Altitud: 1.115,5 m.
Censo Habitantes: 146
Distancia de la capital: 134 Km.

Cobeta


 El lugar y sus gentes

No son estos pueblos de las bajas tierras de Molina los que conozco mejor de manera práctica, es decir, por haber llegado a ellos con asiduidad, por haber pisado repetidas veces sus plazuelas y sus rincones, por haber conversado con sus gentes el tiempo necesario para llegarlas a conocer a fondo, como conozco a las de otras comarcas a las que he tratado más habiendo tomado parte a veces de sus dichas y de sus desencantos, de sus inquietudes y de sus horas de gozo.

Andar por estos pueblos siempre a trasmano, tan al margen de las principales vías de comunicación que recorren la Provincia, es como un lujo que no suele uno permitirse a diario, sino de tarde en tarde. La mañana es de esas dulces y deleitosas del mes de mayo. Todavía no dieron las diez y me encuentro junto a la alambrada que cierra la dehesa de Solanillos, la magnífica finca que la Diputación Provincial posee por estos pinares. Es un conjunto de edificios sólidos y de buena traza que llaman la atención en pleno bosque. Los pinos se muestran alrededor altos y corpulentos, enseñando muchos de ellos en su rugoso tronco los cortes de la sangría.

Cobeta comienza a distinguirse al bajar en la media distancia. Ya se ve lo que todavía queda de la torre del castillo de los Tovar clavada sobre el otero en donde estuvo la fortaleza. El torreón, primera enseña distintiva de la villa de Cobeta, es solamente la mitad del alto cilindro de piedra cortado de arriba a abajo como a cuchillo. La historia y la leyenda se adormecen sobre el triste residuo de la torre del homenaje, ahora en claro contraste con el verde de los huertos de la veguilla, con el turbio manto de pinar y de sabinas que tiene al otro lado.

Unos ancianos, aupados por el sol de las doce, recogen velas en los escalones de la puerta de la iglesia donde estaban sentados y buscan acomodo en la primera sombra que encuentran cerca de allí. La iglesia es un edificio enorme, situada en la plaza del pueblo; sobre el arco se ve escrito el ano en el que concluyeron las obras, el 1753. La iglesia presenta por dentro una amplia nave, un bellísimo retablo policromo con dorados, trabajo benemérito del maestro de arquitectura y talla Juan de Sancho, de a finales del siglo XVII, y un órgano del que los hijos del pueblo se sienten orgullosos.

Nadie me ha sabido explicar, ni aun como rumor siquiera, algo acerca de la fábrica de fusiles que cuando la guerra de la Independencia tuvieron instalada en Cobeta los molineses. Sí, en cambio, tenían cumplida noticia de que un alcalde de Madrid, don Santos López Pelegrín, miembro destacado de una ilustre familia de la que después se dará noticia, fue hijo de este pueblo.

La piedra arenisca de color rojizo tiñe de un tono característico las casas de Cobeta. Los habitantes del pueblo han sentido siempre una inclinación manifiesta por las viviendas sólidas, de piedra pura, llamativas en su forma y espectaculares a veces en su tamaño y en su distribución. Ahí están para dar fe de esta idea un grupo de casas redondas, a juego con la torre del castillo que tienen frente a ellas al otro lado del pueblo; casas en roca labrada de hace un par de años, que tuve ocasión de fotografiar cuando estaban a medio hacer y que refuerzan, muy dignamente, por cierto, el patrimonio general de la villa como muestra simpar de aquel magnífico escaparate.

—No se marchará usted sin subir al castillo.

—ya subí una vez. Hoy creo que lo voy a intentar de nuevo.

—se sube bien. Todo el que viene de fuera no se va sin subir al castillo. Desde arriba se coge de un vistazo todo el pueblo, y el pinar, y la vega; pero falta la mitad de la torre. Desde aquí no se nota; es justamente lo queda detrás lo que falta. Los hoyos que hay en el alto son trincheras de cuando la guerra que se han hundido.

Uno siente devoción por estos pueblos donde el peso de su historia prevalece escondido, tal vez a perpetuidad, en las piedras de los viejos edificios. Alguien difo que entre los muchos valores que tuvo Cobeta estaba el de sus canteras de hierro, que hubo de abandonar por ser de una calidad demasiado fuerte y no unía con el producto más común extraído en otros lugares. He sabido del incendio sufrido por sus dos herrerías, la del conde de Salvatierra y la de los Pelegrines, el día 6 de abril de 1840, por las tropas carlistas del general Balmaseda, y que fue preciso reedificar con muy alto coste para su segunda puesta en funcionamiento. En fin, todo el bagaje oculto de estos pueblos cuya simple presencia, su sólo estar allí y seguir existiendo -quién sabe por cuanto tiempo- son un motivo más de gratitud al pasado, precisamente ahora, cuando a finales del siglo y del milenio tanto trabajo cuesta mirar hacia atrás con benevolencia.

La historia

Le viene su nombre a este pueblo de la torre o cubo que siempre vigiló su caserío. La más remota historia pone su origen en la repoblación cristiana de la zona, perteneciendo desde un principio al territorio del señorío de los Lara, gozando de su Fuero. Parece ser que en 1153 don Manrique y su esposa doña Ermesenda donaron Cobeta al Cabildo de la Catedral de Siguenza, pero el hecho es que durante el siglo XII y casi todo el XIII, este lugar estuvo incluido en el Común de Molina, siendo en 1292 cuando, por testamento de la señora del territorio, doña Blanca Alfonso, pasó por donación a pertenecer al monasterio de monjas cistercienses de Buenafuente del Sistal, junto a sus anejos del Villar y la Olmeda. En el siglo posterior, concretamente en los mediados del XIV, un caballero denominado Francisco de Tovar se aduanó de Cobeta y su comarca, pero las monjas lograron les fuera devuelto. Finalmente, en el segundo cuarto del siglo XV, otro caballero de la misma familia que el primero, don Iñigo de Tovar, se apoderó de este pueblo, logrando que oficialmente reconociera el rey Juan II esta usurpación, y dando a las monjas, en cambio, el lugar de Ciruelos. En la familia de los Tovar, emparentada luego con los Zúñigas, más tarde marqueses de Baides, quedó durante siglos este pueblo y sus anejos, el Villar y la Olmeda, más el caserío de Torrecilla del Pinar.

El patrimonio

La antiquísima torre fue rehecha por don Iñigo López Tovar, poniendo sobre el breve cerro un castillo al estilo de la época, para que sirviera no sólo de circunstancial defensa contra las incursiones de los aragoneses y navarros por la región, sino de morada para él y su familia. Allí murió, en 1491, este señor, que dispuso ser enterrado en la parroquia de la villa. Sobre la puerta del castillo tenía colocadas sus armas talladas en piedra.

Del castillo de Cobeta, que tenía un recinto cuadrado con cubos en las esquinas, y una torre del homenaje cilíndrica con almenas sobre el grueso molduren de su remate, sólo quedaba la mitad de ésta, hueca y desalmenada, en inestable equilibrio con la vertical y la historia, ya tan lejana, de pasados siglos, hasta que hace pocos años la reconstruyeron con esfuerzo sus vecinos, viéndose hoy de nuevo entera y verdadera.

En el caserío, de cuidadas calles y grandes casonas de recia sillería rojiza, destaca la iglesia parroquial, inexpresivo edificio del siglo XVII, en cuyo interior puede admirarse un retablo mayor barroco y un enorme órgano en el coro alto.

Existe en la calle principal una casona con portalada de barrocas tallas en sus jambas, y dintel, característico ejemplar del modo de decorar su vivienda la burguesía rural molinesa en el siglo XVIII.

La ermita de la Virgen de Montesinos

En su término, sobre el valle del río Arandilla, y en un lugar de extraordinaria belleza, en que las altas rocas de arenisca rojiza se mezclan con la exuberante vegetación, está la ermita de Nuestra Señora de Montesinos, un gran edificio de portón adovelado, con buena guarnición de hierros, y su interior cuajado de recuerdos marianos de esta venerada advocación, de la que se cuenta un origen legendario: se apareció María a una pastorcilla manca, y le ordenó que avisara al capitán moro Montesinos, que guardaba el fuerte castillo de Alpetea para el rey de Valencia, y le anunciara que ante él haría un gran milagro. La Virgen restituyó a la pastorcilla el brazo que le faltaba, y el capitán, impresionado, se convirtió al cristianismo y erigió en aquel lugar una ermita. En ella se reunen las gentes de todos los lugares del entorno (Cobeta, el Villar, la Olmeda, Torremocha, Torrecilla, Selas, Anquela y Aragoncillo) en alegre romería la víspera de la Asunción. Es lugar que no debe dejar de conocer quien quiera llevar la mejor imagen de la Guadalajara inédita. Pero ha de hacerlo en excursión a pie, desde Arandilla, o desde Cobeta Sabrá mejor el recuerdo.

Personajes

De Cobeta son originarios una serie de personajes ilustrados, que vivieron en los siglos XVIII y XIX: los López Pelegrín. Entre los miembros de esta familia, destacados unos y otros por cualquier razón, debemos recordar a:

Destacó esta familia como defensora de la cultura y de las artes, tanto en España como en Ultramar.