| Altitud: 1. 113,6 m. Censo Habitantes: 162 Distancia de la capital: 169 Km. |
Campillo de Dueñas |
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El lugar y sus gentes
Cuando el forastero, después de un largo viaje de ida, se hace presente en la plaza de Campillo de Dueñas, los hombres que toman el sol en una de las esquinas le preguntan si ha venido a ver el castillo de Zafra. El forastero les responde que no, que hace poco estuvo por allí y que, efectivamente, después de la restauración y vuelta a levantar la torre del homenaje, es un espectáculo impresionante que todo el mundo debiera conocer.
Ahí sí que se dejó un chorro de cuartos el señor Sanz Polo.
Ya lo creo. Pero bien que ha merecido la pena.
En Campillo de Dueñas descansan junto a las puertas de los almacenes en las orillas los aperos de labranza, de la sementera y de la recolección. Es un pueblo agrícola, como puede verse. Campillo, limpio y bien acondicionado, se extiende de extremo a extremo por la Calle Mayor, en cuyo centro se abre el canal. Como en viajes precedentes, uno sigue calle adelante dejando en lo ya andado los principales motivos que conviene destacar: la Plaza Mayor, con el frontón de pelota y el ayuntamiento a mano derecha, y el edificio erguido y grácil de la iglesia al otro lado de la calle, uno de los templos más ricos y vistosos de toda la diócesis, con su magnífico retablo mayor, obra del maestro de Bello, Miguel Erber, y que con todo el edificio parroquial consta que fue inaugurado y puesto al culto pomposamente el 29 de julio de 1732.
Campillo de Dueñas es un pueblo excepcionalmente levítico, sin duda el que más sacerdotes y religiosos ha dado a la Iglesia durante los últimos dos siglos dentro de la provincia, y en proporción, seguro que también en toda España. Más de doscientos clérigos y religiosos (hombres y mujeres) de las distintas Ordenes, se cuentan entre los nacidos allí, y de los que queda constancia. En la actualidad es muy posible que pase de veinte el número de hijos del pueblo que ejercen su ministerio en distintos lugares, principalmente en las diócesis de Madrid.
Una fuente con dos caños, farola central y un largo abrevadero, se estira a mitad de la Calle Mayor. Los vehículos suelen dar la vuelta pasada la fuente y parar a la altura de la plaza con dirección a la salida. Los hombres de Campillo son amables, conersadores, expertos en los trabajos del campo; y sus antepasados, aquellos que empleaban para cultivar las tierras el arado romano de toda la vida tirado por la yunta de mulas, contaron entre los buenos tiradores de barra y competentes jugadores de pelota, cuando, para el caso, ni siquiera había un frontón en el pueblo, por lo menos en las condiciones del que ahora tienen.
La gente se marchó hace años a vivir a Madrid, a San Feliu, a Zaragoza y a Barcelona, y en el pueblo quedaron cuatro de ellos, según cuentan. No hay donde tomar café a media mañana, porque el poco de bar no lo abren hasta por la tarde y en los fines de semana, por falta de clientela. A pesar de todo, es un pueblo alegre y elegante, con movimiento incesante de tractores y de maquinarias que andan de continuo por las calles y por el campo, con unos sembrados, en fin, que son una verdadera envidia.
Sí, pero lo mueven todo las máquinas. La gente está por demás. Luego, en verano, sí; entonces vienen todos, pero se van otra vez y aquí nos dejan solos a pasar el invierno.
En las afueras del pueblo está la ermita patronal de Nuestra Señora de la Antigua. Las gentes tienen una gran devoción a su Patrona, y la ermita suele estar celosamente atendida en cualquier época del año.
La fiesta mayor, a la que acuden los campilleros de los cuatro puntos cardinales, se celebra con gran pompa el 24 de agosto de cada año.
Calienta el sol al hilo del mediodía en la Calle Mayor. La recia portona con jambas y dintel de sillería de la casa de la señora Miguela, se ve al fondo abierta de par en par. La señora Miguela es de las pocas mujeres que todavía siguen amasando para las fiestas sus exquisitas «tortas de alma», la especialidad sobre todas las demás de la tradicional repostería campillera, y con tendencia a desaparecer, lo que ya sería una pérdida lamentable. De vuelta, muy cerca de los límites municipales de Campillo de Dueñas, blanquean los almacenes y las casas de La Yunta, el pueblo rival, y mucho más lejos, al otro lado de los sembrados, como fondo a la llanura inmensa de los trigales, la señorial villa de Tortuera, la de los escudos heráldicos y los antiguos palacetes en donde la historia se adormece, y por la que uno siente cierta velada devoción.
La historia
Fue creado, sin duda, en la repoblación del territorio molinés, cuando don Manrique de Lara creó Señorío sobre el Común de villa y tierra de Molina, y concedió Fuero y libertades al país y a sus gentes. Quiere la tradición que el sobrenombre que tiene Campillo «de Dueñas» es referido a que fue señorío de dos mujeres, doña Inés y doña Beatriz de la Cueva, últimas habitadoras del lugar cuando en el siglo XIV, y principios del XV, las continuas guerras entre Castilla y Aragón forzaron a la despoblación de la localidad. Después, el Común de Molina pidió a la reina Isabel la Católica que declarase todo el término de Campillo, en calidad de territorio yermo, propiedad comunal. Y así ocurrió en 1479. Pero años después, ya en el siglo XVI, Campillo se repobló con nuevas gentes llegadas dispuestas a la utilización de sus términos para pasto, y un largo pleito llevado ante la Cancillería de Valladolid acabó en 1581 favorablemente a los nuevos pobladores del lugar. Desde entonces fue Concejo perteneciente al Señorío al Rey, y partícipe de los derechos comunales del Señorío molinés.
El patrimonio
Como edificio interesante hay que destacar la iglesia parroquial que es de enormes dimensiones, está aislada del pueblo, a saliente, y es obra hecha de una vez en el siglo XVII, en la segunda y definitiva repoblación. Muestra la portada, en alto, sobre el muro oeste, y se escolta de una bella torre de ornamentación barroca. El interior es de una sola nave, con planta cruciforme, y gran cantidad de altares barrocos, con profusión decorativa del mismo estilo por bóvedas, pilastras y frisos. Es un templo que impresiona de riqueza y grandiosidad. Entre las tallas barrocas a señalar, destacan las de San Pascual Bailón, San Roque y San Antón Abad. En el crucero, dos buenos altares con pinturas sobre tabla representando santos dominicos en el uno, y un Calvario en el otro. Son de Miguel Herber, uno de los mejores maestros de hacer retablos del siglo XVIII. También es de este autor el altar mayor, que se muestra con proporciones gigantescas, de un pesado barroquismo. Fue realizado entre 1743 y 1746, y consta de un cuerpo de seis columnas. Por los muros se reparten algunos cuadros oscuros, de la misma época todo.
A la salida del pueblo aparece la ermita de Nuestra Señora de la Antigua, patrona de Campillo; la tradición de este edificio es muy antigua, pero la construcción es de hace unos cien años, por lo que no muestra mérito artístico ninguno.
El castillo de Zafra
En término de Campillo de Dueñas, sobre la vertiente meridional de la sierra de Caldereros, se encuentra el antiquísimo castillo de Zafra, uno de los más representativos del Señorío molinés, y que bien merece un paseo hasta sus ruinas cargadas de belleza y melancolía. La mejor forma de llegar a él es desde el cercano pueblo de Hombrados, por caminos que atraviesan siempre verdeantes praderas; pero también desde Campillo puede arribarse a la fortaleza, preguntando en el pueblo. En una sinclinal de roja peña tobiza, emergiendo como agudo navio sobre una larga y suave serie de praderas, se levanta el castillo, con sus muros completamente a pico elevados y cortados sobre los bordes de la gran roca. Un amplio recinto interno, con aljibe y dos patios, se circuia de alta muralla almenada, reforzada en sus esquinas y comedio de muros por torres fuertes. En su extremo nordeste se yergue la torre del homenaje, de dos plantas y curiosos detalles, como puerta gótica de arco apuntado, escalera de caracol, terraza almenada, etc.
La historia de este castillo de Zafra es densa y prolija en aconteceres guerreros. Parece ser que ya estaba levantado cuando el dominio árabe de la zona. Figuró en los términos (como límite más meridional) que dio Alfonso I de Aragón al Común de Daroca. Pero desde la creación del Señorío y Comunidad de Molina, perteneció a este territorio, siendo considerado, hasta el siglo XIII, el lugar más fuerte y seguro del mismo. Ello lo confirma el hecho de que cuando en 1222 el rey de León-Castilla Fernando III atacó Molina y amenazó a su tercer conde don Gonzalo Pérez de Lara, este se refugió con su corte en el castillo de Zafra, a la sazón inexpugnable, y desde luego preferido al de la capital, que entonces estaba todavía sin terminar del todo. Allí aguantó el asedio del godo y todo terminó algunos meses después cuando, con intercesión de doña Berenguela, madre del rey, se firmó el convenio, pacto o «concordia de Zafra» por la que forzaba al conde molinés a que nombrara heredera a su hija doña Mafalda, a la que no correspondía el derecho, y a que ésta se casara con el infante don Alfonso, hermano del monarca. De este modo, León-Castilla se inmiscuía ya muy señaladamente en la dirección del territorio molinés.
Siguió siendo Zafra, durante siglos, un fuerte castillo muy cuidado por los señores molineses y reyes castellanos y españoles que allí destacaron alcaide de probada fidelidad y honradez, durante varias generaciones pertenecientes a la familia de los Malo de Hombrados. Ya en el siglo XVI estaba en estado de ruina llamativa, y hoy ha renacido totalmente, recobrando su antigua grandiosidad, gracias al ejemplar esfuerzo que su actual dueño, don Antonio Sanz Polo, ha realizado para ponerlo en pie.
Cuentan las leyendas del contorno
que el aljibe que el castillo tiene en su superficie, es entrada
de varias cuevas y estancias subterráneas donde se podrían
albergar muchos soldados.
