Altitud: 1.198,8 m.
Censo Habitantes: 93
Distancia de la capital: 113 Km.

 

Anquela del Ducado

 

 

 

 


 El lugar y sus gentes

 En la fuente de la Canaleja hay un viajero llenando una botella de agua fresca. En la fuente de la Canaleja paran con frecuencia los viajeros a refrescarse y a estirar las piernas. Algunos de los viajeros que paran en la fuente de la Canaleja son cuidadosos, gentes educadas que recogen los desperdicios de la merienda y los depositan en las papeleras; otros, los menos, no lo hacen así, tiran los desperdicios por el suelo y lo ponen todo perdido; otros arrastran con todo, se llevan los contenedores.

Antes de llegar al pueblo de Anquela hay un pastor con un centenar de ovejas pastando entre la maleza que crece por debajo de los robles, al otro lado de la veguilla de tierra oscura, empapada como una esponja. Allá a la caída, junto a la carretera que sigue hacia Milmarcos, se alcanza a ver la altísima chimenea de la fábrica de resinas; algo así como la añoranza de un pasado irrepetible que custodian en soledad una pareja de perros. La iglesia de la Asunción, la parroquial de Anquela, se deja ver empingorotada sobre un roquedal de piedras color plomo, de corte violento que baja hasta las mismas corrientes del Mesa, acabado de nacer algo más arriba en los huertos de Selas.

He dejado el coche a la entrada del pueblo. Todavía no he visto a nadie. Decido subir hasta lo más alto por unas calles en cuesta que dibujan eses. Hay tramos en los que las calles de Anquela tienen una inclinación exagerada. Dicen que es aconsejable haber comido antes o tomar bota y merienda para subir hasta la iglesia, el edificio emblemático situado en la cumbre. Un perro me ladra encoraginado. Es la de hoy la segunda ocasión en la que llego a estas alturas al cabo de unos años, y noto que al pueblo lo han arreglado mucho, que lo han convertido sus vecinos en un rincón acogedor y limpio; lástima que el excesivo desnivel de las calles haga problemático el caminar por ellas a la gente mayor.

La espadaña de la iglesia con sus dos campanas mira al poniente. El frontis del campanario es mitad de mampostería y mitad de piedra sillar. Aunque reformada con el paso de los siglos, la iglesia de Anquela todavía conserva algunos vistosos detalles de su origen bajomedieval. Al respaldo, en plena umbría de lo que fueron las eras, están las peñas, en cuyo fondo se sienten los rumores del río que atraviesa el precipicio lamiendo los pies de la chopera. Desde las peñas la visión es interesantísima; por un lado, se alcanza a ver el valle del Mesa, que comienza allí para concluir a distancia más allá de las chorreras de Algar, dejando a su paso parajes de verdadero ensueño; por otro, la llanura del saliente, con el pueblo de Selas en la lejanía como detalle más significativo, con sus dos torres, a una hora escasa de camino a pie.

La fuente pública del abrevadero se reconstruyó hace poco tiempo. La primitiva -la que en 1923 se construyó a expensas del pinar, siendo alcalde Julián Fuentes- se la llevó por delante un vehículo en desgraciado accidente; si bien, la actual, la que en 1992 se volvió a levantar, siendo alcalde Martín Sanz, es reproducción fiel de su antecesora, con piedra mejor pulida y el lustre bien notorio de lo nuevo. Los dos chorros vierten abundantes sobre el piloncillo.

– Buenos días, tengan ustedes.

– Buenos días.

– Podrían servirme un café calentito.

El bar de Anquela está situado en el segundo ensanche o plazoleta, al lado del nuevo frontón. Hay dos hombres y dos mujeres dentro del bar. Intuyo que uno de los dos hombres es el dueño, un señor que ronda los setenta. Las mujeres, madre e hija tal vez, deben ser de la casa; y el otro hombre, seguro que un cliente.

En el saloncito dedicado a bar, hay colgados de las paredes algunos cuadros pintados al óleo por un artista no profesional y que firma Quejigo. Uno de los cuadros representa a las Casas Colgadas de Cuenca, y otro de ellos es un bodegón bastante conseguido. El pintor, creí entender, es un empleado de la Hidroeléctrica, vive en Valencia, es natural de Torrejoncillo del Rey, provincia de Cuenca, y yerno del señor que para mi uso es el dueño del estableciiento. El café, servido por la más joven de las dos mujeres, estupendo.

– Si como me han dicho, son a diario medio centenar de personas en el pueblo, el negocio del bar no será del todo brillante.

– Qué quiere que le diga. Se lo puede imaginar. Feliz viaje.

La historia

Los anales históricos de Anquela del Ducado, nos dicen que perteneció, desde el siglo XII en que fue reconquistada toda la región a los árabes, al alfoz o Común de Villa y Tierra de Medinaceli, aunque también el Señorío de Molina exhibía ciertos derechos de conquista en esta zona para incluirla en su territorio. Lo indudable es que desde el siglo XV quedó engarzada en el señorío de los la Cerda, duques de Medinaceli, y por eso sostuvo durante varios siglos el límite oriental, con Molina, del Ducado. En el siglo XIII, doña Sancha Gómez, mujer del conde molinés don Fernando Pérez de Lara, y creadora y pobladora de la comunidad de monjas bernardas en Buenafuente, donó a dicho monasterio las salinas y heredades que ella poseía en Anquela. Hoy se ven restos de dichas salinas, aunque ya no se explotan industrialmente.

El patrimonio

A su interesante y bella situación en torno al nacimiento del río Mesa, añade Anquela la grandiosidad de los paisajes -montañas con pinos y monte bajo-que le rodean; también los bellos ejemplares de casonas típicas que muestra en su caserío, hechas a base de grandes sillares y sillarejos, en tonos rojos y pardos, muy oscuros, propios de la piedra de la zona. La iglesia parroquial, en lo más alto, muestra inequívoco su origen románico, con gran espadaña triangular sobre el muro de poniente. A mediodía tiene la puerta de entrada, sencillo arco semicircular, y se remata el templo con un crucero amplio y cúpula semiesférica sobre el mismo, siendo de escaso mérito los altares y tallas que encierra en su interior, de época barroca. En la parte baja del pueblo es interesante la Fuente pública, realizada a principios del siglo XX, toda ella tallada en la fuerte piedra sillar de la zona.