Altitud: 1.058,1 m.
Censo Habitantes: 507
Distancia de la capital: 135 Km.

Corduente

 


 El lugar y sus gentes

El castillo de Santiuste, un siglo a la espera de que se venga abajo el paredón desprendido y todavía en pie, introduce a los viajeros al pueblo de Corduente. Es aquel castillo el pórtico monumental, evocador de historias pasadas tan afines a esas tierras, quien da paso al pueblo desde los aledaños de Molina por la carretera de Alcolea. Un paisano de los entornos del río Gallo por el Barranco de la Hoz, dijo que Corduente era palabra mayor, un pueblo distinto al resto de sus vecinos de la ribera. Estoy seguro de que dijo verdad; pues, al llegar a Corduente uno se encuentra con un pueblo distinguido, elegante, de limpias y bien adornadas viviendas, de calles espléndidas que partiendo de la Plaza Mayor se abren en abanico hasta las huertas y acaban por morir junto a un arroyo, al lado de una acequia que se pierde bajo la sombra oscura de un nogal.

En la Plaza Mayor, como un ensanchamiento de la calle principal y más larga que tiene el pueblo, son característicos los arcos del bajo del ayuntamiento donde tiene su sede el barecillo del centro social, los troncos de los olmos y la fuente pública de constante y fresco manar. En Corduente es el agua su compañera inseparable de por vida. La Calle Mayor atraviesa al pueblo de parte a parte; un pueblo en evolución urbanística como todos, y cómodo como muy pocos; más cuando las incomodidades del verano se dejan sentir en otras latitudes, incluso dentro de las mismas tierras del Señorío.

Al amparo del agua y de la buena condición del terreno, en Corduente se vivió desde antiguo casi de lo que dieron las huertas, que fue mucho y de la mejor calidad. Hoy todo es diferente. Falta la mano de obra para trabajar la tierra y la gente organiza su vida de manera distinta. Las Pedrizas, el Barracón, el Vallejo Herrería, la Hoya del Val, son entre otros muchos parajes que los mayores recuerdan, no sé si con gratitud o con nostalgia por haber sido escenario de tantos quehaceres y desvelos en sus años jóvenes

Por la carretera de Zaorejas -la misma que parte hacia el Barranco- se pasea a gusto bajo la sombra del nogal y de las moreras. Campos sembrados de patatar, de judías, de coles, entre los frutales que, sobre todo los jubilados, intentan sacar adelante. Los pescadores de truchas y los excursionistas pasan por allí de viaje hasta el Barranco de la Hoz, uno de los parajes, como sabido es, más agrestes y más afortunados paisajísticamente de toda la Provincia. Pertenece el Barranco de la Hoz al pueblo de Ventosa, y no a Corduente, aunque sea éste último salvo que se vaya directamente desde Molina- el paso obligado para llegar a él.

En distintas ocasiones, y por diversos motivos, anduve por el Barranco de la Hoz, como supongo que lo han estado muchos de los lectores; pero siempre a la vera del santuario junto al río, al pie de los soberbios murallones de conglomerado. En tan sólo una ocasión lo llegué a ver desde arriba, y fue, todavía lo recuerdo, por invitación de un vecino de Corduente llamado Santos Abad, quien se brindó a servirme de guía dando una larga gira en automóvil, no sé por dónde, hasta llegar a la tosca balaustrada que cerraba el mirador. La imagen que ofrecía el Barranco es de aquellas que jamás se van de la memoria. Desde allí, recuerdo que se alcanzaban a ver los hombres como manchas oscuras o de color que se movían por la cinta de la carretera.

El río bajaba escondiendo su cuerpo de serpiente por entre los álamos de la ribera, dibujando al pasar las formas curvilíneas del fondo de la hoz con precisión geométrica, mientras que en sus dos vertientes, las rocas y los pinos se entretenían en jugar a lo imposible burlándose del vértigo. Cortes aserrados en violenta verticalidad en la piedra de arena; peñascos voladizos que se sostienen mirando al abismo; agujas gigantescas de material rocoso que las aguas y los vientos de muchos siglos se encargaron de pulir en una labor callada y permanente. Y por todas partes el olor intenso a naturaleza virgen, el aroma silvestre del pinar y de las estepas sobre el altiplano de la cumbre.

Para concluir, y para que no sean sólo los ojos y el corazón los que gocen a campo abierto de tanta maravilla, no lejos está la fuente del Hocino, invitando a beber de sus aguas limpias; aguas de altura en pago y correspondencia al esfuerzo de los caminantes que osan llegar por otros medios no tan cómodos como los que yo llegué.

La historia

Centrando la fértil vega del río Gallo, antes de que dicho curso de agua penetre en las profundidades de la Hoz, se nos presenta el enclave de Corduente como una imagen ideal de población en llano, rodeada de feraces huertas, densas arboledas, algunos campos de cereal, y un sinfín de montañas y alturas cubiertas de pinares. Este lugar se pobló en el siglo XII, al compás de la repoblación del Señorío por sus señores los Lara. Fue siempre concejo comunal. En el siglo XVII, año de 1640, creó el Estado una fábrica de armas en sus alrededores, fundiendo en ella balas y bombas, con el fin de abastecer a los ejércitos que se dirigían a la campaña de Cataluña por esos años. El año 1642, el rey Felipe IV visitó esa fábrica y el término de Corduente, saboreando y ponderando mucho las truchas del río Gallo, hasta el punto de que mientras duró la guerra contra Cataluña, y lejos el rey ya de Molina, siempre pedía que el pescado de río fueran truchas del Gallo.

El patrimonio

La iglesia parroquial preside la plaza Mayor, y se llega a ella por unas escalinatas de sillería. Muestra su portada orientada al sur, consistente en un arco de medio punto, sin datos especiales de tipo artístico, y una espadaña sobre el muro de poniente, de remate horizontal. En el interior tampoco hay nada reseñable de tipo artístico.

En los alrededores de Corduente se encuentra el enclave de Santiuste, que muestra un interesante castillo, hoy salvado de la ruina por una cuidada restauración de sus propietarios. Perteneció desde la repoblación como llegar al Común de Molina, pero en 1410 lo adquirió por compra, en señorío, D. Juan Ruíz de Molina o de los Quemadales, el «caballero viejo», quien en 1434 consiguió un privilegio del Rey Juan II por el que obtenía la facultad de edificar «una Casafuerte con quatro torres enderredor, así de piedra como de tapia tan alta como quisiéramos, con almenas a petril, e saeteras e barreras» para de ese modo colaborar en la defensa contra Aragón. Efectivamente, Ruíz de Molina levantó su castillo, de planta cuadrada, con un recinto exterior circuido de desaparecidos muros y torreones esquineros, y un recinto interno o casa-fuerte propiamente dicha, que es lo que hoy subsiste, con cuatro torres en las esquinas, y una puerta orientada a levante formada por un arco de medio punto de gran dovelaje, y sobre ella el escudo de los Ruíz de Molina. Este castillo pasó luego al mayorazgo familiar, del que más tarde se constituyó en marquesado de Embid.

También en término de Corduente deben mencionarse los restos escuetos, y ya ruinosos, del caserío de Cañizares, en la orilla derecha del río Gallo. La tradición dice que tal enclave fue de los Caballeros Templarios (cosa harto improbable) y luego pasó a propiedad del Cabildo eclesiástico de Molina. Hoy quedan sólo las ruinas de su humilde iglesia. Otro caserío del término es Castellote con ya escasos restos de antigua habitación, rémora de lo nutrido y poblado que estuvo el valle del Gallo en este tramo durante los siglos del Medievo...