Altitud: 1.409 m.
Censo Habitantes: 211
Distancia de la capital: 150 Km.

Alcoroches

 


 El lugar y sus gentes

Cada vez que el viajero se propone atravesar de un tirón las tierras de Guadalajara, para dar con su persona en los confines del Señorío, donde a pesar de las distancias jamás se consideró extraño, cierto es que se detiene a pensarlo, y no pone los pies en camino hasta tanto que la situación atmosférica le ofrece las mayores garantías.

La mañana tornó el cristal de las primeras horas por la calina veraniega de las doce antes de llegar al empalme de Checa. La serranía y el páramo se dan la mano por estas latitudes, teniendo como testigo a la Castilla muda y soñolienta bajo un sol de justicia. No veo a nadie, ni encuentro nada que no sea la áspera vegetación de los campos entrecorriente: los chaparros cenizosos, las sabinas incorruptibles, los marojos a la caída del cerro, el canijo pinar que rebrota entre las piedras, los matorrales sin orden ni concierto, siempre al margen de las tierras bajas de mies en sazón donde cantan la perdiz y el avechocha mientras trabaja el hombre.

Anónimo y misterioso, como todo cuanto tuvo por cuna la morisma, Alcoroches surge extendido a lo largo, siguiendo el pie de una colina limpia que lo libra de los aires del norte, y que los nativos del lugar conocen -sin que haya a la vista huella alguna que dé razón para ello- por el Castillo de los Moros.

—sí, señor. Cuando la guerra hubo moros aquí. Los jodios no se querían marchar. Decían que ese cerro era suyo.

—Sería en broma; supongo.

—No era en broma, no; lo decían muy en serio.

La primera impresión que uno siente al entrar en Alcoroches es la de que ha llegado a un pueblo grande, mayor en extensión y en número de habitantes que la media general de los pueblos molineses. Tiene una calle principal elegantísima, que lo cruza de levante a poniente, y lo que es todavía mejor, niños que corren, maquinarias que trabajan en el campo, y hombres y mujeres que van y vienen, entre los que abundan, como ya se sabe, la gente de más edad. La calle Mayor de Alcoroches no tiene mucho que envidiar a las principales ruas de cualquier ciudad con solera, considerando, naturalmente, la consabida realidad de su condición de pueblo. Ahora me detengo para ver de cerca el largo pilón de la fuente pública, frente a la plaza en la calle Mayor; angulado, de piedra rojiza, y de cuya leve espadaña se desprenden dos chorros de agua muy fresca.

Del otro Alcoroches, el de hace varias décadas que todavía añora la gente mayor, aún queda mucho; menos gente, eso sí, que le dio por abandonar cuando

la década de la emigración, corno en todas partes; pero se conserva el regusto señorial de su pasado, hecho piedra o hierro de forja en casonas de refinado porte y rejas artísticas, tan sólo comparables a las de su vecino Alustante, y que se deben muchas de ellas a la mano maestra, experta en dominar el hierro a base de brazos y de calor, de los Casas, herreros de principios de siglo con sede y fragua en la última villa mencionada.

Concluye Alcoroches por el barrio alto, junto a las piedras rodadas del Cerro de los Moros. Luego, la iglesia en las orillas, obra relativamente reciente, donde es de fe que se conserva el cuerpo íntegro de San Timoteo, patrón del pueblo, con fiesta mayor el día 22 de agosto. Detrás de la iglesia, al lado de la carretera que sale hacia Alustante, hay una cueva abierta en la roca, en la que dicen existe un sumidero que se traga el agua, y se la lleva por rutas subterráneas hasta el borbollón de Castilnuevo.

Cuando se habla en Alcoroches de sus encantos paisajísticos, sobre todo en tiempo de verano como sitio ideal donde pasar unos días, lejos del mundo y en contacto único con el campo y sus mil maravillas, la gente saca a colación inmediatamente la Fuente del Angosto como una prolongación del mismo Paraíso. La Fuente del Angosto dista del pueblo un par de kilómetros, por pista en buen estado camino del pinar. Cuenta el sitio con todas las apetencias habidas y por haber como para dedicar unas horas al reposo: mesas y asientos de piedra labrada, olor penetrante a naturaleza limpia, silencio que apenas interrumpe el canto de los pájaros y el murmullo de un regato cantarín que corre entre los pinos... Un rincón que en su día creó y protegió el ICONA, y que a uno le recuerda aquellos otros, también paradisiacos y no tan lejos de allí, que hay repartidos por la Serranía de Cuenca, con los que ha tenido ocasión de soñar tantas veces en tardes insufribles de nuestros julios y agostos de la Meseta templada por el sol, a la que nunca nos acabamos por acostumbrar.

A eso de la media tarde -hora de emprender el viaje de vuelta- pacen las vacas de cría junto al camino, y retozan los ternerillos en la pradera al amor de sus madres.

El patrimonio

La iglesia parroquial es sencillo elemento de los siglos modernos, sin obras de arte de especial relieve, a excepción del retablo mayor, curiosa obra barroca del siglo XVIII debida al ingenio de Pascual Navarro En su interior es fama que se conserva como reliquia el cuerpo entero de San Timoteo, mártir, que entregado por un papa al marqués de Villena, no paró de dar vueltas hasta llegar a este recóndito paraje. Además se conserva, recientemente restaurada, la Casa del Concejo, lugar donde tenían sede las reuniones de las gentes de la Comunidad y Tierra de Molina. Todo el conjunto de la villa es de encantadora apariencia por sus abundantes ejemplares, bien conservados, de casonas de tradición molinesa y serrana.

La historia

En amplio valle que escoltan dos serrezuelas cargadas de vegetación y bosquedales antiguos, se muestra el pueblo de Alcoroches, entre huertas y campos de cereal, con agua por todas partes Mencionan una señalada cueva por donde se recogen las aguas del término y subterráneas caminan hacia la cuenca del Gallo, apareciendo en Castilnuevo por la fuente del Burbullón.

Se han encontrado restos celtibéricos en lugares estratégicos del término. Aunque el nombre del pueblo parece de origen vasco, su repoblación se hizo en el siglo XII, quizás con gentes de esta procedencia. En 1293, doña Blanca dejó en su testamento esta aldea del Común molinés a su caballero Lope García. Esta era una de las villas con jurisdicción propia del Señorío.