| Altitud: 1. 080,1 m. Censo Habitantes: 12 Distancia de la capital: 140 Km. |
Castilnuevo |
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El lugar y sus gentes
Los niños ciclistas de Molina y los mañaneros practicantes del footing, se llegan a Castilblanco muchas mañanas aprovechando las distancias, cortas más bien, y la habitual tranquilidad de la carretera. Quisiera no equivocarme, pero creo que desde hace quince años no vive nadie de manera continua en Castilnuevo. Suele acudir gente a diario desde Molina, eso sí. Algunos de los aborígenes han acondicionado las viviendas de sus padres y se han preparado en aquel pequeño paraíso un hogar para los días de descanso; pero concluido el período de vacación, la gente se va y el pueblo vuelve a quedarse solo.
Quien se acerca por primera vez a Castilnuevo recibe apenas entrar la visión, veladamente fantasmal, de su antigua fortaleza dominándolo todo; el agrio sabor de sus murallas, siendo y no siendo a la vez parte integradora del pueblo habitado. La tremenda mole de vieja fábrica que domina sobre las casas es mitad habitáculo, mitad castillo. Con la seriedad de sus torres cuadradas, de sus murallones, arcadas y adarves, comparten el voluminoso corpachón del edificio las ventanas de cristales y las persianas enrollables de quitasol.
Arriba, en el barrio alto de junto al castillo, uno encuentra misterio y soledad por todas partes, viejas casas en ruinas y otras reconstruidas, pintadas de blanco y con las puertas cerradas, seguras como la portona bajo arco del castillo al pie de los adarves, que fija un grueso cerrojo de buena forja.
El mundo en Castilnuevo queda abajo, en la amplia explanada que va desde lo que fue la escuela de niños hasta el puentecillo sobre el río Gallo. Allí juegan y se recrean a la sombra de los árboles los chavales de Molina que fueron a pasar la mañana, y han dejado, como en una parva de hierro y caucho, todas en el suelo, sus bicicletas junto a los troncos de la chopera.
Alguien me contó en un anterior viaje y así lo intento recordar que algunas de las viviendas, todas iguales, que siguen camino adelante en la misma manzana que estuvo la escuela, ni siquiera se llegaron a estrenar, porque el pueblo se quedó sin gente antes de que las ocuparan.
La pequeña iglesia que hay en las afueras, junto al río, tiene una bonita estampa romántica, becqueriana, repleta de hierbas y de misterios. Las lagartijas reptan por las piedras de la vieja iglesia y se esconden en los agujeros. El pequeño atrio está tomado por la maleza, por las plantas trepadoras que se empeñan en subir hasta el campanario, y por las hojas de santamaría que han crecido a cientos o a millares favorecidas por la humedad del río. Y al lado el puente sobre el Gallo. Las aguas bajan mansas, claras, limpias dicen que hasta se pueden beber , por debajo del puente. Se nota al pasar que el Gallo ha recibido ya las aguas del manadero Borbullón, que dobla su caudal antes de entrar en Molina. Bajo el puentecillo del río, la gente recuerda con nostalgia las redadas de cangrejos que se sacaban a la superficie apenas echar el retel, antes, claro está, de la epidemia fatal que los llevó al exterminio. Ahora, por aquellos remansos, río abajo, los pescadores con fortuna suelen ver, y a veces capturar, alguna trucha por lo general de gran tamaño de las que se esconden y se alimentan entre las ovas y las algas del cauce.
Ante la situación de extrema soledad en la que queda el pueblo cuando se marchan los chiquillos de las bicicletas, el silencio de las piedras y el de las aguas mansas, el zurar de las palomas en la cubierta del castillo, uno piensa en la posibilidad de que allí pudo estar, desde luego en la mente creadora de don Miguel de Cervantes, la Insula Barataria que gobernó Sancho, y que algunos estudiosos han situado en aquel sitio, habida cuenta de que el autor de «El Quijote» conocía el lugar personalmente, debido a sus frecuentes viajes a la Cueva del Hierro, que queda poco más al sur en plena Serranía de Cuenca. No sabemos si es cierto, pero creemos en esa posibilidad y nos gusta imaginarlo.
La historia
Este lugar de Castilnuevo aparece mencionado en antiguas crónicas aragonesas, que afirman fue ocupado por el real de batalla de Alfonso I de Aragón en su definitiva presencia conquistadora del territorio molinés. Quizás desde aquí, una legua río arriba de Molina, cercó o acechó a la ciudad del Gallo. De este modo afirmaba el interés estratégico que luego, siglos después, fue confirmado por los señores molineses, cuidando al máximo este enclave. En el Fuero que concede don Manrique de Lara en 1154 también se menciona Castilnuevo como señalado enclave fuerte de su recién creado dominio. En el testamento de la quinta señora, doña Blanca de Molina, aparece también citado el lugar, y protegido. De tal modo que siempre se retuvo, como la capital del Señorío y el castillo de Zafra, en poder de los Lara y luego de los Reyes de Castilla.
En 1363, el rey Pedro I el Cruel, atento a ganar voluntades de los nobles de su reino, en la dificil lucha establecida con su hermanastro Enrique donó el lugar y fortaleza de Castilnuevo a don Iñigo López de Orozco, poderoso magnate dueño de grandes dominios en lo que hoy es provincia de Guadalajara. De este modo, fortificaba con su poderío la frontera con Aragón, tan cercana y tan batida en esa época. A la muerte de Orozco, Castilnuevo pasó en herencia a sus cuatro hijas Teresa, Mencía, María y Juana. Don Pedro González de Mendoza, casado en segundas nupcias con Teresa López, la mayor de ellas, compró a sus cuñadas las partes que le habían correspondido, y así quedó en poder único del Mendoza primero que asentó y se hizo fuerte por Alcarrias y Serranías de Guadalajara. Don Pedro lo dejó en herencia a sus hijos doña Mencía (casada con don Gastón de la Cerda, conde de Medinaceli) y don Iñigo Hurtado, dejando incluso una parte de los derechos en el mayorazgo, que ostenta don Diego Hurtado de Mendoza, almirante de Castilla. Ambos tres declinaron sus derechos en su hermana Elvira, en 1380, a quien se lo dieron en dote por matrimonio. Tras varios pleitos, en que ésta quiso vendérselo o cederlo a don Juan Ruiz de Molina o de los Quemadales, el «caballero viejo», y sus hermanas impedirlo, vino al fin a manos de don Iñigo Hurtado de Mendoza, el creador de la rama de «los Mendoza de Molina». Heredó Castilnuevo su hijo Diego Hurtado de Mendoza, junto a la alcaidía del alcázar molinés. Este fue primer conde de Priego, por merced de Enrique IV en 1465. Este caballero sostuvo largas y enconadas luchas con el caballero viejo Juan Ruiz y sus hijos, por cuestiones de señorio sobre El Pobo, con pleito casi secular que, en ocasiones, se resolvió en lucha armada, teniendo por intérpretes a los castillos de Embid y Castilnuevo. Este enclave, sin embargo, permaneció en poder de los condes de Priego hasta el siglo XIX.
Es de reseñar también que este lugar figura, con toda probabilidad, en una de nuestras más señaladas piezas literarias cual es el Quijote de Cervantes. En la aventura de la «ínsula», el castillo de los duques y las diversas peripecias que en él ocurren, pueden identificarse aquí, en Castilnuevo, lugar que el autor conoció personalmente, así como a sus señores, y consideró que podía servirle de base a su graciosa y significativa peripecia.
El patrimonio
El viajero podrá admirar aún la recia estampa del antiguo castillo, aunque ha quedado ya desfigurado por sucesivas reformas. Está enclavado en un altozano sobre el valle, y en principio, tuvo una barbacana o recinto exterior, prácticamente desaparecida. Esta se aprecia mejor frente a su fachada, en el muro norte: son arcos dobles, y la puerta se halla franqueada por sobresaliente torreón seguido de un lienzo que corre hasta la recia y cuadrada torre mayor. Su aspecto es imponente, y, aunque luego fue utilizada como casa de recreo, meramente residencial, todavía puede el aficionado a castillos contemplar una silueta valiente y un rancio bastión de la Edad Media.
El castillo se rodea de un caserío escueto, en el que abundan curiosos ejemplares de arquitectura popular, con edificios de viviendas, signos geométricos en sus fachadas, así como recintos para almacenamientos de productos agricolas. En el extremo norte del poblado, algo retirada, se encuentra la iglesia parroquial que corresponde en su origen al momento mismo de la repoblación, y así muestra una estructura de una sola nave, con espadaña a los pies, y portada al norte, de traza semicircular, sencilla, con bolas talladas. El interior sólo presenta algún que otro retablo, popular y moderno, sin interés.
En el término, además de los sotos que rodean el curso del río Gallo, rico en cangrejos y pesca, aparece el manantial denominado «el Burbullón», que arroja un caudal suficiente para doblar las aguas que lleva el Gallo hacia Molina.