| Altitud: 1.403,5 m. Censo Habitantes: 295 Distancia de la capital: 184 Km. |
Alustante |
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El lugar y sus gentes
A la hora de hablar, y más aún a la de escribir, es de la villa de Alustante de las que más documentación se posee. Se ve que se trata de una villa importante en la antigüedad, y aún todavía, de los muchos que dejaron su marca impresa en el Libro de la Historia y que ahí están situados, en las serrezuelas del Alto Tajo, más allá del páramo, en el cono sur del Señorío molinés, lejos, muy lejos de los llanos campiñenses en donde queda la capital.
Siempre que uno anda por estos lugares tan alejados, y se pone a descansar durante unos minutos junto a la barra del bar después de tan largo viaje, piensa que el verdadero señorío de los pueblos de Molina está más en sus gentes que en la historia y en los monumentos. La nómina de hombres ilustres que dio esta tierra: intelectuales, clérigos, militares, políticos insignes, es mucho mayor que el número de sus hazañas guerreras, que sus castillos y sus iglesias, todos juntos, aún sabiendo que son muchos e importantes. Hace algo más de medio siglo, y con motivo precisamente de un viaje a Alustante, el doctor Layna Serrano dejó escrita una frase que debiera quedar impresa a fuego en los anales molineses: «Hablando con gente de aquella tierra, uno creyera verse con señores disfrazados de pastores». Hoy, la frase del llorado don Francisco no se ajusta a la realidad en su sentido físico, pues las formas de vida en aquellas tierras han cambiado mucho, pero sí en el metafísico, en el trascendente e inamovible, en el de la señorial condición de sus moradores.
El pueblo asienta en un paraje desangelado de aquellas sierras que más abajo tomarán importancia en el Tremedal; en un paraje roído, falto de vegetación. A su alrededor es imagen permanente la de las maderas apiladas de la serrería. Muy cerca, la carretera que al cabo de unos kilómetros se perderá en campos de Teruel. En la Plaza Mayor, amplia y ajardinada como pocas, se alza sobre blanco pedestal el busto en bronce del doctor Vicente Fernández, un hijo del pueblo que se marchó a Madrid cuando la mili, estudió Medicina a fuerza de trabajos y sacrificios sin cuento, y luego se dio a conocer con el descubrimiento de algunas medicinas que durante la posguerra española causaron sensación en el país.
Las buenas gentes de Alustante se lamentan de la situación del pueblo, herido por la emigración, vacío casi de tantas y de tan valiosas tradiciones, y bajo el sostén de un par de docenas de familias jóvenes, porque los demás son jubilados. Es la enfermedad de todos los pueblos, que durante diez meses del año ofrecen un aspecto mortecino, debido a la ausencia de juventud, que, con sus defectos y sus virtudes, son siempre una promesa de futuro, y en nuestros pueblos -no sólo en Alustante- no los hay.
Hermosas rejas se ven al andar por las calles, obra magistral de herreros nacidos y criados en la villa. Casonas de caduca elegancia a cada paso nos hacen pensar que Alustante albergó en el pasado familias pudientes, como así lo dan a entender las que allí conocen por la casa del Tío Borriquilla, la del Tío Ventura, la de los Mansillas o la de los Eusebietes, y muchas más. Queda constancia de que a primeros de siglo un centenar de familias, de entre las trescientas sesenta que debió tener por entonces, vivían del tráfico con las caballerías, pueblo de muleteros, pueblo rico.
Pero el gran tesoro de Alustante, una vez desaparecida la gente y las muchas e importantes costumbres que tuvo, sigue siendo su iglesia parroquial, de la que junto a la historia del pueblo se dará cumplida cuenta en la segunda parte de este trabajo que queda en manos del doctor Herrera. La iglesia, con su capilla del Cristo de las Lluvias, que ya no sacan más en rogativas porque la última vez que lo hicieron cayó del cielo mucha más agua de la que se pedía; con la imagen magistral del Nazareno, regalo al parecer del rey Carlos III a su médico que era de allí, y con el famoso «caracol» para subir a la torre, helicoidal de alabastro, pero sin espigón de apoyo, que al decir de las gentes del lugar es una de las tres maravillas del mundo:
~Quien haya visto Valencia / y los Arcos de Teruel / y el Caracol de Alustante / no le queda na que ver».
Una mirada al campo desde los alrededores de la iglesia es un sedante que, como todo en el pueblo, justifica la larga caminata. Al fondo las lomas de Valhondo y de los Quemaos, con los cerros del Medio y del Costal de la Corza más con dirección a Checa, como cotas más destacadas e un paisaje en el que predominan los baldíos y las tierras de escasa fortuna.
La historia
Figuró este enclave incluido en el Señorío de Molina desde los años primeros de la reconquista de la zona por Alfonso I de Aragón, «el Batallador», quien extendió sus dominios también al otro lado de la Sierra, hasta Teruel y Albarracín. El señorío de los Laras, que se inició con la entrega al territorio, en 1154, de un Fuero extenso y comunero, pasó luego a los Reyes de Castilla, estando Alustante durante muchos siglos como aldea del Común de Villa y Tierra de Molina, en su sesma de la Sierra. A finales del siglo XIII, temporalmente, doña Blanca se lo entregó a su caballero Fernán López Cortés. Las ocupaciones de sus gentes durante muchos siglos fueron la agricultura y ganadería. Hasta el siglo XVIII, Alustante fue uno de los «puertos secos» de Castilla, donde se revisaban mercancías de entrada o salida hacia Aragón, y se cobraban los consiguientes impuestos. Era sede, pues, de una aduana. Durante el siglo XIX, Alustante creció notablemente, pues se desarrolló el tráfico de lanas y de mulas, además de continuar con su tradicional agricultura y aprovechamiento de bosques, e incluso la fabricación de puntas de lápiz-piedra obtenidas del mineral de las cercanas sierras. También existió industria del hierro y artesanía, muy desarrollada y estimada, de la forja artística.
El patrimonio
En Alustante se debe admirar fundamentalmente la iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de la Virgen. Se rodea de amplio atrio delimitado por barbacana de sillar a la que se sube por amplia escalinata. El edificio es, en su mayor parte, obra del siglo XVI, aunque se aprovecharon algunas partes del antiguo templo, y con posterioridad se añadieron otras. En el muro sur se abre la portada, que construyeron, según consta en los documentos del archivo parroquial, en 1542 los hermanos canteros Martín y Pedro Vélez. Consta de un clasicista arco de medio punto, con jambas laterales decoradas con florones, columnas de traza jónica a ambos lados sobre altos pedestales, rematado todo en friso y cornisa. Al extremo izquierdo de la fachada, sobre el ángulo suroeste, se alza la torre, algo más moderna. El interior es de tres naves: las dos laterales son muy estrechas, a modo de reducidos pasadizos, y la central, que con ellas comunica por altos arcos asentados sobre pilares circulares, es más alta y elegante con cuatro tramos de bóvedas de crucería ligeramente apuntadas: el tramo de los pies se ocupa por el coro alto y la escalera de caracol que asciende por el interior de la torre. En el tramo de la cabecera se sitúa el presbiterio y sendas capillas laterales. Tras el altar, se pasa a la sacristía, obra también de los hermanos Vélez. La capilla del lado del Evangelio se cubre de cúpula hemiesférica, y alberga el altar del Santísimo Cristo de la Lluvia. En la capilla de la Epístola, que edificaron a fines del siglo XVI los canteros Juan de Alustante: F Pedredo y Francisco Alonso, se admiran dos magníficas tallas de Cristo Nazareno y el Ecce Homo. Ocupando todo el muro del fondo del presbiterio, aparece el magnífico retablo mayor, que se articula en tres cuerpos y cinco calles verticales.
En ellas aparecen magníficas tallas y grupos escultóricos de exquisita factura. La representación tallada del panel central es un grupo de la Asunción de la Virgen, y sobre él aparece otro representando a San Miguel Arcángel aplastando al Diablo. Otros paneles muestran los martirios de San Pedro y San Pablo, así como representaciones de Santiago y San Jorge a caballo.
También se distribuyen por este retablo varios relieves con escenas de la Pasión de Cristo y de su vida de infancia. Debe destacarse su aislado y central tabernáculo, complicada arquitectura en dorada madera que se corona con bellísimo grupo en talla de la Transfiguración, presentando en el interior del Sagrario un valioso conjunto de relieve con la Ultima Cena. Este retablo fue ejecutado entre 1625 y 1654 por una serie de artistas salidos del taller seguntino de Giraldo de Merlo: Juan de Pinilla y Sebastián de Quarte fueron los ensambladores, y Teodosio Pérez y Rafael Castillejo los tallistas; los pintores y decoradores Juan de Usarte y Bernardino Tollet completaron la obra. Entre el resto de obras de arte de la parroquia de Alustante son de destacar el tesoro de orfebrería, presidido por la magnífica cruz procesional que talló y ejecutó el platero seguntino Jerónimo de Covarrubias en 1565. En el interior de la torre, llama la atención del visitante su escalera que llaman «el caracol de Alustante», y que construyeron Juan y Pedro del Vado en 1555.
Destacan por el pueblo numerosos ejemplares de casonas típicas, con muros de sillar, en parte encaladas según es costumbre antigua. De ellas debe mencionarse la casona del duque de Lara, y en muchas otras llamarán la atención los conjuntos de relojería, balconadas, cerrajas y labores múltiples de forja en gran número e inacabable variedad; todo ello fabricado en el pueblo en siglos pasados. Oteando la zona de El Raso, aún se yerguen las ruinas de lo que llaman «el molino de arriba» y que pertenecen a una antigua construcción que sirvió para la molienda, y que aún ya sin su coronamiento y sus aspas, es un silencioso testigo de que también en estas alturas del Señorío de Molina hubo molinos de viento, como aquellos que a don Quijote le hicieron soñar con gigantes y aventuras.
Las fiestas
El folclore de Alustante es muy rico en festividades y ritos. Aunque algunos, por la intensa despoblación de las últimas décadas, ya no se celebran, su relación forma un conjunto homogéneo y expresivo de la convivencia de un pueblo y una sociedad tradicionales. Las fiestas patronales son del 7 al 10 de septiembre, en honor de la Virgen de la Natividad. Hay toros, que se matan en lidia, y luego se guisan a la pastora, en grandes calderos de cobre, distribuyéndose entre los asistentes. También se celebran las enramadas de San Juan, el pimpollo de San Pedro, la peregrinación de San Roque en agosto, los cantos y ritos de los mayos, las faenas meticulosas de la matanza la fiesta de San Antón con su hoguera nocturna, los carnavales, la Semana Santa con diversas procesiones, el Día de la Cruz con la bendición de los campos, etc. Entre sus cofradías antiguas, merece recordarse la del Cristo de la Lluvia, en la que los siglos pasados desfilaban los cofrades con hachas de cera encendidas y dándose azotes en la espalda durante los días de la Semana Santa. Es todavía bailado en las fiestas patronales el típico baile de «el Pollo».
Personajes
Entre sus muchos naturales ilustres, merecen ser recordados don Joaquín Andrés Esteban Gómez que alcanzó el puesto de obispo en Jaén; fray Joaquín Berdoy, escritor; Paulino Savirón, pintor; fray Martín Rosillo, estimable escritor, y don Juan Rosillo de Lara, eminente jurisconsulto. En tiempo de los Reyes Católicos, aquí nació y residió largas temporadas don Juan de la Hoz, duque de Lara, quien erigió la ermita de la Virgen del Pilar, junto al pueblo, y en la parroquia construyó la capilla del Cristo de la Lluvia.
Juan Carlos Esteban Lorente, actualmente activo como escritor e investigador de los antiguos fastos del Señorío de Molina en general y de Alustante en particular, es una de las plumas más brillantes que han tenido su nacimiento en este lugar. Sus múltiples investigaciones sobre la tierra y las esencias molinesas le consagran como uno de los más señalados personajes en la historia de este pueblo.




Fotos enviada por: JOSE LUIS ORDOVAS BLASCO