponce, en cuyo muro sur, mirando a los corralillos en ruinas y a los huertos, hay una piedra con el escudo familiar y una lápida en la que se da cuenta de la llegada a estos lares de la referida saga. Un documento histórico de innegable valor, que frente al sol, los vientos y las lluvias de cada día, sigue ofreciendo batalla a los elementos a través de los siglos. Al torreón de los Ponce lo conocen en Cubillejo por «El Palomar», cabe pensar que durante alguno de los últimos períodos de su vida se empleó para tal menester.

Varias de las más nuevas viviendas del pueblo se adornan con figuras geométricas, a juego con el color del ladrillo en las fachadas. Se nota que desde antiguo no pasó desapercibida entre el vecindario su preocupación por la estética, incluso exterior, de las casas del pueblo.

Ya en las afueras, junto a las naves y almacenes de los agricultores, a la vera de los apriscos para el ganado y de los campos de mies, queda la pequeña ermita de la Soledad. Sobre las piedras del pórtico, se ven marcadas infinidad de cruces diferentes y fechas que el soplo de los años han ido borrando poco a poco. Dentro se dejan ver al cabo de un rato, envueltas en su haz de penumbra, las imágenes de un Cristo muerto y de una Virgen Dolorosa. Débilmente, pero de forma pertinaz, ha comenzado a llover sobre los campos de Cubillejo.

La historia

Como en muchos lugares de esta provincia, corren entre los naturales algunas leyendas que no pueden sostenerse con la razón histórica. Pero merece que sean conocidas por lo que de valor y testimonio de tradición encierran. Dicen que en el siglo XII este pueblo fue posesión de los Templarios, así como el castillo de Zafra, dando cierto valor religioso, sagrado o esotérico, a la Sierra de Caldereros que alberga a ambos. Lo cierto es que en este siglo XII figura Cubillejo como límite meridional del Común de Daroca, pero esto fue por poco tiempo, puesto que en 1154, el Fuero concedido al Señorío de Molina incluye a este lugar y sus vecinos claramente en el dominio de D. Manrique de Lara, y en la Comunidad de Villa y Tierra de Molina. Posteriormente, Dª Blanca de Molina, su hermana Dª María, y su descendiente el rey Alfonso XI de Castilla, concedieron diversos privilegios a esta aldea y su término.

La tradición señala que en el poblado de Villarquemado hubo un fuerte castillo o torre vigía, de la que apenas si quedan los restos.

Allí debió existir, en los días de la repoblación, un lugar que, tras su destrucción por los aragoneses en el siglo XIll, proporcionó la creación como pueblos de los dos Cubillejos.

El patrimonio

En Villarquemado se levanta aún una vieja ermita dedicada a la Virgen de la Vega. En el mismo pueblo son de destacar el llamado Torreón de los Ponces de León o «Casa de los Leones», que es una edificación medieval, de fuerte sillarejo en abultados muros, con entrada defendida y remate en terraza almenada. Sobre la entrada, figura un gran escudo nobiliario y una lápida en la que, con dificultad, se leen estos versos: «Salen a Leon los Ponces / sucessores de Roldan / la hermana del Rei le dan / por venir de emperadores / llamados de aquí Leones / en Sevilla asentaron / I dellos aquí pasaron / por bandos i disensiones», que viene a explicar la llegada a Cubillejo de la Sierra de alguna rama de la familia extremeña y andaluza de los Ponces de León, habitadores de este Torreón o Casa fuerte. Hay en el pueblo otra casona molinesa, más moderna, pues sobre el dintel de su portada toda labrada en pulcro sillar, aparece la Cruz de Calatrava y la fecha de 1654. La iglesia parroquial es sencilla y pequeña. Tiene una espadaña sobre el muro de poniente, y una puerta sencillísima bajo atrio, semicircular, con adornos elementales de hierros populares, obra del siglo XVI, como todo el templo, que es de planta cruciforme y una sola nave, con varios retablos barrocos en su Interior.