Altitud: 1.198 m.
Censo Habitantes: 30
Distancia de la capital: 127 Km.

Concha


 El lugar y sus gentes

A caballo de una loma sobre la que asientan, las casas de Labros se dejan ver desde más de dos leguas de distancia. Hay un pastor junto a la cuneta tapado con su manta de cuadros. Las ovejas mordisquean, sonando las esquilas, al lado del terraplén. El pastor es un hombre amable y conversador.
-A Concha dice que va usted. Pues fácil lo tiene. Un poco más allá, a mano derecha, le sale el camino. Fue un buen pueblo Concha. Ahora se ha quedado en cuadro, como todos los demás. Les dicen bubillos a los de Concha, sabe usted; pero son muy buena gente.
El ramal de carretera que me indicó el pastor transcurre entre llanuras agrias de sabina y lindes pedregosas hasta las mismas puertas de Concha. El pueblo, lo mismo que el cementerio que acabamos de dejar atrás, reposa en el mutismo más absoluto. El débil sol de finales de marzo intenta romper por las tierras del páramo el silencio de la mañana. La carretera nos adentra en el corazón de Concha; una plaza primero y otra después: la del juego de pelota y la de la frente, son la una y la otra. En la primera alteran el ancho espacio dos arbolillos recientes; en la segunda, se luce el lujoso pilón con monolito que distingue a varias de las frentes de la comarca.
Es pequeño el pueblo de Concha. Poner sobre él una docena de familias, puede ser una cifra acertada como población de hecho. Durante el verano y algunos fines de semana esta cifra se dispara. A temporadas se suelen llenar todas las casas que, al andar por sus calles, encontramos ahora cerradas; muchas de ellas sólidas y de aspecto elegante.
Al otro lado del cauce de un arroyo, más allá de la arboleda y limitando con las tierras de labor, se alcanza a ver el campanario de la iglesia parroquial de San Juan Bautista; iglesia que cuenta como detalle fundamental con un curioso caracol de cincuenta y seis escaleras, que saliendo del muro concurren en un vástago central de piedra viva. Arriba se airean en sus respectivos vanos dos campanas de tamaño diferente, una fue fundida en 1728 y la otra en 1813.
Las buenas gentes del lugar, como asilas calificó minutos antes el pastor de Labros, cuentan que el leve alcor sobre cuya ladera en la solana se levanta el pueblo, es el Cerro del Santo, y que el pueblo se llama Concha porque el terreno forma a sus pies una especie de cazuela o concha, por donde las aguas no encuentran otra salida que el mal llamado arroyo Pipa, simple escape de las aguas en las contadas ocasiones de lluvia torrencial.
Tres son las ermitas que en mejor o peor estado de conservación tiene el pueblo por sus alrededores: la Soledad, San Roque y la Asunción. La más grande es la de la Asunción, al otro lado de las eras, y la más pequeña la de San Roque. Al barrio de arriba, ya en el limite con las tierras altas en donde la paramera vuelve a tomar forma, le llaman el Pimpollo. La gente prefiere las casas de la carretera y de ambas plazas para vivir.
En su casa de Concha, escribió a mediados del siglo XVIII don Gregorio López de la Torre la famosa «Chorografia y descripción del muy noble, leal, fidelísimo y valerosísimo Señorío de Molina». Siendo importante su término municipal por haberse abierto en él minas de mármol jaspeado que, para mal suyo, se marchó de su suelo como ornato de lejanos y desconocidos palacios que nada tienen que ver con Concha ni con su actual estado de soledad.
A la par que cunde lo nuevo en sus calles, es lo antiguo lo que se va echando en falta. Debió de ser Concha una villa importante allá por los siglos XVII y XVIII, los siglos de gloria para toda la comarca; de ello nos hablan en su silencio las piedras labradas, a veces con sencillos relieves y fechas recordatorias impresos sobre la áspera superficie de caliza o de arenisca. El pasado de Concha se desvanece. Es bueno que, por lo menos, se retenga en los libros su memoria durante otros siglos a partir de aquí; deseo extensivo a tantas villas importantes como tiene en su contorno: Tartanedo, Hinojosa, Milmarcos, Labros, Establés..., por señalar tan sólo a las más próximas.
La sombra viajera de una nube atraviesa de este a oeste el Sabinar del Lomo.

La historia

Perteneció durante siglos a la demarcación del Señorío de Molina, sin ocurrir en esta villa sucesos dignos de mención. Es más interesante admirar en ella los elementos que quedan de su

El patrimonio

La grande y ancha plaza mayor asienta en lo bajo. Grandes edificios populares encuadrados fielmente en el modo de construir de la comarca. De siglos anteriores, se ven restos de casonas nobles, reformados portalones adovelados, alguna fachada de ventanas con dinteles tallados. En otra plaza, una gran fuente de principios de este siglo. Ya en el borde del antiguo camino real la casa que llaman «del mayorazgo», levantada en el siglo XVII por la familia López Mayoral, gentes dedicadas al cultivo ganadero, y con algunos miembros destacados en el campo cultural; en ella vivió D. Gregorio López de la Torre y Malo (1700-1769). Aunque nacido en Mazarete, estudiante luego en Alcalá, y abogado en los Reales Consejos en la Corte, López de la Torre se dedicó, en este su reducto de Concha, a escribir sobre su tierra natal, dando impreso en 1746 su más conocido libro, la «Chorográfica descripción del muy noble, leal, fidelisimo y valerosísimo Señorío de Molina». En su casa se conserva todavía la antañona estructura primitiva: ancho portal con soberbio empedrado de dibujos geométricos. Gran escalera de tramos cortos: cocina típica, y, en la cara meridional, donde estuvieron las cuadras, puerta tallada en sillar montada de balcón con fecha del siglo XIX, y en el interior restos de pinturas en una saleta de recibimiento. Algunas curiosas rejas en los escasos vanos, y un huerto al fondo.
Cruzando el arroyo por sencillos puentes, se llega a la aislada iglesia parroquial, obra del siglo XVII, dedicada a San Juan. La puerta de ingreso es de arco semicircular, de gran dovelaje, majestuosa. En ella se lee: «Iglesia de Asilo». El interior consta de una sola nave, con bóvedas de crucerías sobre el presbiterio poligonal. Columnas adosadas en los muros, rematadas en capiteles estilo renacimiento, corriendo entre ellos un friso estilo griego. En el interior se admiran varios retablos interesantes, barrocos. El mayor, totalmente dorado, sostiene una talla de San Juan, y otras de Santo Domingo y San Francisco. En otro, más pequeño, buenas tallas de San Antonio y San Esteban.
Otro retablo presenta una primitiva talla de San Juan, obra del siglo XVI, que proviene de una ermita de los alrededores. El más interesante retablo es el de la Virgen del Pilar, en el que hoy se venera una pequeña talla de San Antón. Se remata con talla en bajorrelieve de Jesús Niño entre San José y la Virgen. En la predela, aparece una talla alargada en la que de modo rudimentario y muy popular, aparece la Virgen María sobre un pilar, teniendo a su izquierda dos mujeres arrodilladas y a su derecha tres hombres en la misma postura, el último de ellos de aspecto infantil. A lo largo de un pequeño friso de esta predela se lee lo siguiente: «Este retablo hizo a su costa y debozión el L. D. Gregorio López de la Torre y Dª Francisca Martínez Año de 1737». Las figuras talladas representan indudablemente a los donantes, y el más joven de los varones es su hijo Joaquín, que heredó el mayorazgo.
Todo el término de Concha es poco accidentado y dedicado a la agricultura y bosques. Existen canteras de jaspe encarnado y amarillo. En su término se encuentran los restos del antiguo pueblo de Chilluentes, que aún estaba habitado en el siglo XVII. Quedan restos de edificios, fragmentos de una torre vigía y ruinas de la que fue su iglesia, muy probablemente de estilo románico, dedicada a San Vicente Mártir.