| Altitud: 1.288 m. Censo Habitantes: 62 Distancia de la capital: 104 Km. |
Balbacil |
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El lugar y sus gentes
Al decir de su iglesia, que
majestuosa se deja ver desde que asomamos al alto, Balbacil
debió de ser en mejor hora un pueblo grande. Hemos detenido un
instante el automóvil antes de llegar para que nos diese de
plano sobre el rostro el viento frio de los vallejos que asoman
por el noroeste. Son las tierras en las que ahora pisamos hoscos
balcones del páramo a las que el hombre, a fuerza de sudor, se
empeñó en sacar de su corteza lo que jamás fue capaz de darle.
A nuestra izquierda en otro alcor vecino se recortan los tejados
ocre del pueblo de Codes, el de la espadaña altiva y su ermita
extramuros en donde se reza a la Virgen del Lluvio. A no mucho
más de un tiro de piedra, se yerguen los restos de un viejo
torreón, residuo, según se ve, de alguna fortaleza que la
Historia no tuvo a bien registrar en sus páginas.
Estamos ahora en la Plaza Mayor; una plaza ancha, dedicada al
general Moscardó Huarte. En el centro, con unas cuantas hojas
amarillas sosteniéndose en sus ramas, hay un chopo robusto y de
rollizo corpachón. Al subir por el barrio de los Olmos se ve
cómo toda la parte alta del pueblo está cimentada sobre rocas,
y los paredones de tantas casas deshabitadas son como un canto
sepulcral al espíritu del silencio. Sobre el dintel de un
ventanuco recuerdo haber visto marca una fecha antiquisima, la de
1556, año aquel en el que abdicó el Emperador Carlos I y murió
en Roma San Ignacio de Loyola.
Deben de vivir de continuo muy pocas personas en Balbacil. El
pueblo está callado, como los caminos por los que nadie va, como
la escuela de niños construida en los años sesenta, como el
campo que lo rodea. Balbacil tiene en sus orillas una laguna
curiosísima que la gente conoce por el Pozo Airón. en sus aguas
recogidas bebieron agua desde tiempos que nadie recuerda los
rebaños del pueblo. Se trata de una balsa tan grande como una
plaza de toros, cuyo fondo se ve plagado de hierbas verdes y de
florecillas blancas. Uno piensa que el nombre le fue impuesto en
memoria del dios Airón, supuesta divinidad a la que los pueblos
lusones de la Celtiberia veneraban con total entrega, y por
siempre consideraron como su habitáculo el fondo inexplorable de
las lagunas, en torno a las que jamás faltó la oportuna
leyenda.
El pueblo en tanto, Balbacil, el de la monumental iglesia
renacentista, bosteza en silencio a la espera -uno no sabe si de
la hora final-, elevando al azul de la mañana el ruinoso índice
de la Torre de las Palomas, allá donde la historia, no demasiado
lejana, marcó los limites del ducado de Medinaceli.
La historia
Tras la conquista de la zona en el
siglo XII, perteneció al Señorío y Común de Villa y Tierra de
Molina, pero luego pasó a depender del de Medinaceli, quedando
desde el siglo XV en poder de los La Cerda y, por tanto, en el
llamado ducado de su nombre
El patrimonio
Destaca la iglesia parroquial como
obra meritoria del siglo XVI, señalándose en la portada de
acceso, mediante un gran arco semicircular con decoración de
arquivoltas y bolas, y una magnifica ventana con decoración
renaciente en el muro de poniente, donde se alza también
valiente espadaña de la época. El interior es de tres naves, y
en la del evangelio es notabilísimo el retablo renacentista que
presenta numerosos grupos y figuras en talla: se preside por San
Pascual Bailón y una Virgen morenita, y se ven grupos como el de
San Martin donando su capa a un pobre tullido. Santa Catalina de
Alejandría con sus emblemas, la Natividad de Cristo y varios
santos y apóstoles; todo ello en un buen estilo que hace
recordar lo que en los últimos años del siglo XVI se hacia en
los talleres de Sigüenza.
En la cabecera de la nave de la Epístola, vemos la capilla del
Santo Cristo, en cuya cúpula hemisférica se ven diversos
relieves en estuco con representación iconográfica muy curiosa,
mostrando niños en actitudes y símbolos diversos, programática
de indudable interés.