| Altitud: 1.337 m. Censo Habitantes: 32 Distancia de la capital: 105 Km. |
Codes |
![]() |
El lugar y sus gentes
Las sabinas y los pedregales baldíos nos
acercan a Codes, andando un tanto a la deriva por el ramal de
carretera que tomamos a la salida de Maranchón. El pueblo nos
coge por sorpresa, colocado sobre la cumbre de un cerruco viejo,
faldeado por laderas infecundas, expuesto a todos los vientos. La
carretera, en cambio, es magnífica, poco transitada, y al final,
casi a punto de iniciar el ascenso, el bosque de sabinas se
vuelve apretado y espeso. El viajero, que siente cierta
predilección por los pueblos colocados en alto, comparte la
soledad del camino con el gozo de lo que espera ver, mientras
asciende salvando curvas de vértigo, por el redondo corpachón
del cerro hasta la cima, hasta la antena metálica, hasta las
casas donde vive la gente, más o menos en torno a una especie de
laguna que en pueblo conocen por el Navajo, y que ocupa el centro
de una plaza con ese mismo nombre.
La balsa del Navajo es la principal novedad del pueblo de Codes.
Son casi las doce de la mañana. El viento de la vega sube hasta
el pueblo con olor a campo. No encuentro señal de vida humana
por ninguna parte. Tras la barbacana que separa la laguna del
ábside la iglesia, hay escrito sobre una placa asida al muro de
piedra: "En homenaje al hermano Crispín Martínez,
misionero en Ghana. 24-6-1983". Girando por las calles hacia
donde, una detrás de otra las esquinas te quieren llevar, uno se
encuentra con carteletas municipales en las que dice. Calle del
Castillo, Calle de las Peñuelas, Calle de Justo Flores, Plaza de
Juan García. En la calle de Justo Flores, antes de la Iglesia,
queda su recuerdo escrito sobre una lápida blanca, en la que se
cuenta cómo fue sacerdote, hijo del pueblo, y que murió
asesinado en Madrid el 20 de agosto de 1936.
Al atrio de la iglesia se entra por cualquiera de los dos arcos
que limitan el pretil en sus caras de poniente y de levante. El
primero de ellos se construyó en 1549.
La ermita del Buen Suceso está ligeramente apartada del pueblo.
El paseo hasta el pequeño santuario de la Patrona cuenta con
unos horizontes privilegiados. Desde el colosal altiplano que nos
lleva hasta la ermita, se alcanza a ver una porción
completísima de las tierras del Señorío. A lo lejos, como
puntos encendidos por el sol en medio del campo, se divisan los
pueblos de Labros y de Amayas, y más cerca de nosotros el mar
inmenso de los sabinares, de los robles, de las carrascas, por
donde buscan alimento desde las primeras horas del día las
ovejas de un rebaño.
Un curioso techadillo da paso a la ermita. sobre la pared, en
este Codes de placas y leyendas, hay un azulejo antiquísimo:
"Hermita de la Birgen del Buen Suceso de Codes". Así
lo dice, así lo dejamos, y así nos gusta que esté, sin que con
ello se pretenda justificar la ignorancia ortográfica de los
artesanos de la época, cien o doscientos años atrás.
La historia
El caserío de Codes muestra en su cerrada
unidad pétrea el aspecto de ciudad murada, de fuertes defensas a
más de las naturales. Y es que se sabe de cómo en su origen fue
un torreón o castillo lo que asentó sobre el cerro, y en su
derredor fue luego surgiendo el caserío.
Estuvo primitivamente, en el siglo XII y a raíz de su
reconquista, incluido en el Común de Calatayud, según se
especifica en el Fuero que a esta Comunidad bajoaragonesa
concedió en 1122 el rey Alfonso I el Batallador, y en el que se
indica que Codes era una señalada fortaleza fronteriza, pero
pronto quedó por el Común de Tierras de Medinaceli, estando
desde el siglo XV en el señorío de los La Cerda, y formando por
lo tanto en el ducado de Medinaceli.
El patrimonio
El conjunto del pueblo, todo él construido con grandes sillares
de piedra gris, es de fortaleza. Destaca en él la iglesia
parroquial, que en su parte norte ofrece un atrio circuido o
limitado por altos muros de sillarejo con entradas a levante y
poniente, en un conjunto de gran belleza y fuerza evocadora. La
iglesia es obra del siglo XVII sin interés artístico especial.
En su interior destaca una magnífica talla de la Virgen de
Guadalupe.