| Altitud: 1.354 m. Censo Habitantes: 21 Distancia de la capital: 185 Km. |
Chequilla |
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El lugar y sus gentes
Hoy estamos en un pueblecito espectacular,
en un pueblo extraño, en el más pintoresco y singular de todos
los pueblos serranos de la tierra de Molina. Desde los bordes
pinariegos de la carretera, Chequilla se vislumbra en la media
distancia como un conjunto de casas blancas, distribuidas quizá
sin demasiado orden, que se pierden al pie de unas inmensas moles
de piedra oscura, algo así como colosales meteoritos que se
hubieran desprendido del espacio y hubiesen clavado allí su
raíz cuando la aparición del hombre sobre la tierra era sólo
un proyecto.
Demasiado bonito para pueblo, dicen los que viven en Chequilla de
continuo, a la vista de lo que suelen opinar los visitantes que
por allí ruedan a lo largo del año. La peña del Trascastillo
es la más céntrica y la más conocida de las que comparten
espacio con las casas del pueblo. Dicen que cuando iluminan de
noche la peña del Trascastillo, la visión, entre los
volúmenes, la luz y las tinieblas, parece como algo misterioso
de otros mundos.
La pequeña iglesia del lugar será tal vez el monumento más
distinguido. La fachada y la espadaña son de piedra rojiza,
material éste que abunda en las canteras de la comarca. La
iglesia tiene a su respaldo un hondo plagado de vegetación. Al
otro lado las laderas pinariegas de la Vaqueriza, donde crecen
con todo a su favor las tres especies más comunes de nuestros
bosques: el pino negral, el rodeno y el silvestre. Al pie del
barranco cruzan, perdidas entre la vegetación, las aguas del
río Cabrillas.
Las fiestas mayores en honor del Santo Cristo se celebran ahora
durante los días 18 y 19 de agosto. Cuentan los chequillanos que
en esos días acude a su pueblo la comarca entera. Las capeas
resultan insólitas. Chequilla cuenta con una plaza de toros
única en todo el planeta. Queda un poco en las afueras, al cabo
de una senda que cruza por mitad de los huertos. Es un cerco
natural, completamente plano, rodeado de riscos que alcanzan
entre los cuatro y los diez metros de altura. Los chequillanos
cierran con palos los posibles escapes de las reses y contemplan
el espectáculo sentados encima de las peñas, cuyos entrantes y
salientes roídos por la acción de la Naturaleza, son
aprovechados como palcos en los que se acomoda la concurrencia.
El espectáculo resulta irrepetible.
Desde la plaza de toros natural son eriales lo que se ve
alrededor, y huertos con el pueblo al fondo, bandadas de palomas
que anidan en los escondrijos de las peñas, pedruscos sueltos
sobre la altura recortando el azul, en desafío a las leyes más
elementales del equilibrio.
La historia
Es pueblo de ninguna historia y escasa importancia demográfica,
con recursos basados en la ganadería y lo forestal, pero
potencialmente se trata de un importante bastión de turismo y
descanso.
El patrimonio
El conjunto de edificaciones, escasas, del pueblo, es realmente
sorprendente, pues todas ellas son construidas de sillar
arenisco, y posteriormente recubiertas de cal, lo que le confiere
un aspecto andaluz que tiene su explicación, dada la costumbre
de sus habitantes de emigrar llevando ganados hacia Andalucía en
los inviernos, y regresar en el corto estío a su tierra serrana.
Entre el caserío surge la sencillísima iglesia parroquial, obra
en su estado actual del siglo XVIII, con espadaña escueta a los
pies, y un interior de nave única y retablo mayor de estilo
barroco, construido en 1799 por Cristóbal de Garay. A un extremo
del pueblo, es digna de visitar la plaza de toros, única en
España que está completamente tallada en la roca, con
graderíos también tallados y un único resquicio al espacio
exterior por donde se introduce al toro en el ruedo.
El término es también de gran belleza, y destaca en él la
serie de formaciones rocosas que conocen como "las
Quebradas" de Chequilla, en que se ven grandes y extrañas
masas rocosas salpicando con su rojizo tinte el verde oscuro de
los bosques y pradales que completan el territorio.