| Altitud: 1.280 m. Censo Habitantes: 46 Distancia de la capital: 100 Km. |
Clares |
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El lugar y sus gentes
Uno de los lugares más distinguidos de
aquella serrezuela, incorporado hoy al ayuntamiento de
Maranchón, es el pueblo de Clares. Escaso en número de
habitantes, pero de los pueblos más interesantes que uno pueda
encontrar por aquellos -que en cierta ocasión me atreví a
calificar- valles del silencio.
"A Clares 8 km.", advierte un indicador a la salida de
Maranchón. Para subir a Clares la carretera es estrecha. Cuando
anduve por allí la última vez, siempre que viajaban dos
vehículos en dirección opuesta y se cruzaban en cualquier
tramo, uno de ellos debía parar por prudencia y acercarse a los
bordes para que el otro pudiera pasar; una carretera que va
dibujando por medio de curvas y altibajos la complicada línea de
su trazado. El campo al subir es páramo casi todo él, sin
vegetación apenas. Sólo en el fondo de algunos vallejuelos
verdea el mantillo tierno de la cosecha. Cuando se da vista a las
casas de Clares, pero a cierta distancia aún para llegar a él,
queda a mano izquierda la ermita patronal de la Virgen de Lluvio,
con la extraña estampa que dejó sobre ella la mano del
restaurador, a mi modo de ver fuera de todo gusto y de todo
estilo. Cuando uno se asoma por los ventanucos de la ermita,
percibe la oscuridad de la nave y adivina el olor característico
a humedad que suelen tener en su interior este tipo de edificios,
cuyas puertas apenas se abren en una o en dos ocasiones cada
año.
Clares, el pueblo, queda semiescondido al otro lado de un Otero
que lo libra del viento de poniente. Cuentan que en uno de los
cerros más próximos al pueblo hay enterrado un rey persa, un
rey de reyes, y que aunque los universitarios de Zaragoza han
pasado a hurgar por allí varias veces, han encontrado
"hallazgos", pero de los restos del rey persa nada de
nada.
Fue iglesia asilo ésta de Clares. La portada en arco de la
iglesia de Santa María tiene junto a ella clavada en la pared
una cruz de madera envejecida por las aguas, los soles y los
vientos; recuerdo seguramente de alguna semana de misión de hace
cincuenta años. En la torre hay una piedra en la que todavía se
puede leer "A 1693 ÑO", fecha del remate de las obras
con toda probabilidad. En algún escrito de 1850 se asegura que
hubo un reloj municipal bastante bueno en el campanario. La
población es exigua, como ya se dijo, y entre las viviendas
predomina lo viejo de piedra oscura sobre lo nuevo.
Es fiesta grande el domingo siguiente a la Ascensión, cuando
sacan por el campo la imagen de la patrona en procesión hasta la
ermita, lo que constituye un espectáculo pintoresco y emotivo.
La historia
Tras la reconquista de la zona, dependió del Común de
Calatayud, que aquí tenía puesto un torreón vigía, y
enseguida quedó adscrito al alfoz y Común de Villa y Tierra de
Medinaceli, quedando en el siglo XV bajo el señorío de la
poderosa familia de los La Cerda, y por ello incluso en el
llamado -tanto geográfica como históricamente- ducado de
Medinaceli.
El patrimonio
En su término se ha encontrado una necrópolis celtibérica de
la edad del Hierro, perteneciente al pueblo de los tittos. En el
pueblo destaca, a su entrada, la humilde ermita de Nuestra
Señora del Yugo, y junto a la aneja olma de la plaza, la iglesia
parroquial dedicada a la Virgen del Rosario, es un edificio
sencillo y carente de interés arquitectónico. En un sillar de
su espadaña figura la fecha de 1693 como indicativa del fin de
las obras. En su interior destaca la pila bautismal románica; el
retablo mayor, obra del siglo XVII, todo él de talla con las
estatuas de la Virgen, San Pedro y San Juan Evangelista, y un
magnífico grupo de La Piedad en el remate, y pequeñas
figurillas representando santos, virtudes, etc., distribuidas por
columnas, balaustres y frisos, todo ello muy en la línea de los
talleres de talla seguntinos; otros altares menores son los
dedicados a la Virgen de la Cabeza, la Virgen del Yugo,
pequeñísima imagen de las denominadas "de arzón", la
Virgen del Rosario junto a dos tallas de dominicos que en el
pueblo tienen por San Fabián y San Antón, y, finalmente, un
pequeño e interesante altar barroco con buena talla del Cristo
del Buen Socorro.