Altitud: 906,7 m.
Censo Habitantes: 396
Distancia de la capital: 152 Km.

Algar de Mesa

 


 El lugar y sus gentes

 Algar es el último pueblo de la provincia de Guadalajara en el valle del Mesa, río abajo. En cierta ocasión, y al escribir acerca de este pueblo sorprendente, dije que era provocador, escandalosamente bello, y pienso que me quedé corto en la apreciación. Algar de Mesa, el más pequeño de los tres -los otros son Mochales y Villel- que encierra el valle, es, además de pueblo, una obra natural magnífica, un pueblo colocado a propósito para gozo de los sentidos, un pueblo de diseño que dirían los modernos.

A medida que se avanza desde Villel por el corto espacio de carretera que separa ambos pueblos, el terreno va cambiando de aspecto lentamente. En los aledaños de Algar mandan los tremendos roquedales, calados por oquedades profundas que la Naturaleza ha ido excavando a base de tesón y de paciencia, siempre a espaldas del hombre, en las mismas caras de las peñas. La palabra algar, en su acepción árabe, significa cueva.

Cuando llega el buen tiempo, algunos campesinos se dejan ver por aquellos campos trabajando con esmero los pequeños tablares de las huertas, en donde verdea el forraje y se luce el frutal. Un aguilucho se sostiene en vuelo plano sobre los limpios azules que sirven de celaje a la línea divisoria entre ambos reinos: el de Aragón, río abajo, y el de Castilla, que termina precisamente aquí. Por todo Algar, por sus calles pinas y en el interior de sus casas, se oye de continuo el rumor de la chorrera, de las cataratas que embellecen hasta lo indecible los bajos del pueblo, dando lugar en su caída a un espectáculo de tarjeta postal, al soñado recorte de arrabal en cualquier paraíso. Cuando les era permitido por su salud y contaban con tiempo suficiente para ello, los viejos de Algar se calaban el sombrero de paja y se bajaban por la senda del lavadero hasta el río a pescar truchas. Ancianos condescendientes y hospitalarios, magnates de la paciencia y de la caridad, gentes de bien a carta cabal, como el abuelo Miguel -no sé si aún vive-, que en cierta ocasión dio en repartir, como un nuevo Martín de Tours, su merienda con un viajero que apareció por allí a curiosear desde lejanas tierras.

Algar de Mesa es un pueblo en cuesta, de extraño asentamiento sobre la margen izquierda del río; un pueblo escalonado al que las autoridades y los vecinos han convertido en un auténtico vergel, en un ejemplo a imitar de limpieza y de comodidad, de buen gusto y de orden, siempre en inteligente consonancia con el paisaje, que es con mucho su principal y más fiel aliado. Como accidentes a destacar, aparte del río que en su término se despide para entrar en tierras zaragozanas por Calmarza, están las elevaciones de la Muela, de la Horca y de la Cabezuela, y más abajo otro punto interesante de atención debido a la espectacularidad de sus altísimas peñas: el Recuenco.

El pueblo es a manera de balcón sobre el barranco, un juego de viviendas colocadas casi longitudinalmente, adaptándose a las peculiaridades del terreno que tiene por peana, siempre en vertiente. La iglesia de Santo Domingo de Guzmán sobresale por encima del resto de los edificios, que los hay antiguos y modernos, interesantes y sólidos. La iglesia es pequeña; consta de una sola nave y data del año 1574; en lo que fue su primitivo presbiterio han habilitado una capilla lateral.

No rnuy lejos, siempre río abajo, está la ermita patronal de la Virgen de los Albares. Dicen que en tiempo impreciso se apareció por aquel lugar. Tiene la ermita una sola nave, cuidada con celo. El interior está rodeado por un poyo, donde cabe suponer que se sentarían los romeros durante las grandes solemnidades en honor de la Madre Común, cuya fiesta suelen celebrar con gran pompa el segundo domingo del mes de septiembre. Las gruesas paredes y la escasez de ventanales de la ermita, la convierten en un oratorio recogido y oscuro, fresco en verano y con un ligero olor conventual.

Por cuestión de fechas, en la actualidad los algareños prestan más atención a la festividad de Santo Dorningo, el cuatro de agosto, día en el que acuden con prontitud jóvenes y mayores, creo que a cientos, procedentes de los pueblos de la contorna. Momento excelente aquel para acercarse hasta las chorreras de algar en cualquiera de sus fiestas. El buen tiempo anima a recorrer aquellas tierras tan lejanas como originales, aunque, pudiera ser que su verdadero jugo de pueblo diferente, se extraiga todavía mejor en la tranquilidad de un día cualquiera.

Puestos a hacer memoria, los encantos de Algar son muchos: el agua y las piedras los más significativos. En el silencio de sus noches, las gentes del lugar tienen por costumbre entregarse al descanso con el soniquete rumoroso del agua de las cascadas, un privilegio, al fin, que lo caracteriza y lo torna en inimitable.

La historia

Arriba hemos dicho de lo hermoso que es el paisaje en Algar. Es lo que prima, lo que permanece en la memoria del viajero. Roquedales inmensos escoltan al río Mesa, aún chiquito, que se arropa con arboledas densas.

El caserío, estrecho, apenas si cabe en lo profundo del cañón húmedo.

Desde el punto de vista histórico, debemos saber que perteneció desde la reconquista al territorio aforado del Señorío de Molina. En 1299, los revoltosos Funes, de procedencia navarra, se adueñaron de buena parte de pueblos y castillos en la frontera de Aragón, y entre ellos todos los del río Mesa. Algar quedó bajo el señorío directo de don Gonzalo de Funes, y de él pasó a su descendencia, que durante siglos se tituló propietaria de tierras, títulos y castillos, sirviendo unas veces al reino de Castilla y otras al de Aragón, pues lo estratégico del valle en pleno camino de comunicación de ambos estados le hizo muy disputado en las reyertas medievales. En un intervalo del siglo XV, Algar perteneció a los Mendoza de Molina, y en 1476 don Iñigo López de Mendoza, señor de Mochales, vendió Algar a don Miguel Gotir, señor de Calmarza.

En 1680, sus señores recibieron el título de marqueses de Villel, y luego unieron sus apellidos

de Funes a los de Azagra y Andrade, pasando finalmente al patrimonio de los marqueses de Almenara.

El patrimonio

Destaca en Algar su iglesia parroquial, obra sencilla y sin alardes, del siglo XVI, terminada de construir en 1574, conservándose en su interior algunos breves y pequeños altares de época contemporánea. Después de la Guerra Civil, concretamente en 1944, fue completamente rehecha, a causa del mal estado en que se encontraba. De la primitiva obra renacentista se conserva la capilla mayor, que se cubre de un sencillo artesonado de madera, y se separa del resto de la nave por un arco triunfal de piedra, de medio punto. Entre los elementos muebles del templo, en los que quedan restos de antiguos altares, destaca el dedicado a la Virgen de los Albares o las Nogueras. Una interesante y viejísima pila bautismal avalora el templo. Una pequeña plaza centrada por clásica fuente en el cogollo del pueblo, en el que algún ejemplo de arquitectura popular molinesa, con rasgos claramente aragoneses, aparece en ella.

Fotos de la colección de Nueva Alcarria